LLEGADOS a este punto, todos los años aparece un número considerable de detractores de la Semana Negra, que juran y perjuran que no pasarán por el recinto. De ellos, entre un 98 y un 99% acabarán acudiendo al certamen, ocultos entre la multitud y con el argumento de «no, si yo vengo aquí para poder criticar con fundamento» preparado para ser proferido en caso de ser descubiertos. El porcentaje restante se divide, a partes iguales, en los que echan la culpa de su asistencia a los niños, que no callan con la noria, los que pasan por ahí porque aseguran que les coge de camino para renovar el carné del Sporting y los que se mantienen firmes en su negativa que, como las meigas, haberlos, haylos.
Puede que sea cierto que todos los años sea lo mismo, básicamente. Los mismos tenderetes, las mismas tómbolas, las mismas atracciones, los mismos invitados -alguno dice con malicia que los guardan en un baúl, el último día, y hasta el año que viene- y hasta las mismas promesas de Paco Ignacio Taibo de que se va, que no pasa de este año. Y puede que tengan razón los que dicen que están hartos de llegar a casa oliendo a fritanga, o los que cuentan que por cada librería hay treinta bares, o los que quieren acudir a algún coloquio (que gente rara hay para todo) y acaban dando vueltas como patos mareados sin encontrar lo que buscan. Incluso los del ruido disponen de argumentos para quejarse, que por mucho que orienten el escenario, las canciones de Camela que sirven como eterna banda sonora de las atracciones se oyen a varios kilómetros de distancia. Y los que se dedican a dar vueltas y más vueltas con el coche por un Gijón, ya de por sí, colapsado, y les obsequian con más cortes de tráfico. O, simplemente, los que se quieren tomar una botellita de 'la chispa de la vida' y les dan una de la competencia, menos imperialista, se supone.
Pero el caso es que la Semana Negra sigue existiendo. Quizás porque le da a Gijón ese toque de fiesta en la calle que le quita la Semana Grande, o quizás porque somos un poco masoquistas. Pero el caso es que la fórmula parece que funciona y, ya se sabe: si algo marcha bien, no se te ocurra tocarlo.