La nariz sobresaliente, la frente ancha o mínima, el bigote definitorio, la delgadez extrema, la barriga vacilante, las lentes, las ojeras, el peinado o la boca. Todo le valía a Marola, más que para retratar, para describir a sus personajes con trazos de caricatura. Sabía el gijonés, del que ahora se cumple el primer centenario de su nacimiento, dar cuenta del paisanaje de Asturias y del resto del mundo -no había límites para sus tintas- con la precisión de un psicólogo. De hecho, los expertos miran con tanto o más interés su obra gráfica que sus paisajes sobre lienzo. Desde ayer y hasta mediados de setiembre, esa mirada puede ampliarse a todo el que quiera pasearla por el Museo de Gijón-Casa Natal de Jovellanos, donde se rinde homenaje a quien en 1905 nacía en el barrio del Natahoyo (aunque siempre se consideró de La Arena) con el nombre de Manuel Rodríguez Lana.