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Lunes, 3 de julio de 2006
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ORIENTE
PILOÑA
Un siglo reparando pinchazos
El garaje Sordía de Infiesto cierra este año sus puertas después de 96 años en manos de la misma familia
Un siglo reparando pinchazos
INSTITUCIÓN. El garaje está ubicado en el cruce de la calle de Covadonga con la carretera de Campo de Caso. / D. E.
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Casi llegamos a los cien años, pero nos quedaremos a un paso», lamenta con nostalgia Fernando Sordía, el actual propietario del garaje de reparación de bicicletas que lleva el apellido de su familia. «Pueden con nosotros las grandes superficies del centro de la región», explicaba tras anunciar que cerrarán este año las puertas de su negocio.

Como muestra del carácter familiar de la empresa, tras el mostrador atiende a los clientes Felicitas Sordía, de 88 años. Desde los 16 años trabaja en el taller que su padre puso en marcha allá por 1910. Todos los días se acerca a la tienda de su sobrino desde las once y media de la mañana hasta la hora del cierre «para que Fernando salga a tomar un vino», asegura. Ella es la encargada también de organizar el escaparate.

Por las tardes, también vuelve a la tienda a las cinco y media hasta la hora de irse a casa. «Esta vez para hacer la caja», bromea. Fruto de su edad, tan sólo una leve sordera le impide desenvolverse con toda la soltura que quisiera. Su sobrino asegura que no recuerda que se haya puesto enferma desde que él se hizo cargo del taller, en 1989. «Gracias a Dios, estoy muy bien de salud», se alegra la decana del comercio piloñés.

Mientras el garaje esté abierto, Felicitas seguirá acudiendo cada día. No en vano, es fruto del trabajo de toda su vida. «Todos en la familia pusimos nuestro granito de arena y conseguimos salir adelante», confirma orgullosa. Pero no fue fácil. A lo largo de todo este tiempo, todos ellos tuvieron que luchar para poder mantener su negocio en marcha.

En sus inicios, el padre de Felicitas, Fernando Sordía, atendía al público en la esquina de la calle de Covadonga y la del Marqués de Vistalegre. Allí también se localizaba el surtidor de combustible de Infiesto y un servicio de alquiler de vehículos. «Tenía tres coches, pero se los quitaron cuando la guerra», relata. Y es que las circunstancias políticas marcaron la historia del garaje.

Los tres hijos varones del fundador -Fernando, Juan Luis y Ramón- fueron privados de su libertad por defender posturas de izquierdas. «Mi hermana gemela y yo veníamos a ayudar entonces a nuestro padre y empezamos a trabajar como él lo hacía. Desde atender la tienda a arreglar los pinchazos», recuerda Felicitas. La tercera de las hermanas, Marina, pintaba los cuadros de las bicicletas. Fue en aquella época, una vez concluyó la Guerra Civil española, cuando el garaje se trasladó a su actual ubicación, en el cruce de la calle de Covadonga con la carretera que lleva a Campo de Caso.

La noticia de que los dos hermanos mayores podrían ser trasladados a otro penal para ser ejecutados pudo con el débil corazón del fundador del garaje. Nunca supo que aquellos negros augurios no llegaron a hacerse realidad. «Al morir nuestro padre nos quedamos nosotras solas al frente de la tienda y teníamos que mantener a nuestros tres hermanos, que estaban presos», explicaba Felicitas con lágrimas en los ojos.

Poco después, el marido de su hermana Marina pasó a hacerse cargo del taller y todo se fue arreglando poco a poco «a base de mucho trabajo». Su hermano Ramón, que al ser menor de edad en el momento de su detención estaba confinado en un pelotón de trabajadores, fue el primero en volver y colaborar también en la empresa familiar.

Libre con 50 años

Juan Luis, el segundo de los hermanos, decidió escapar a Cuba en el momento que recobró su libertad y rehizo allí su vida. Finalmente, tras 23 años en la cárcel, el mayor de los hermanos de Felicitas, Fernando, volvió a casa en 1962 con 50 años. «Aquel día pude respirar tranquila por fin», rememora. Todos lucharon desde entonces para sacar adelante el negocio que les permitió vivir.

Ahora, tras haber sido el sustento de la familia durante cerca de un siglo, los nuevos tiempos obligan a cerrar las puertas al garaje Sordía, toda una institución en la capital piloñesa. «Parece ser que mi sobrino no tiene muchas ganas de trabajar», confirmaba Felicitas mientras le miraba con una pícara sonrisa dibujada en la cara.



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