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Domingo, 9 de julio de 2006
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ALREDEDORES DEL PARAÍSO La ciudad de los sueños perdidos
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mismo tiempo, qué agradable subir a la terraza del hotel y tomarse allí una cerveza olvidado de todo. Desde aquella altura, con la esbelta cúpula del Capitolio como protagonista del horizonte, la ciudad parecía otra, la ciudad de mis sueños, exactamente aquella que deslumbró a mi abuelo cuando llegó a ella desde los secarrales de Castilla, la que iluminó mi infancia y adolescencia cuando él me hablaba de todo lo que había dejado aquí un día triste de 1959.

Cuando por primera vez vine a La Habana ya mi abuelo estaba demasiado enfermo como para poder acompañarme. Fue una lástima. Me habría gustado tenerle como guía, que me enseñara aquella mansión del Vedado, rodeada de árboles frondosos como en medio de un bosque, y con un porche con columnas que parecía el salón de un palacio, que me llevara de la mano por el Malecón, como llevó a mi padre, y que una inmensa ola refrescante, nos dejara a los dos empapados, como en la anécdota que me había contado una y otra vez.

Pero quizá fue mejor así, que mi abuelo no viera en qué se habían convertido sus sueños, aunque a él no le habría sorprendido esta estólida, burocrática, exasperante desolación como me sorprendió a mí. Porque el adolescente que escuchaba fascinado a su abuelo hablar de las luces multicolores de La Habana prerrevolucionaria, de las noches que no se acababan nunca y en las que todo era posible, se convirtió pronto -yo cumplí dieciocho años en 1968- en un joven rebelde que se creía capaz de dar la vida por Fidel y todo lo que él representaba.

Mi abuelo dejó de ser un héroe para quedar reducido a poco más que un gusano capitalista al que la revolución había expropiado lo que él antes había robado al pueblo. Tras una o dos discusiones dejamos de hablar del tema. Yo era su nieto favorito y no iba a dejar de serlo por tan poca cosa. Mi abuelo sabía de sobra que aquellas rebeldías y aquellos entusiasmos -Marx, Mao, Marcuse- no eran más que una locura pasajera, como el gusto por la hirsuta pelambrera de las barbas.

Cuando conocí Cuba y padecí uno de los interminables discursos de Fidel, con motivo de la Feria Internacional del Libro celebrada en La Cabaña, ya me había alcanzado la edad de la razón y mis ideas sobre cualquier posible paraíso me parece que estaban lo suficientemente claras.

Pero seguí volviendo, ya no por motivos de trabajo, aunque al principio me buscara un pretexto más o menos erudito: seguir las huellas de Juan Ramón, Altolaguirre y algún otro poeta en La Habana.

En el fondo yo sabía que todo aquello no era más que un pretexto. Yo regresaba siempre que podía a la isla, yo me gastaba todos mis ahorros en aquella ciudad, por causa de una mujer. No faltan mujeres en La Habana. Se ofrecen a todas horas, en todas partes. El aura de tus dólares, refulgente en aquella miseria, no te abandona nunca desde que dejas el hotel. Te señala con una flecha cuando paseas melancólico por el Malecón, cuando tomas un imposible mojito solitario en las terrazas de la plaza de la Catedral, cuando rebuscas entre los libros de la plaza de Armas, cuando regresas ya anochecido por el decimonónico paseo del Prado. Las mujeres se te acercan, te piropean lúbricas o mimosas, te cogen del brazo, te besan en cuanto te descuidas, te arrinconan en un portal, te sacan la cartera y lo que se tercie. Mi entusiasmo por el género femenino, que siempre ha sido perfectamente descriptible, allí descendió algunos grados bajo cero, a pesar -o debido a- la temperatura ambiente.

Y sin embargo yo volvía a La Habana en busca de una mujer. Una mujer que no era de este mundo y que yo había visto caminar, si aquello era caminar porque sus pies apenas si tocaban el suelo, por la calle Obispo, causando estragos a su paso.

Yo sabía quién era aquella mujer, me lo había contado mi abuelo, que también la había visto. Ella le llamó desde un historiado balcón de la calle Amargura y él, sin preguntar nada, subió de inmediato. Parecía una princesa cautiva que necesitaba ser rescatada. ¿Si la hubieras visto, si pudieras verla como yo la veo todavía ahora! Era la imagen misma de la felicidad.

Cuando mi abuelo dejó Cuba, en 1959, ya hacía unos años que su mujer y sus hijos había dejado la isla. Mi abuela era una mujer muy enérgica. No hubo ni recriminación ni llanto cuando su marido la dejó por otra mucho más joven que ella. Se volvió sin siquiera reclamar lo que le correspondía de los bienes gananciales. Unos bienes que se hicieron humo poco tiempo después. Perdonó a mi abuelo, cuando este volvió solo y pobre, y pareció olvidar para siempre todo lo que había ocurrido. Jamás la oí aludir al respecto. Quien no olvidó fue mi abuelo. Su nostalgia de la ciudad del paraíso era la nostalgia de aquella mujer que había conocido en la calle de la Amargura. «Tenía veinte años y no era de este mundo», me repitió una y otra vez. Prométeme que algún día irás a La Habana, la buscarás y le dirás que me he muerto sin dejar de pensar en ella solo un instante.

Sin buscarla me la encontré en la calle Obispo. La reconocí nada más verla. Seguía teniendo veinte años y seguía no siendo de este mundo. Desapareció antes de llegar a la plaza de Armas. No sé cómo, no sé donde. Desde entonces vuelvo siempre que puedo a esta ciudad para tratar de encontrarla.

Una ciudad humillada, pegajosa, hermosa solo desde aquí, desde la terraza del hotel, donde yo tomo una cerveza solitaria cada atardecer, fuera del mundo, sabiendo desde la infancia que la felicidad me aguarda aquí o en ninguna otra parte.



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