LAS cosas han cambiado en España desde cuando se solía decir que la diferencia con los Estados Unidos es que allí gusta que un millonario comience vendiendo periódicos en la calle y aquí preferimos que el millonario se arruine y tenga que acabar vendiendo periódicos. Con los años, los sociólogos detectan que respetamos más el esfuerzo que implica llegar a ser rico y que casi todos optamos a eso, aunque no falten los casos de corrupción. Somos, de todos modos, un país de pocos filántropos. A quien visita la Biblioteca Pública de Nueva York le cuentan siempre de un inmigrante que llegó a Ellis Island con lo puesto. Trabajó sin parar y por las tardes, a última hora, pasaba por una biblioteca pública y estudiaba manuales de contabilidad. El contable autodidacta llegó a ser un multimillonario que, en agradecimiento por las horas de estudio, legó su fortuna para la mejora y mantenimiento de la Biblioteca Pública de Nueva York, una de las mejores bibliotecas del mundo. Ahí está, rebosante de libros, magnificente. Los nombres de los filántropos motean la geografía de Nueva York con sus museos y donaciones.
El más reciente caso de gran fortuna volcada a la filantropía era Bill Gates -el hombre más rico del mundo- pero estos días se añade a la lista Warren Buffett -segunda gran fortuna norteamericana-, un gurú de la Bolsa que con sus intuiciones y consejos también ha ganado una gran fortuna. Gates y Buffett jugaban al bridge 'on line'. Ahora Buffet suma el 85% de su fortuna a la fundación filantrópica que Gates y su esposa Melinda dedican a causas tan nobles como la curación del sida, polio, la fiebre malaria o a impulsar la escolarización en los países más pobres del mundo. Eso no es un cuento de hadas urdido en los estudios de Walt Disney: así se cumple lo de los que mucho tienen mucho dan. Son cosas del sistema capitalista, tan denostado y tan capaz de sorpresas. Para la anécdota, uno de los más ricos da su dinero al más rico de todos para que ayudar a los más desprotegidos. Así acaba el cuento de Navidad de Dickens.
Lo que cede Warren Buffet a la Fundación Melinda y Bill Gates son nada menos que 38.000 millones de dólares. Así se pone en primera fila de los multimillonarios filántropos: Rockefeller, Getty, Ford, Carnegie, linajes que bruñeron la codicia fundacional con el brillo moral del altruismo y la generosidad. Warren llevaba tiempo advirtiendo que sus hijos no le heredarían porque han tenido ya larga oportunidad de aprovechar la fortuna paterna.
Estaba escrito que el acto público de donación por parte de Warren Buffett se hiciera en la Biblioteca Pública de Nueva York. En agradecimiento, el matrimonio Gates le ha regalado una edición especial de «La riqueza de las naciones», de Adam Smith, el gran pensador de los principios del capitalismo. Gates recibe la donación de su amigo al poco de haber anunciado que iba a irse retirando de la gestión diaria de Microsoft para tener más tiempo para su Fundación. Esa es la historia de la filantropía, a veces desestimada por entenderse como cosa de ricos. Rockfeller ganó su fortuna con la Standard Oil. Luego la Fundación Rockefeller contribuyó al desarrollo de la penicilina inventada por Fleming. Millones de vidas se han salvado desde entonces. No es otro el propósito de la Fundación Gates, ahora suplementada por Warren Buffett. La Fundación Rockefeller también ha contribuido a la «revolución verde» que tanto redujo el hambre en Asia y su aportación ha sido fundamental para descifrar el ADN. Gates hace algo parecido con el dinero ganado en los avances fabulosos de la tecnología informática. El mundo y particularmente África andan detrás de una vacuna contra el SIDA. A eso se dedica ahora también el dinero de Warren Buffett.