Adiós, esto se acaba. Esta tarde sabremos al fin quién es el nuevo campeón del mundo y a dónde ira a parar, por el momento, provisionalmente, la copa dorada y de oro, el trofeo soñado. ¿Será Francia, nuestro verdugo, la que levante la copa o asistiremos, una vez más, al triunfo del antifútbol italiano, a la entronización del feísmo y de las tácticas miserables y antiestéticas? En fin... Tendremos himnos, abrazos, lágrimas, pasiones desatadas, decepción, exaltaciones místicas, gestos contritos, alegrías variadas y tristezas diversas porque la esencia del fútbol, su intríngulis, es que unos pierdan para que otros puedan conseguir la victoria; el triunfo propio se nutre de la derrota del contrario, la alegría de unos está cimentada en el desconsuelo de los demás. En el partido de hoy, no se producirá ningún empate. ¿Habrá prórroga? ¿Llegaremos a los penaltis? El ganador del partido que se celebra esta tarde será recordado siempre pero el que pierda pasará inmediatamente al ostracismo y al olvido porque ¿qué es un subcampeón del mundo? Apenas nada, apenas nadie. Al subcampeón le dan su copa pintada de purpurina y sus medallitas conmemorativas, su certificado de buena conducta y su palmadita en la espalda. El presidente del invento se acercará a los derrotados y les acompañará en el sentimiento de una forma un tanto desmañada y por compromiso, se los quitará de en medio con un comentario trivial: «¿Vaya, hombre, qué mala suerte han tenido ustedes!, con lo bien que corrían por la banda y los saltitos tan graciosos que daban.. ¿Otra vez será!», y ante los sollozos de los perdedores les acompañará hasta la puerta, enjugará sus lágrimas con un pañuelo no del todo limpio y les recomendará vida tranquila, sopitas y buen vino y tratará, a su manera, de infundirles resignación cristiana: «¿A aliviarse, majetes, que no hay mal que cien años dure y en el fútbol hay más días que longanizas!» El campeón del mundo está tocado por la mano del Señor pero el subcampeón tiene el esqueleto de los mediocres, la hechura gris de los vicepresidentes, la caspilla indecorosa de los que han perdido el honor con la derrota y tienen ya, para siempre, en la jeta, la impronta de los perdedores.