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Viernes, 7 de julio de 2006
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SOCIEDAD Y CULTURA
Sociedad
La España que hallará el Papa
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El 9 de noviembre de 1982, a punto de terminar su primer viaje a España, Juan Pablo II comentó a uno de sus más directos colaboradores: «Este es el pueblo más católico que he conocido». Su sucesor en la silla de san Pedro, Benedicto XVI, no podrá decir lo mismo el próximo domingo. La Iglesia ha perdido influencia de forma muy notable en el escaso cuarto de siglo que separan ambos viajes, hasta el extremo de que la no hace tanto «reserva espiritual de Occidente» presenta hoy un panorama de templos semivacíos, jóvenes en general desinteresados por todo lo que suene a eclesial, amplia contestación a la doctrina oficial del Vaticano en aspectos morales y problemas más que evidentes para la renovación de un clero con una edad media superior a los 60 años. El Papa Ratzinger se dispone a conocer sobre el terreno la realidad de un país que ha concentrado en apenas tres décadas el proceso de secularización que Europa vivió en más de medio siglo. Esta es la radiografía religiosa de la sociedad española.

IDENTIDAD RELIGIOSA

Católicos, pero menos

Casi el 80% de los españoles se definen hoy como católicos cuando se pregunta por su identidad religiosa, pero su práctica es muy baja. Sólo uno de cada cinco asiste con más o menos regularidad a misa, poco más de la mitad de los que lo hacían cuando el Papa Wojtyla visitó España por primera vez. Sin embargo, muchos expertos coinciden en que la comparación puede ser engañosa, porque durante la Transición se mantenía aún buena parte de la inercia de un tiempo en que ser católico era casi inevitable. «La identidad y la práctica religiosa estaban menos arraigados en la sociedad española de lo que se pensaba», explica Gonzalo Tejerina, decano de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca.

El resultado es que en muy pocos años los templos han quedado semivacíos y la edad media de quienes todavía mantienen la práctica semanal de ir a misa se dispara. Hoy, sólo uno de cada cinco jóvenes entra en un templo al menos una vez al mes. El sociólogo Javier Elzo cree que las causas de ese alejamiento son múltiples, pero destaca la falta de socialización familiar (los muchachos que hoy tienen de 15 a 24 años son los primeros que no han recibido una formación cristiana en casa), la casi total ausencia de información religiosa en los espacios y los medios que son sus referencias, y la sustitución de los valores y doctrina emanados de la Iglesia por otros seudorreligiosos.

Las luces rojas se encendieron ya hace tiempo, pero sin embargo el Papa Benedicto XVI llega a España en un momento en que hay indicadores que parecen dar un mínimo respiro. Un estudio del catedrático de Sociología Alfonso Pérez-Agote sugiere que el proceso de secularización se está frenando y otros datos ratifican que está a punto de tocar fondo. De hecho, el número de contribuyentes que apoyan con sus impuestos a la Iglesia continúa en descenso pero la caída es menor.

Algo parecido pasa con la decisión de los padres respecto de si sus hijos deben recibir clases de religión. Cada vez son menos quienes creen que ha de ser obligatoria, pero en cambio aún son muchos quienes deciden que sus hijos las sigan. Muy pocos días antes de su repentina muerte, el filósofo José María Mardones, del CSIC, anunciaba que «se ha acabado el tiempo del cristianismo de cristiandad y habrá que acostumbrarse a un cristianismo en minoría, con una relevancia cultural menor». Menor pero para nada desdeñable. Como dice Tejerina, «con crisis y todo, España sigue siendo un país fundamental dentro del catolicismo».

El sociólogo Alberto Moncada ha llegado a vaticinar que en dos generaciones el catolicismo habrá sido «barrido por el viento», pero los últimos datos no parecen avalar su pronóstico. Sobre todo si se tiene en cuenta que la mayoría de los inmigrantes que llegan a España proceden de países profundamente católicos y cada vez se hacen notar más en las ceremonias religiosas.

COSTUMBRES Y LEGALIDAD

La fuerza de los rituales

«Hay que promover leyes que favorezcan el matrimonio, y no ponerlo en situaciones de desventaja ante nuevas figuras jurídicas que desdibujan e incluso contradicen lo que el matrimonio es y aporta al bien común», escribe el cardenal Rouco Varela en un libro reciente. La Iglesia española se ha encontrado en estos años con reformas legales que ha criticado con dureza... pero sería erróneo pensar que los católicos practicantes no se han acogido a algunas de ellas. Es seguro que no hay muchos entre los más de 7.000 homosexuales que han contraído matrimonio. Habrá más entre el millón de mujeres que han abortado legalmente desde que se despenalizó la interrupción voluntaria del embarazo. Y seguro que la presencia de católicos es numerosa en el colectivo de más de 1,5 millones de españoles que se han divorciado a partir de 1982 o entre quienes, en una cuantía similar, conviven sin contraer matrimonio.

Es más difícil estimar, en cambio, qué porcentaje de parejas españolas se casa por la Iglesia debido a sus creencias y cuántas lo hacen por otros motivos. El número de bodas civiles crece sin parar y aumenta de forma espectacular la población de religión musulmana, pero todavía los templos católicos acogen dos de cada tres bodas.

¿Por qué los españoles se alejan de la Iglesia pero en cambio siguen celebrando mayoritariamente sus ceremonias? «La Iglesia conserva una gran capacidad para dar fuerza a sus rituales», explica Pérez-Agote. «Mucha gente se casa por la Iglesia por la belleza del escenario y la ceremonia, otros lo hacen porque parece que el compromiso adquirido es más fuerte».

Eso es especialmente notorio en los funerales. «Un entierro con un rito católico produce una mayor sensación de despedida, da un consuelo a los allegados incluso aunque no sean practicantes. En un funeral civil nadie sabe exactamente qué hacer ni qué decir, y es de una frialdad desoladora», dice el sociólogo.

LA IMAGEN DE LA IGLESIA

Espectáculo y prestigio

No siguen su doctrina en algunos aspectos concretos, pero los principios morales de la Iglesia son importantes para uno de cada tres españoles. Y la propia institución, al margen de la crítica generalizada que los ciudadanos realizan, tiene un prestigio razonable aunque en descenso sobre todo entre los jóvenes. Si pese al alejamiento de la sociedad, la Iglesia todavía inspira más confianza en la población que instituciones como el Parlamento, las empresas, la Justicia, los sindicatos y la banca es, sin duda, por aspectos como su trabajo con los pobres del mundo o la oposición del Papa a la guerra de Irak.

Sin embargo, los ciudadanos quieren que esa institución a la que conceden cierta credibilidad se mantenga en la esfera de la referencia moral, sin jugar a influir en la vida diaria. Así se explica que pese a la separación formal con el Estado, nada menos que el 44,3% crea que la Iglesia tiene demasiado poder en la España de hoy.

DIFÍCIL RELACIÓN POLÍTICA

Identificada con la derecha

Cuando el Papa Juan Pablo II llegó a España por primera vez, la Iglesia gozaba de un prestigio social alto, incluso entre quienes no se consideraban católicos. Su papel durante la Transición, con una figura clave como la del cardenal Tarancón, fue muy elogiado por todas las organizaciones políticas, a excepción de la extrema derecha. «La sociedad había agradecido esa actitud», recuerda Tejerina. Ahora, en cambio, sobre todo entre los jóvenes, se da «la percepción de que se ha producido un acercamiento entre los planteamientos políticos de derechas, la Iglesia oficial y muchos de los nuevos movimientos religiosos», sostiene Elzo. Esa proximidad de posturas con el Partido Popular (nunca expresada de manera abierta) ha agrandado el foso que la separa del grupo de católicos que militan o simpatizan con la izquierda.

A eso se suma el deterioro de imagen que para la jerarquía supone la existencia de un grupo, por minoritario que sea, de teólogos que desde hace unos años critican cada vez con más virulencia las posturas doctrinales de Roma en general y la actitud de la Conferencia Episcopal Española en particular. Tiene razón el decano de Teología de la Pontificia de Salamanca cuando dice que estadísticamente son minoría. Pero una minoría que se hace oír con fuerza, lo que desgasta a la jerarquía más de lo que ésta admite.

SEMINARIOS EN CRISIS

El difícil relevo

La situación en los seminarios es de crisis, pero esto no ha cambiado mucho respecto de lo que sucedió en la Transición. Es más, la caída del número de aspirantes a sacerdote fue tan grande en los 60, que hace un cuarto de siglo había menos seminaristas que hoy. No obstante, el dato no puede ocultar que, desde 1993, los seminarios españoles han perdido un 25% de sus alumnos. Sin embargo, la Conferencia Episcopal puede pensar en este momento que Dios aprieta pero no ahoga. En los dos últimos años ha seguido bajando el número de seminaristas, por efecto de los abandonos y las ordenaciones sacerdotales, pero han repuntado los ingresos.

Con todo, Benedicto XVI llegará mañana a un país con unos sacerdotes cuya media de edad está en 60 años, que se reduce a algo más de 50 si se considera sólo los que están en activo. Una pescadilla que se muerde la cola: los curas son muy mayores y esa es una de las razones de la pérdida de atractivo de la Iglesia para los jóvenes, que no encuentran en ella interlocutores de edad más o menos similar a la suya. Quizá el gran reto al que se enfrenta en España la Iglesia es cómo romper ese círculo vicioso para poder sembrar en los jóvenes la semilla de la fe. Después de 30 años de secularización,

el número de practicantes ha caído al 20%

y la influencia de la Iglesia es limitada



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