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Sábado, 1 de julio de 2006
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Donde el rape se llama pixín
EL comentario es de un conocido hostelero y restaurador de Lluanco. Si yo pongo en la carta que hay rape, cualquiera de los de fuera que vienen a comer sabe de qué se trata. Es, sin duda, del mismo rape que encuentran en las grandes superficies de los alrededores de Madrid. De cualquier parte. Pero, si yo pongo en la carta que hay pixín cualquiera de los de fuera que vienen a comer no va a saber de qué se trata. Lo primero que hará será preguntarle al camarero que, sin mayor problema, le explicará que se trata de la manera con que nosotros identificamos al rape.

En ese momento, la visión del mundo para el comensal que viene de fuera, cambia de manera radical. Desde ese mismo instante, sabe que el pixín que acaba de pedir fue pescado esa misma mañana por uno de los barcos que acaba de ver arribando al puerto. El rape se convierte, entonces, en un pescado de gran superficie comercial, seguramente congelado, mal preparado y peor servido. Por el contrario, el pixín es del mismo mar que ha venido a disfrutar, más vivo que fresco, presentado como sólo los grandes 'gourmets' como él son capaces de apreciar y con la sensación en el cuerpo del trato exquisito que se corresponde con un gran descubrimiento.

A partir de ese instante, el pixín pasará a formar parte de su vocabulario de entendido en viajes y de experto en cocinas del mundo. Gracias al pixín, se sentirá poseedor de las esencias de una cultura milenaria. Ha descubierto, gracias a una palabra mágica, el verdadero sabor de esta tierra.

El pobre pringado madrileño, vecino suyo de urbanización, que pagó una pasta por la quincena en Verdiciu, tuvo peor suerte. Lo comentan al atardecer, en el porche de uno de sus chalets, delante de los otros vecinos que en vez de arriesgar por la nueva frontera que representa el norte, apostaron por la masificación urbanizada del sur de sombrilla y paella. Da la sensación de que estuvieron en dos Asturies diferentes. Lo descubrieron, como siempre ocurre en estos casos, hablando de comida. Le faltó a tiempo a nuestro viejo conocido para hablar de las maravillas de pixín. Todos le miraron con cara de extrañeza. Tuvo tiempo para encender un cigarrillo. Sabía que todos estaban pendientes de él. Tras el secreto que iba a desvelar se escondía el hecho de que todos sabrían que nadie como él había sido capaz de desentrañar los misterios de esa tierra. En fin, que todos, en general, y, en concreto, el pringado de su vecino, eran simples turistas domingueros. Él se acaba de convertir en un explorador. En el Félix Rodríguez de la Fuente de la gastronomía asturiana. En el César Pérez de Tudela de los tesoros de la mar del norte. En el Miguel de la Cuadra Salcedo que los conduciría a partir de ese momento por los intrincados laberintos de la Ruta Astur.

Nunca nada anterior había sido similar a aquella experiencia mística. Se lo contó a todo el que se dejó. No os podéis imaginar dónde pude comer el mejor pixín de mi vida. Fue su historia por excelencia. Delante de todo el mundo pudo pasar por un hombre viajado. No dejó de hacer lo mismo en Portugal. Ni te imaginas, le dijo a todo el mundo, a qué le llaman allí a un polvo. De la Galicia peregrina habló maravillas. Seguro que no tenéis idea, siguió diciendo, cómo se dice vieira en español. De Marruecos, dijo que nada le había gustado más que las albóndigas de kefta. De Escocia volvió pidiendo la malta sin hielo y en vaso ancho.

Y todo esto surge porque este jueves atrás me acerqué en Xixón a la presentación de la campaña de normalización de los nombres de las cosas que comemos en los sitios en que las comemos. Presentes, la concejala de la Llingua y el presidente de los sitios donde se come pixín y ponen en la carta, mayoritariamente, rape. Todos, en el turno de palabra, contaron anécdotas de todo tipo. Yo, como espectador, no pude decir nada. Por eso me apeteció contar aquí la historia por la que empecé.

Podría haberlo hecho con otras. La de aquel que pidió algo típico de aquí. Lo que, por lo general, es una práctica normal. El camarero, solícito, indicó la maestría de la cocinera con el pastel de cabracho. Ya, sí, lo que usted quiera, dijo el señor, pero soy del País Vasco y estoy de cabracho hasta las cejas. Es así de simple: si el camarero lo hubiese llamado pastel de tiñosu todo habría sido diferente y la rueda habría empezado a girar de nuevo.

Es simple. Una 'u' a veces es suficiente para que nuestro comensal se crea transportado a otra tierra, a otra gente, a otra cultura. La distancia que existe entre el bonitu y el bonito. Sería bueno no olvidarlo. Bonito lo come cualquiera en cualquier parte. Bonitu solo puede comerlo aquí.



Vocento