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Muniellos, el bosque más puro de Europa

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El otoño es una de las mejores fechas para visitar Muniellos. / Aida G. Fresno

  • Solo veinte personas pueden disfrutar de Muniellos cada día por riguroso orden de reserva. Las de 2017 empiezan a darse a partir del día 15. Antes EL COMERCIO se adentra entre sus árboles milenarios, los mismos que, según cuenta la leyenda, sirvieron para reparar los barcos de la Armada invencible

Contemplado desde lo alto, Muniellos es un reducto encajado entre montañas que, al llegar el otoño, se transforma en una fronda de ocres y dorados. Una vez dentro, bajo la espesura del bosque, los colores se extienden como pinceladas sueltas por cada una de las hojas que penden del ramaje.

Una gota de lluvia se desliza por una de las muchas formaciones elípticas, de lóbulos redondeados. Son las hojas del roble albar, la especie que domina las 2.695 hectáreas de esta Reserva de la Biosfera. Desde octubre, el otoño marca el ritmo del bosque caducifolio y las hojas se desprenden de las ramas. Es en los últimos días de la estación cuando el bosque se embellece por el estallido de colores.

En el sendero, la humedad impregna un manto de hojarasca y la sensación de pisar una alfombra mullida invade al caminante. Dos son las rutas que permiten contemplar la exuberante naturaleza y ambas parten del Centro de Recepción del Visitante, en Tablizas. La ruta por Fonculebrera asciende por un recorrido de diez kilómetros. La ruta del Río discurre paralela al Muniellos, en cuya ribera aparecen humeros, pláganos o avellanos. En el estrato más bajo del bosque, musgos y líquenes tapizan los troncos.

La fauna es el encanto añadido. Urogallos, osos pardos, jabalíes, lobos, corzos y distintos mustélidos son los esquivos moradores del entorno. «Al igual que los árboles no te dejan ver el bosque, los animales se apartan de la vista de los humanos», compara Juan Carlos López Castro, agente del Medio Natural encargado de la zona de Ibias, Degaña y Cangas del Narcea.

Cada año, Muniellos figura entre los mejores paisajes otoñales de la geografía española. Pero no es su belleza lo que le distingue de otros bosques, sino su pureza. Este enclave del suroccidente asturiano es uno de pocos lugares de especies exclusivamente autóctonas que se conservan en toda Europa. Algo así como un ‘pura savia’.

Un roble albar, al que el guarda calcula unos 400 años, se erige en la vereda del sendero. A pocos metros, el arrullo del río Muniellos, crecido tras varios días de lluvia, hace perder la noción del tiempo. Podría tratarse de un día cualquiera de hace cuatro siglos, porque en Muniellos nada ha cambiado. Dos factores se conjugan para que se haya mantenido intacto, y los dos están vinculados a la madera del ‘quercus petraea’. Su calidad era tal que no fue reemplazado por otras especies. Sin embargo, la explotación se vio lastrada por las dificultades de transporte.

La actividad maderera se remonta a 1768, por orden del rey Carlos III, aunque ya antes existen registros de talas. Entre la leyenda y la Historia oscila una que cuenta que los robles de Muniellos se emplearon para reparar la Armada Invencible.

En 1902, se funda en Gijón la Sociedad General de Explotaciones Forestales y Mineras Bosna Asturiana, de capital vasco, francés y asturiano. La compañía destina la madera a «envases para vino y cognac, dado su aroma especial, circunstancia que la hace muy solicitada en Burdeos», según recoge la publicación ‘Asturias Industrial’, fechada en el mismo año.

En 1952, aparece una nueva empresa, Muniellos S. A. Sus responsables establecieron en Tablizas un aserradero e instalaron una central hidroeléctrica para abastecer la fábrica.

La tala indiscriminada motivó que, en 1964, Patrimonio Forestal del Estado repoblara el bosque con especies foráneas de pino gallego y silvestre. Hoy, ambos están erradicados.

En 1973, el Instituto para la Conservación de la Naturaleza adquiere Muniellos con el fin de impedir cualquier tipo de tala. Desde esa fecha, Muniellos ha ido acumulando distintivos. Reserva Biológica Natural en 1982 y, en el año 2000, Reserva de la Biosfera por la Unesco.

«La protección es total, no se puede sacar ni una hoja», cuenta el guarda López Castro. Tal es el celo con el que se guarda la pureza de Muniellos que solo veinte personas al día pueden visitar el bosque.

Para obtener el permiso, se debe solicitar en la web del Principado. Los hermanos Ramón y Carlos Lluberas son dos de los afortunados que este otoño han visitado el bosque. Tras una caminata de cuatro horas, estos turistas barceloneses han completado su particular ‘momijigari’, una tradición japonesa de pasear por los bosques para contemplar el colorido del otoño.

«Es la segunda vez que venimos y volveremos», afirma Carlos mientras se desprende de la humedad junto a una estufa en el Centro de Visitantes de Tablizas. Elvira Montoya, su recepcionista, se afana en mantener el calor de la estancia y comparte impresiones con los turistas: «En otras partes tendrán catedrales, pero algo como Muniellos, natural, no queda en toda Europa».

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