ASÍ pasa la gloria del mundo. Entraba en la iglesia bajo palio, ascendió hasta ser generalísimo, años y años estuvo a la diestra de Cristo en las paredes de las aulas; yace ahora, como suelen hacerlo los obispos, ante el altar de una basílica. Sólo quedan en exposición pública estatuas ecuestres suyas en Santander y en la Escuela Militar de Zaragoza, que el ministro de Defensa va a desplazar a lugar menos aparente («Sic transit gloria mundi»). La estatua -pienso yo- se mantendrá bruñida y limpia, sin los acostumbrados excrementos aviarios que cubren en los parques públicos las de poetas, científicos, benefactores de la ciudad y otros prohombres de la Historia. Que para mantener los metales como los chorros del oro los militares son muy mirados y se saben bien lo de bruñir, sean las hebillas del correaje, el espadín de los oficiales o las ánimas (no las benditas, sino las de pistolas, fusiles y cañones...) cuando los comandantes ordenan zafarrancho.
La de Pelayo, en Gijón, está limpia y brillante, y relucientes las cuatro inscripciones latinas en los cuatro puntos cardinales de su alto pedestal. Acaban de clavar en el suelo las traducciones. Una de ellas dice: «Salve, padre de la patria, proclama la provincia entera. Rey vencedor de los árabes, corre de boca en boca» (en latín no sonaba tan claro: «rex arabum victor»). Un poco provocador para cualquier talibán vengativo en los tiempos que corren. Y para provocación ese cartel de la Semana Negra donde, al lado de una enfermera republicana, han hermanado la silueta de uno que se vanagloriaba de haber violado a muchas asturianas y que terminó en la guardia mora de Franco (¿demasié, oiga!).
A tres tiros de piedra de la estatua de Pelayo, en la escalera que se construirá por allí, el párroco de San Pedro quiere una para el santo pescador: «Al pie de la escalera, de tal forma que, cuando suba la marea, el agua le llegue a la cintura y cuando baje parezca que camina sobre el mar». Muy cerca se levanta, a poca altura del suelo, la del emperador Augusto, con la testa y la coraza y la ropa y el dedo que apunta al sol naciente blanqueados de excrementos columbarios o de gaviotas.
Sobre la Iglesiona, ahora en restauración, Christus Rex con una paloma en la cabeza y cuatro largas sirgas al hombro tirando de la nave del templo. No lejos de allí, Jovellanos, desde su alto pedestal intenta mirar a Pelayo, inútilmente porque los edificios lo ocultan y porque tiene los ojos velados por palomina. Y, a pie de calle, cerca de la plaza del Carmen, el busto de 'El Presi', sin horizonte adonde mirar, aunque los borrachos noctívagos no le hayan arrancado de nuevo las gafas, como también suelen hacer con el peatón Woody Allen en Vetusta. ¿Estatuas!