El Comercio

La mujer de Villa: «Que pague lo que tenga que pagar, pero que no se metan con mis hijos»

María Jesús  Iglesias, la mujer del exsindicalista José Ángel Fernández Villa, ayer, a las puertas del HUCA
María Jesús Iglesias, la mujer del exsindicalista José Ángel Fernández Villa, ayer, a las puertas del HUCA / Arienza
  • «Nosotros no sabemos nada del dinero. Él nunca daba explicaciones en casa sobre el sindicato, era muy reservado»

María Jesús Iglesias, la mujer de José Ángel Fernández Villa, negó ayer de forma rotunda que ni ella ni ninguno de sus dos hijos tuvieran conocimiento alguno sobre el origen de los 1,2 millones de euros regularizados en la amnistía fiscal por el exsindicalista. Tampoco, dijo, pueden aportar luz sobre el presunto delito de apropiación indebida del que el SOMA acusa a su marido y que investiga el Juzgado de Instrucción número 2 de Oviedo. «Nosotros no sabemos nada de todo eso. Él nunca daba explicaciones del sindicato, era muy reservado. Sólo me decía que le preparara la maleta si tenía que ir a Madrid, y punto. Y cuando saltó todo esto él ya estaba muy mal. ¿Qué explicaciones nos iba a dar entonces?», pregunta María Jesús Iglesias, quien asume, no obstante, que «el que la hace la tiene que pagar». «El padre que pague lo que tenga que pagar, pero que nadie se meta con mis hijos», contesta la esposa de Fernández Villa, al tiempo que asegura no sorprenderle en absoluto el dinero que llegó a amasar su marido porque «no gastaba un duro, eso es verdad».

Iglesias atendió ayer a EL COMERCIO a las puertas del Hospital Universitario Central de Oviedo (HUCA) donde, quien fuera secretario general del SOMA, permanece aún en planta, en medicina interna, después de que, en la noche del pasado miércoles, perdiera el conocimiento y los médicos de atención primaria que le auxiliaron en su propio domicilio ordenasen su traslado en ambulancia al centro hospitalario.

María Jesús Iglesias mantiene que el exdirigente sindical no está en condiciones de someterse a un juicio porque, como indican varios informes médicos, sufre un deterioro cognitivo que le hace imposible declarar. Recrimina, por ello, que algunos de quienes fueran sus compañeros e incluso amigos le acusen ahora de fingir una enfermedad mental para eludir el juicio puesto que, recuerda, «muchos de los que ahora dicen que es todo mentira ya me dijeron a mí en 2013, cuando tuvo lugar la marcha minera: 'este paisano está loco'». «Ojalá fuera mentira y no estuviera enfermo porque un trastorno como éste lo sufren los enfermos, pero también la familia», lamenta.

Examen forense

Iglesias considera, en este sentido, que fue suficientemente concluyente el examen forense solicitado el pasado mes de enero por la titular del juzgado ovetense para determinar el estado de salud del exsindicalista que indicaba que presenta un «deterioro cognitivo» con «cuadro de tipo depresivo, junto a falta de crítica, déficit en la memoria y concentración» que «le haría incapaz de ser oído en declaración». No obstante, asegura no tener ningún inconveniente en que se someta a su marido a un nuevo examen por parte de un neurólogo, como acaba de autorizar la Audiencia Provincial después de que la abogada que defiende los intereses de Villa recurriera la decisión de la titular del juzgado de aceptar esta prueba, solicitada por la acusación. «¿Qué más pruebas le quieren hacer? ¿O es que tiene el neurólogo una varita mágica para curarle?», se pregunta.

Iglesias no entiende las dudas que se han generado en relación a la enfermedad de su marido, y que suponen un freno importante para el desarrollo de la instrucción del caso, puesto que existen versiones contradictorias sobre el alcance de su demencia. Duda, de hecho, de la veracidad de los testimonios de los miembros del sindicato que aseguran que Villa les telefoneó para recriminarles de forma totalmente lúcida que le hubieran denunciado. «No lo creo. Estando yo en casa, desde luego, no, no tiene ya ningún teléfono».

Se queja también de la falta de apoyo que su marido ha encontrado entre dirigentes del PSOE y del SOMA que, durante años, se vanagloriaban de ser sus amigos e incluso «como sus propios hijos». «Les ayudó mucho y ahora ninguno levantó el teléfono para preguntarle, al menos, cómo se encontraba», reprocha la mujer, que habla con mucho dolor pero también con rabia. «Que le hubieran denunciado cuando se podía defender y decir lo que hacían los demás», espeta.