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Domingo, 9 de julio de 2006
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FÚTBOL
 Actualizado: 1.35 a.m.
 
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TRABAJO. El entrenador de la selección italiana, Marcello Lippi, sometió a sus hombres a un ligero entrenamiento en la localidad de Duisburg. / EFE
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La tricampeona Italia, la selección menos goleada del campeonato, se mide esta tarde a Francia, capitaneada por un crepuscular Zidane que sueña con entonar en Berlín su canto de cisne. El estadio olímpico será el escenario de una final mundialista inédita con un pronóstico más que incierto, ya que ambas selecciones llegan al partido decisivo después de haber tumbado con solvencia a los grandes favoritos.
 
Schweinsteiger, un completo volante izquierdo de sólo 21 años y titular indiscutible en el Bayern Múnich y en su selección, se despidió del Mundial a lo grande. Demostró que defiende, ataca, es duro, orgulloso, tiene carácter y un golpeo a puerta terrorífico. Consoló a los teutones con tres certeros y lejanos disparos -en el segundo contó con la inestibable ayuda de Petit-, y llenó de júbilo a un país volcado con su equipo durante el Mundial.
Ronaldinho, Roberto Carlos, Wayne Rooney y Raúl encabezan la lista nada honrosa de figuras que fueron noticia en el Mundial de Alemania por su decepcionante fútbol.
Las directivas del Cudillero y del Praviano han elevado sus respectivos presupuestos, y con ellos las cuotas a sus socios, de cara a la temporada 2006-07, que para los 'pixuetos' supone el estreno en categoría nacional, mientras los 'rojillos' retornan tras casi una década en el fútbol regional.
LAS DESDICHAS DEL MUNDIAL
Adiós, esto se acaba. Esta tarde sabremos al fin quién es el nuevo campeón del mundo y a dónde ira a parar, por el momento, provisionalmente, la copa dorada y de oro, el trofeo soñado. ¿Será Francia, nuestro verdugo, la que levante la copa o asistiremos, una vez más, al triunfo del antifútbol italiano, a la entronización del feísmo y de las tácticas miserables y antiestéticas? En fin... Tendremos himnos, abrazos, lágrimas, pasiones desatadas, decepción, exaltaciones místicas, gestos contritos, alegrías variadas y tristezas diversas porque la esencia del fútbol, su intríngulis, es que unos pierdan para que otros puedan conseguir la victoria; el triunfo propio se nutre de la derrota del contrario, la alegría de unos está cimentada en el desconsuelo de los demás. En el partido de hoy, no se producirá ningún empate. ¿Habrá prórroga? ¿Llegaremos a los penaltis? El ganador del partido que se celebra esta tarde será recordado siempre pero el que pierda pasará inmediatamente al ostracismo y al olvido porque ¿qué es un subcampeón del mundo? Apenas nada, apenas nadie. Al subcampeón le dan su copa pintada de purpurina y sus medallitas conmemorativas, su certificado de buena conducta y su palmadita en la espalda. El presidente del invento se acercará a los derrotados y les acompañará en el sentimiento de una forma un tanto desmañada y por compromiso, se los quitará de en medio con un comentario trivial: «¿Vaya, hombre, qué mala suerte han tenido ustedes!, con lo bien que corrían por la banda y los saltitos tan graciosos que daban.. ¿Otra vez será!», y ante los sollozos de los perdedores les acompañará hasta la puerta, enjugará sus lágrimas con un pañuelo no del todo limpio y les recomendará vida tranquila, sopitas y buen vino y tratará, a su manera, de infundirles resignación cristiana: «¿A aliviarse, majetes, que no hay mal que cien años dure y en el fútbol hay más días que longanizas!» El campeón del mundo está tocado por la mano del Señor pero el subcampeón tiene el esqueleto de los mediocres, la hechura gris de los vicepresidentes, la caspilla indecorosa de los que han perdido el honor con la derrota y tienen ya, para siempre, en la jeta, la impronta de los perdedores.
 
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