«NON queden praos / non queden grillos. / Sólo cemento, / sólo ladrillos» -dice Jerónimo Granda en su último disco. A falta de serpiente de verano, los medios han dado con un grillo. Las noticias nos cuentan que, por algún patio de vecinos, queda un grillo, por lo menos, y que su canto que no cesa ha obligado a la brigada municipal del ruido a acudir con sonómetro ante los requerimientos de un vecino a quien el cri-cri le está taladrando los tímpanos. Parece ser que en la medición los decibelios no llegaron al umbral prohibido.
Así que vecino e insecto habrán de practicar el ejercicio de la coexistencia vecinal, muy difícil cuando la empatía no funciona, hasta que pasen los calores caniculares y Dios lleve al animal al edén de los ortópteros. Hasta ese día, el vecino seguirá clamando por los derechos humanos del silencio; y el grillo, aprisionado en su celda miniguantanamera, dale que dale a los élitros, y alegrando el oído de su dueña, que le sirve la ración diaria de lechuga fresca y lo quiere con un amor tan grande como el odio de Bush hacia sus prisioneros.
La verdad es que llevo tiempo sin ver ni oír por los campos esos insectos curiosos que siempre me han atraído y que, al menos, me anunciaban que el mundo aún estaba lleno de vida, y lo venía atribuyendo a la merma de las especies animales en el mundo. Dicen que hay dieciséis mil en peligro y que sesenta y cinco ya sólo existen en cautividad. ¿Será el grillo uno de ellos?
La mejor página escrita sobre grillos la encuentro en 'Platero y yo': Un capítulo donde el poeta de Moguer sigue su canto desde el crepúsculo hasta que el día se levanta del mar: el primer canto es vacilante, bajo y áspero; después, seguro de sí mismo, con notas gemelas «en una hermandad de oscuros cristales»; luego, llega la paz al mundo: no hay guerras, el hombre se duerme y el canto del grillo de tanto sonar se pierde; finalmente, en la madrugada, «el canto está borracho de luna, embriagado de estrellas, romántico, misterioso, profuso». Años después, cuando la hiperestesia se le agudizó, el poeta litigó epistolarmente con un vecino madrileño para que acallara a un grillo que lo ponía al borde de la locura.
Un consejo: que el vecino denunciante lea el capítulo LXIX de Platero; o tal vez que piense en la vecina mientras recita también a JRJ: «La puerta está abierta / el grillo cantando. / ¿Andas tú desnuda / por el campo? / La albahaca no duerme, / la hormiga trabaja. / ¿Andas tú desnuda / por la casa?». Y que la señora del grillo lea las cartas que Juan Ramón escribiera a su convecino. ¿Y aquí paz, y luego gloria a la buena convivencia!
Hasta que, verdaderamente, «non queden praos, non queden grillos. ¿Sólo cemento! ¿Sólo ladrillos!».