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Verano
«Cuando truena en marzo, truena todo el año»
Fermín Díaz Casero aprendió de «los vieyos, les vaques y la témpora» a predecir el clima. Desde el corazón de los Picos de Europa nos augura un verano de sol y sombras
«Cuando truena en marzo, truena todo el año»
PASTOR. Fermín Díaz, bajo el cielo nuboso, sujeta a un termero en Nieda, el pueblo en el que nació hace 71 años. / DAVID ESPINOSA
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Cuando truena en marzo truena todo el año. Y este mes de marzo tronó y mucho». Es la predicción que del tiempo para este verano hace Fermín Díaz. No se atreve a asegurar que vaya ser muy lluvioso, pero sí a advertir que «no será un buen verano». «Es por culpa de las tronadas. Para que salga el sol, la mañana tiene que refrescar y el campo, rosear, y esta primavera hizo calor», asegura. A Fermín le basta con observar para pronosticar el clima que se avecina. «Ahora nadie mira a su alrededor. La tele lo hace por nosotros», lamenta.

Al menos a este pastor jubilado de Nieda, una aldea situada a tres kilómetros de Cangas de Onís, la pequeña pantalla hoy le sirve para descansar. Ya reflexionó y observó bastante allá arriba cuando con sólo catorce años subía al puerto y allí permanecía de abril a noviembre. En ocasiones, con la única compañía de las vacas, las ovejas y los «bichos monteses» que merodeaban cada noche la cabaña donde dormía. Donde pasaba días de nevadas y tormentas en la oscuridad más absoluta y donde cocinaba lo que podía, sobre todo, tortos de maíz. «La mayor parte de los días te encontrabas algún animal muerto. Se lo habían comido los lobos. Eso era lo normal», recuerda. Pero nunca sintió miedo. «¿Miedo a qué? Los lobos no atacaban a las personas. Miedo dan las tormentas, los rayos. Esos sí que son peligrosos». Por eso para Fermín y el resto de los pastores de Picos era fundamental predecir el tiempo antes de aventurarse a caminar a la intemperie. Fermín era sólo un niño, pero aprendió prontó. «Los pastores vieyos me contaron cosas, aprendí de les vaques y también atendiendo a la témpora. Nunca falla», comenta.

Los mayores del oficio le transmitieron sus conocimientos. Criterios sin componente científico que, sin embargo, sorprendían por su tino y que él a nadie puede transmitir ya «porque los jóvenes de hoy no hablen de eses coses». «Los pastores mayores miraben les nubes, el viento y la mosca y sabíen decirte por dónde iba a ir la cosa. Les bastaba con ver la escondida del sol para saber qué pasaría al día siguiente», explica.

Observar la conducta del ganado también era un sistema eficaz. «No falla, cuando venía bueno, la vaca tiraba hacia los pastos descampados, pero como intuyeran malo se retiraban solas, sin que nadie les dijera nada, a la zona un poco más montañosa o con arbolado. Así se protegen del viento del norte. De tontas no tienen nada, son listas, listas», comenta.

Pero son las témporas, lo que se conoce en la Iglesia católica como el tiempo de ayuno al inicio de cada una de las estaciones, las que daban las claves más empíricas. Fermín las explica a su manera, tal y como aprendió a interpretarlas de guaje y asegura que ellas nunca mienten. «La luna que nace en el mes de octubre dura hasta la ceniza, hasta casi carnaval. Después hay otra témpora que entra en la ceniza y esa reina hasta San Juan». Casi recita sin saberlo y sin consciencia de que interpretar el lenguaje de la naturaleza es de una belleza similar a la poesía.

Después traduce la idea para las nueva generaciones: «Pongamos un ejemplo, si en octubre viene viento del sur no tendremos un invierno bueno, porque aquí en los Picos si no nieva la tierra no fructea. Tiene que nevar en su tiempo, lo mismo que llover en el suyo».

Y lo mismo sucede en la primavera. «Si el invierno fue suave entonces empieza el mal tiempo en marzo y la huerta se estropea». Claro que Fermín habla desde el punto de vista de un hombre de campo y para él no significa lo mismo un buen invierno que para el resto, más preocupado de evitar el paraguas que de llenar los embalses. «En invierno tiene que nevar y refrescar por las mañanas y la seca en primavera es malísima. En Asturias, queramos o no, tienen que llover cada doce o quince días».

Y prosigue: «La témpora de ceniza de este año trajo aire seco y eso no es nada bueno. En 71 años que tengo nunca había visto un mes de mayo que no haya llovido nada, ni un mes de junio sin una gota de sol».

Si sus predicciones no fallan, Fermín se teme que este año a la playa se pueda ir, sí, pero para bañarse. «Tal y como veo la cosa hará mucho calor, será un verano tormentoso y de pocas horas de sol, pero no sé, estas cuestiones cambian mucho», augura con timidez. Es duro equivocarse a estas alturas.

Y más ahora que para el pastor el tiempo no tiene nada que ver con el de su juventud. «Está claro que algo estamos haciendo mal porque ni llueve a su tiempo ni seca en el suyo», dice.

El campo no es ajeno a los cambios climáticos. «A veces cae una lluvia ácida, como si fuera tierra, que acaba con la patata y con todo y eso no es otra cosa que la contaminación», protesta.

Tampoco en Picos nieva como antes. «Tendría yo 20 ó 25 años cuando conocí la última nevada buena aquí en Nieda... 50 centímetros de altura. Este año, nevó, sí, pero apenas cubrió diez centímetros».

Quizás por esa transformación paulatina de las estaciones, los pueblos también hayan ido adaptándose. Incluso, el veterano pastor de Nieda ha visto cómo su casa y la mayoría de las de sus vecinos son hoy casas rurales que acogen a huéspedes ávidos de vida al aire libre. «Claro, el tiempo se suavizó mucho en Asturias y ahora vienen de Madrid y de todos los lados a pasar los veranos. La mayoría de las casas son segundas residencias u hoteles rurales».

Antes pasabes frío

Apenas quedan pastores que pernocten en el monte durante meses y meses, y si los hay sabe bien Fermín que suben bastante mejor equipados de lo que lo hacía él. «Tienen unas botas y unos equipos de agua que ya los quisiera haber tenido yo. Nosotros usábamos chanclos de goma con escarpines de lana de oveya y ni siquiera te valíen les madreñes porque con tanta piedra en los Picos era difícil caminar».

Fueron años duros, pero Fermín no cambiaría su vida por la de nadie. «Hambre no pasabes porque para eso trabajabas. Hacía frío, eso sí, había que bañase un poco todos los días en el río y como mínimo cada ocho días. Pero era un tiempo guapo, los pastores nos ayudábamos. Incluso echábamos algún partidín de fútbol arriba en el puerto. Y en la aldea nos conocíamos todos. Hoy no conoces a nadie y nadie te cree cuando les dices que mañana va a hacer bueno o malo». «



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