si no querías aparecer ante los otros como un bicho raro, fue aquella disyuntiva infantil que te obligaba a escoger un equipo u otro.
-¿Y tú -preguntaba Ramirín el del 6º C, cuyos músculos de acero temía más que a tigres- de qué equipo eres?
Se podía ser de cualquier equipo, de cualquiera, y ya tenías un puesto en la tribu de los siete años. Un puesto que te marcaba: no era lo mismo ser seguidor del Barcelona que del Madrid, había un abismo entre ser del Sporting o del Real Uvieo. Yo miré fijamente a Ramirín, un niño cuadrado por dentro y redondo por fuera y que guapamente me sacaba treinta centímetros por encima de mi cabeza; sabía que contestase lo que contestase iba a recibir un sopapo, una palabra humillante o quien sabe si, acusica, no se iría con el cuento a Yolanda la del cartero, que tenía ojos de almendra y nariz de princesa y que, milagro de los milagros, me hacía caso a mí y no a él. Lo miré todo lo fijamente que pude, ladeé la cabeza en plan indio que sueña lejanas praderas -exactamente como había visto hacer a Toro Sentado en un western de aquellos del sábado por la tarde- y dije como dándome importancia que mis colores, desde aquel día y para siempre, eran los del Zaragoza.
Ramirín pareció encogerse dos tallas por lo menos. Me miró con ojos incrédulos y pronunció la palabra 'Zaragoza' sin saber qué hacer con alguien tan extravagante como yo. Nadie por estos pagos era del Zaragoza y yo debía de tener una razón secreta, que por supuesto me negué a explicar, para lanzarme de corazón a aquel estanque. Ramirín subió las escaleras y no lo volví a ver -feliz de mí- en unos días. El fin de semana siguiente el Zaragoza le metió seis goles al todopoderoso Real Madrid. Consulten las hemerotecas: sería por 1972 o 1973. Fue mi primer golpe de suerte.
A pesar de la victoria, y del prestigio que me dio aquello ante los otros niños, nunca fui capaz de disfrutar del fútbol, le digo a Paola, que está recostada sobre la toalla con los ojos cerrados y dejando que un puñado de arena se deslice entre los dedos de su mano.
Estamos en la playa de Serín, un auténtico paraíso entre Estaño y La Ñora. Mi novia escucha una canción en el mp3 y lleva, con la cabeza, el ritmo. Yo estoy muy cerca de ella y siento como su respiración llega casi, casi, al beso. Estamos encantados de la vida: sol, silencio, barcos que saltan la cuerda floja del horizonte y la lenta caricia del aire levantando, por dentro, remolinos suaves de ensoñación y deseo; pero a Paola le ha entrado una exaltación nacionalista que la tiene a mal traer. Bueno, lo entiendo: se jugaba el último partido del Mundial y un Francia-Italia no se ve todos los días.
-¿Están buenísimos! -dice Paola mientras se incorpora y me mira coqueta.
Frente a nosotros, observándonos de reojo, pasan unos surferos.
-¿Pues a mí me parecen de lo más pijo, qué quieres que te diga!, digo creyendo reconocer, en uno de ellos, al hermano de Ramirín el del 6º C.
Mi novia, a la que creía medio adormilada con la música, se incorpora y quitándose los cascos, me dice riéndose al oído:
-No, tontucu. Dice que los jugadores italianos están todos buenísimos...