El día en que Asturias fue Cataluña

Fernando Campoamor, Carlos Barbero y Mario Seisdedos./MARÍA ACEBAL
Fernando Campoamor, Carlos Barbero y Mario Seisdedos. / MARÍA ACEBAL

Una ovetense relata cómo vivió la manifestación a la que acudió con sus amigas | «Pensamos que si los que nos sentimos españoles no defendemos lo que consideramos nuestro, ¿quién va a hacerlo?»

MARÍA ACEBALBarcelona

El tema de esta semana, y el de la pasada; el de ayer y el de hoy. La independencia o no independencia de Cataluña nos ha tocado a todos. Y la manifestación por la unidad de España en Barcelona era la oportunidad que tantos españoles de tantas comunidades autónomas estábamos esperando para acudir allí. Para hacer ver a los catalanes no independentistas que no están solos, que la mayoría silenciosa crece, y de todas partes de España. En nuestro caso, el de nuestro grupo, desde Asturias, Madrid, Galicia y Andalucía. La cuestión catalana se había convertido en algo que nos incumbía a todos. A los catalanes, pero también a los de otras regiones. A nosotras, en concreto, en Pamplona, donde estudiamos. Si aquellos que nos sentimos españoles no defendemos lo que consideramos nuestro, aquello que nos une, ¿quién va a hacerlo? Y allá fuimos, al corazón del problema, pero también de la solución. Tras conducir toda la tarde del sábado, nada más llegar cenamos por el puerto tras un paseo por Las Ramblas, como buenas turistas. En nuestro caso tuvimos la suerte de encontrar cobijo en la casa de unas amigas catalanas. Un verdadero campamento ilegal.

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Al día siguiente, el sol que aparece de vez en cuando por Asturias nos sorprendió la mañana de la manifestación, y es que todo estaba preparado para el gran día. Los metros desbordados auguraban lo que nos temíamos y deseábamos: miles y miles de personas acudían, bandera en mano, a manifestarse por España. Los catalanes estaban sorprendidos de ver tal cantidad de enseñas españolas ondeando. Lo que estaba teniendo lugar «no es normal», nos decían unos barceloneses, «estamos emocionados».

Hacía mucho calor y la manifestación apenas avanzaba. Había realmente un gran tapón humano. «Pero qué alegría» –expresaban los catalanes que estaban a nuestro lado–, «esto significa que somos muchos». Y fueron aún muchos más. Los mismos colores que en otras manifestaciones inundaban las calles de Barcelona, el rojo y el amarillo. Pero esta vez era distinto, y todos lo sabían. Los catalanes y los de fuera de Cataluña, los independentistas y los no independentistas. Por fin salían a la calle esas banderas, tanto tiempo escondidas en el interior de las casas, en el interior de las personas. Salían a ver la luz, a ser ondeadas por sus calles, las barcelonesas. Y es que todas ellas sintieron la llamada de la patria, la llamada de algo que es propio, pero también de todos. Banderas españolas y catalanas que teñían el cielo de rojo y amarillo, vítores y mucha gente. Nos llamaba la atención que no hubiese banderas autonómicas, ya que todo nuestro grupo buscábamos la propia, la de nuestra región como muestra de que en nuestra tierra apoyan la causa catalana. Pero solo conseguimos vislumbrar una: la asturiana. Realmente es inconfundible. «Asturias es España...» recordaba como ovetense a mis amigas. Lo que vivimos en la manifestación –tanto los que nos desplazamos hasta allí como para los que estaban en casa– fue mucha emoción y alegría. Desde el mundial de 2010 cuentan los catalanes que no vivían algo semejante, y lo han aprovechado como mejor saben: demostrando que están orgullosos de ser españoles, y orgullosos de ser catalanes. El sentir era que para los que defienden la unidad esto es una realidad, su realidad, no la incoherencia que los líderes independentistas quieren hacer entender.

La gente se agolpaba, pero no importaba. Después de tantos años sin lanzarse a hablar, esta esperada libertad de expresión provocaba que no se desperdiciase ningún minuto, ni un espacio. Todos querían expresarse: «Somos españoles, no fachas». Breve y conciso. Bien claro. Y el «luego diréis que somos cinco o seis» se repetía sin cesar, ya que todos eran la viva imagen de que también se puede hacer ruido pese, en teoría, del color independentista de la ciudad. Acabaron con el tópico las miles de personas que salieron a la calle. Quería demostrar su cansancio hacia unos líderes que solo gobiernan para un sector de la población, sus ganas de decir lo que piensan y su determinación sobre lo que son y lo que sienten: su españolidad. Porque son catalanes y españoles, y como bien lo expresaban en una pancarta: «Units, molen més». La estelada no les representa, ya que «solo genera odio y agresividad».

Ayer todos demostraron que no se necesita violencia para expresarse, para hacerse oír; que las calles no son de los independentistas, sino que son de todos. «No nos engañen, Cataluña es España», gritaban. Con la firme seguridad de que los nacionalismos dividen, según se veía en algunas pancartas, gritaban bien alto: «Visca Espanya, Visca Catalunya». Y lo hacían todos: los mayores y los jóvenes, los catalanes y los de fuera. E incluso alguna bandera italiana y francesa. Todos fueron a decir que «los españoles, unidos, jamás serán vendidos». Todos haciendo el mismo camino, todos hacia el punto en el que se expondría el manifiesto, de la mano del literato Vargas Llosa. Con atajos o sin ellos, más rápido o más despacio, pero todos hacia el mismo lugar. Los asturianos con los catalanes, y tantos otros. Todos españoles. Y es que juntos, se puede.

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