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Lunes, 3 de julio de 2006
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ASTURIAS
Asturias
El adiós de Morcín a la escuela rural
El cierre del centro de Argame, con diez alumnos, acentúa el ocaso de los colegios en los pueblos de la región, donde apenas quedan una docena
El adiós de Morcín  a la escuela rural
CERCANÍA. Maite Manteiga comparte junto a sus seis de sus alumnos la hora del almuerzo en el colegio morciniego. / J. M. PARDO
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Dicen que una escuela se cierra cuando tiene menos de cinco alumnos. Pero la de la Argame, en Morcín, escribió el pasado viernes la última página de su historia con once niños. Era la única escuela rural unitaria que quedaba en el concejo. A partir de setiembre, ya no sólo serán los padres de los pequeños, de entre 3 y 7 años, los que se trasladarán diariamente a Oviedo para acudir a sus puestos de trabajo. Diez de los menores que estudiaban en Argame ya han sido matriculados en centros ovetenses, «condenados al autobús», dicen algunos padres. Sólo uno de los niños seguirá estudiando en el concejo y no hay más menores en edad docente para llenar la escuela.

Es una muestra más de la pérdida de autonomía de pueblos como Argame, donde hasta hace pocos años sus vecinos vivían, trabajaban, educaban a sus hijos y atendían a los mayores y que ahora dependen de las grandes ciudades. «El futuro de estos pueblos se decide desde lejos», razona Joaquín Arce Fernández, presidente de la asociación morciniega de La Cirigüeña.

Los vecinos aceptan resignados el cierre. Siguen conmocionados por la muerte de uno de sus vecinos, el niño de 13 años David Álvarez Otero, quien el pasado jueves perdió la vida en un accidente de autobús cuando se trasladaba hasta el instituto ovetense doctor Fleming. Preferirían que sus hijos no tuvieran que trasladarse diariamente en bus, pero «no nos queda otra», expone una de las madres. En Argame desaparecerá la escuela rural y quizá el centro de salud mientras se construye un macropolígono industrial.

La profesora de la escuela, la ovetense Maite Manteiga, llegó al centro en 1981 y 25 años después «la burocracia» le ha llevado a anticipar su jubilación. «Si sólo tuviera que dar clases seguiría», confía. Tras anunciar su jubilación, los padres de los pequeños decidieron matricular a sus hijos en otros centros. «Sin Maite no hay escuela», argumentan.

Pero, en el fondo, saben que la de Argame tenía los años contados, como ocurre con la docena de escuelas rurales que todavía funcionan en el Principado. «Cuando llegué a la escuela ya me decían que iba a cerrar», asegura.

La carretera de acceso no estaba construida, tampoco había calefacción, las hierbas tapaban la mitad de las ventanas y la escuela estaba sin pintar. Pero no le importó.

Con la ayuda de los propios padres y subvenciones de la consejería convirtió la escuela en «una segunda casa». Dice que fue precisamente esa cercanía con los pequeños la que le llevó a ejercer la docencia en una escuela rural. «Eso no lo consigues en un colegio», asegura. Mantuvo simultáneamente cinco cursos. Asegura que conoce sus historias mejor que sus madres. «Contigo se manifiestan tal como son, los vas viendo crecer», dice.

«Gracias, Maite»

Maite recorre las dependencias de la escuela sin descuidar ni un minuto sus obligaciones. Sabe que José ésta buscando ansioso «su pelota», mientras Inés ordena libros, Magnus, Fiona y Jonatan terminan de desayunar, Blanca llega a la escuela... «Seño... no la encuentro», dice el pequeño José tras su infructuosa búsqueda. Pese a su corta edad, es consciente de la despedida y no deja de reclamar la atención de Maite. Los mayores hacen lo propio, regalándole recuerdos. «¿Te acuerdas de cuando pintamos el cuadro para mamá?», pregunta Inés. Tiene 7 años y dice que la mejor faceta de su 'seño' es que «enseña bien»; por eso quiere darle las gracias.

Maite se ha puesto a revisar un libro de caligrafía. «¿ Has visto que bien escriben? De aquí salen leyendo y escribiendo perfectamente», cuenta orgullosa. Decenas de libros se amontan en el suelo de la escuela. «Los estamos recogiendo entre todos», cuenta Daniel. A Maite, la emoción le delata. Decenas de recuerdos... «Los padres me han regalado una maqueta de la escuela en miniatura, así que Argame seguirá conmigo», asegura. Y un sólo deseo. «El mejor premio es que mis alumnos me reconozcan con el paso de los años».



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