LA reaparición de Lavandera nos devuelve a uno de los episodios más oscuros del 11-M: la trama asturiana. En 2001, cuando faltaban tres años para el macroatentado de los trenes de Madrid, el entonces empleado de un club de alterne de Gijón denunció a la Guardia Civil el tráfico de dinamita en el que estaban involucrados los famosos cuñados, Toro y Trashorras, y lo que es más grave, su interés por aplicar la tecnología de los teléfonos móviles para activar la dinamita. Sin el coraje cívico de Lavandera y sin la responsabilidad profesional del agente de la Guardia Civil, Jesús Campillo, las andanzas de Toro y Trashorras hubiesen quedado reducidas a un papel secundario en el 'affaire' del 11-M.
A Lavandera no le ha sonreído la suerte desde que se conoció su testimonio sobre Toro y Trashorras. Su compañera, 'Lorena', se suicidó en la playa de San Lorenzo en unas circunstancias difíciles de entender, porque pese a sus declaradas intenciones y la parsimonia con que intentó ejecutarlas, nadie pudo evitar la tragedia. Parecía que estaba haciendo realidad sobre la arena de Gijón una fantasía novelada de García Márquez. Lavandera ha dejado de ser un testigo protegido, al retirarle esa condición el juez Juan del Olmo. No obstante, Lavandera sigue realizando declaraciones sobre el 11-M, en las que insinúa la relación de Toro y Trashorras con ETA. Ése es el gran argumento de medios de comunicación y sectores de opinión que están radicalmente enfrentados con el Gobierno de Zapatero. La vinculación de ETA con la matanza permite dibujar una gran conspiración que tendría por objeto desplazar al PP del Gobierno. Lavandera no llega tan lejos, pero dice que Toro y Trashorras actuaban con una sorprendente tranquilidad, propia de delincuentes que se sienten respaldados por personas poderosas. El resto lo pone la imaginación de cada uno.
Por el bien de todos, la seguridad de Lavandera, como la del agente Campillo, debería quedar completamente garantizada. Si les ocurriera algo, sería harto complicado explicar que fue por culpa de un simple accidente. No es que la sociedad sea incrédula, es que de la casualidad a la causalidad sólo hay un cambio de orden de dos letras, pero con un efecto devastador: de la inocencia al delito.