elcomerciodigital.com
Lunes, 10 de julio de 2006
 Webmail    Alertas   Envío de titulares     Página de inicio
PORTADA ACTUALIDAD ECONOMÍA DEPORTES OCIO CLASIFICADOS SERVICIOS CENTRO COMERCIAL PORTALES
VERANO
Verano
ALREDEDORES DEL PARAÍSO Sobre los tejados de Lisboa
Imprimir noticiaImprimirEnviar noticiaEnviar

Publicidad

Tropiezo, cuando menos, doscientas. Como escritor me acusan de falta de imaginación, pero siempre que tropiezo y me rompo la cabeza en asuntos sentimentales es por exceso de imaginación. Vuelvo a casa desde la cafetería del Rosal taponándome como puedo las heridas sentimentales, expulsado de mala manera del paraíso. ¿De mala manera? No, de sutil manera, con el lenguaje que solo entienden los que entienden: una insinuada sonrisa me invita a pasar, un gesto duro, una mirada ausente, el tuteo que desaparece me indican que la función ha terminado, que vuelvo a ser un desconocido. Que la máquina de la felicidad no se pondrá de nuevo en marcha por muchas monedas que introduzca.

Y mientras desciendo hasta la calle Murillo me vuelve a la memoria aquel barco que desde el mirador de Santa Lucía vi una vez anclado sobre los tejados de la ciudad. Aquel barco... Quién pudiera subir a él y buscar un Oriente al Oriente del Oriente, como en el poema de Álvaro de Campos.

Tantas veces he vuelto a Lisboa, tantas veces he sido feliz en sus calles que suben y bajan, en su desvencijada melancolía, que casi he olvidado aquel primer viaje, donde todo era desolación.

Yo tenía que ir a Lisboa a leer unos poemas. Me habían invitado por mediación de José Bento, el infatigable traductor de la poesía española. Tú me dijiste que, si pudieras, no estabas seguro, te gustaría acompañarme, y yo levanté un castillo de ensoñaciones sobre tan inconsistentes cimientos. Pero luego no pudiste, o no quisiste, y en todas partes yo no fui capaz de ver sino tu ausencia.

José Bento, que sabía que yo preparaba por entonces un libro sobre Pessoa, me llevó en primer lugar a todos los lugares pessoanos: el café A Brasileira, todavía sin la estatua del poeta en la terraza; la casa natal del poeta, frente al teatro de San Carlos; el Martinho de Arcada, en una soportalada esquina de la plaza más hermosa del mundo. También me enseñó algunas de las oficinas en las que había trabajado (entramos en una de ellas en el Campo de las Cebollas) y la Rua dos Douradores, donde tenía su empleo Bernando Soares. En cualquier otro momento me habría emocionado aquel recorrido. Entonces todo lo miraba con indiferencia. No tenía ojos más que para mi propia desesperación. Visitamos igualmente la casa en que murió Pessoa, cercana al cementerio de los Prazeres, donde estaba enterrado (todavía no le habían trasladado al Monasterio de los Jerónimos). Ante su tumba me puse a llorar. «Hombre, ya sé que le admiras mucho, pero esto parece demasiado», me dijo Bento extrañado. «Perdona», acerté a decir yo. No podía confesarle que no lloraba por Pessoa, que lloraba por mí. No podía explicarle la razón de mi llanto porque puesta en palabras a mí mismo me parecía insignificantemente ridícula.

Mi imaginación me había jugado una mala pasada, eso era todo. Ya había leído a Stendhal, ya sabía lo que era la teoría de la cristalización: siempre nos enamoramos de un ser imaginario y por eso el amante real siempre nos defrauda.

Al día siguiente José Bento, aunque un tanto preocupado, aceptó dejarme solo con mi desesperación. Subí hasta el castillo de San Jorge, me perdí en el laberinto de Alfama, dejé que llegara la noche junto a la escondida fuente que tiene grabados unos versos de António Boto: «Y a medida que la luz se diluía / en las sombras que nacen lentamente / la fuente en el silencio más se oía / más límpida más pura y más presente». Pero lo único que yo oía era mi desesperación; era también lo único que veía desde el mirador de San Pedro de Alcántara, frente al panorama más hermoso del mundo: el castillo de San Jorge, el barrio de Gracia, la ciudad baja con la Avenida y la estación del Rossio y su cabellera de trenes, el río ancho y tranquilo, Barreiro en la otra orilla, el íntimo jardín velazqueño...

De nada me sirve ser consciente de mi estupidez de entonces para evitar mi desesperación de ahora. Recuerdo uno de los cantos rodados de Gil-Albert: «No nos matamos por amor, nos matamos porque todo amor, cualquier amor, nos revela nuestra miseria, nuestra infelicidad, nuestra nada».

Juego, coquetería, diversión y dispersión. Me paso la vida jugando. Sentimentalmente no he pasado de los quince años, me temo. Y qué divertido este estar al acecho, tender la red, dejar que poco a poco te introduzcas. Ya estás en ella, agachas la cabeza, te dejas acariciar. Y de pronto un primer zarpazo, que esquivo ágilmente. Me paso la vida jugando, pero el juego para ser emocionante ha de ser peligroso. Me paso la vida jugando a la ruleta rusa. Y tú de pronto te das la vuelta en la barra y decides no jugar más conmigo. «Eh devuelveme lo que me debes», te grito. Y tú: «¿Para lo que me sirve!». Y arrojas a los perros una piltrafa sanguinolenta, mi corazón, que hace unos pocos días puse sobre tus manos, tembloroso..

Trato de distraerme traduciendo mentalmente a Virgilio: «En fuego Corydon, pastor, ardía / por el hermoso Alexis, que hermosura / era de su señor, y conocía / que toda su esperanza era locura». ¿Cómo salí de aquel pozo negro de Lisboa? «Tú siempre en desamarme perseveras», traducía Fray Luis de León. ¿Cómo salí de aquel pozo, cómo salir de este pozo? Desde el mirador de santa Lucía vi un barco reposando sobre los tejados de las casas y entonces me entró un ansia infinita de embarcarme y empezar una nueva vida.

No la empecé, claro está. El barco sigue allí, sobre los tejados de Lisboa, aguardando para llevarme a un país donde vivir no duela como una postura incómoda.



Vocento