El discurso de despedida de Javier Fernández

Así dijo adiós a la secretaría general de la FSA

«Seré breve. Este es mi último discurso en el partido. Y no quiero hacer un discurso de gestión, eso lo debatiremos luego. Tampoco quiero hacer un discurso sobre el futuro, sobre cómo vamos a imaginarlo, a adelantarlo, a anticiparlo o a configurarlo. Porque pensar cómo vamos a ocupar ese futuro con la esperanza, cómo vamos a ser capaces de llenarlo de porvenir, esa es una tarea que ya no me corresponde hacer a mí. Al contrario. Lo que hoy bulle, lo que pasa una y mil veces en mi cabeza y lo que se filtra en las vueltas y revueltas de mi pensamiento no es el futuro, sino el pasado. Es el pasado el que me pide dar audiencia a los recuerdos y el explorar por un momento en los rincones de la memoria. No para hacer una cronología de hechos ni sacar grandes conclusiones, tampoco desde luego para dar lecciones, ni siquiera consejos. Si tuviera que dar un consejo diría que aunque vayas muy sobrado por la vida, cuando navegas por los mares de la política tienes que saber que siempre hay un iceberg que está ahí silencioso e invisible, esperándote en alguna parte.

Pero lo que quiero es que entendáis que hoy, inevitable y atropelladamente, lo que pasa por mi cabeza es el pasado, las cosas que hice bien y las que hice mal desde aquel congreso tan lejano en el que definitivamente la política entró al galope en mi vida porque las circunstancias me colocaron en una posición de liderazgo en un momento muy crítico para el partido.

Y es ahí donde empezó mi peregrinación ya como dirigente territorial en el seno del socialismo español. Y en sus logros y en sus fracasos, y en sus aciertos y en sus errores me perdí y me encontré muchas veces. Y en cada pérdida y en cada reencuentro aprendí cosas, aprendí cosas sobre la política, sobre el partido, sobre la vida y sobre mí mismo.

De la política aprendí muy rápido que en ella no se elige nunca entre el bien y el mal, sino entre lo preferible y lo detestable. Y que para hacer política, nosotros los socialistas tenemos que empezar por la esperanza, porque estamos aquí para repartir, para distribuir justamente la esperanza. Pero sabiendo que ella ya es enemiga de los utopismos y de las certezas irrebatibles. De las verdades sacras, e incluso de las que son laicas, Y de lo irracional y de la magia como solución. Y que la realidad se hace cada vez más resistente a medida que negocias con ella y por eso debemos tener cuidado que las esperanzas que demos hoy no se conviertan en las decepciones de mañana. Aprendí eso. Y también que el eje fundamental de la política sigue siendo izquierda y derecha. Hay izquierda y hay derecha. Pero no se puede ser de izquierdas o de derechas igual que se era católico o protestante en las guerras de religión del siglo XVI.

Y otras cosas que ya sabía se me ratificaron. Sabía que no se podía tener miedo. Que cuando participas en política tienes que estar dispuesto a ganar, a tener éxito, pero también a perder, a fracasar. A mí me han pasado las dos cosas y nunca he tenido miedo ni a lo uno ni a lo otro. Y no lo he tenido, en primer lugar porque siempre supe que mi carrera política podía terminar en cualquier momento. Así que nunca olvidé que había tenido una vida antes y que tenía que estar preparado para tener otra vida también después. Pero sobre todo, y los que me conocen de verdad lo saben, porque lo que me estimulaba y lo que me movía, y lo que me estimula y me mueve todavía no es el poder, llegar a él, quedarse en él u ocuparlo lo más rápidamente posible, para bien o para mal, que no estoy seguro. Nunca he tenido ese instinto, esa atracción casi física por el poder, esa pasión por mandar que a veces hace muy difícil comprender

Compañeros y compañeras. Lo que en 17 años un secretario general aprende de su partido no está escrito en ningún libro. Aprendes que el partido es mucho más que un lugar donde se reúnen unos desconocidos para defender aquello que comparten y luchar juntos por una causa común. También que es muchísimo más que un club de debate ideológico, que una asociación para la reforma del orden existente. Te das cuenta de que está aquí en la entraña misma de la política: que elige líderes, que crea equipos, que diseña programas, que compite en elecciones, forma gobiernos y además coloca como valor central por encima de cualquier otro la lealtad.

Y que un secretario general vive de una manera distinta algunas cosas. Es muy difícil vivir como tú la fascinación que se siente cuando el viento de la política sopla a favor, porque te reconoces en los militantes y piensas que la gente como ellos son las personas por las que querías ser político.

Nadie sabe hasta qué punto tu moral, tu ánimo y tu moral, dependen de ellos, de que decidan sacrificar un día de playa para escucharte. Pero también nadie vive como tú la desazón que producen los movimientos de fronda y ese ambiente hostil que a veces recorre el partido como una corriente eléctrica que despierta a su paso rencores olvidados, casi perdidos. Es entonces cuando se forman los grupos, los bandos, las facciones, cada uno con sus comisarios, con sus almuédanos. Y que damos ese espectáculo tan duro, tan áspero, tan enconado y dejamos de saber llamarnos, dejamos de saber decir nosotros. Os aseguro que un secretario general percibe esas divisiones mejor que nadie y el anhelo, la voluntad, la pulsión que siempre hay detrás de ellas de unidad, de dejar todos los adjetivos y volver a llamarnos con la palabra que nos nombra, sólo con esa: socialistas. Es la palabra que nos nombra y que dice lo que somos, lo hemos sido, lo que nos han hecho, lo que hemos hecho y lo que queremos hacer.

Ser secretario general despertó en mí fibras que creía dormidas y sensaciones, sentimientos, emociones que forman parte del misterio de la política. En parte porque yo siempre había hablado exclusivamente por mí mismo y solo me había responsabilizado únicamente de mí y de mi familia. Y ahora tenía que hablar en nombre de otros y responsabilizarme ante ellos. Pero sobre todo porque siempre supe que el partido que tenía que dirigir era más que eso, más que una organización, era una historia, una tradición, una cultura que estaba aquí incrustada en la memoria. Que nuestro pasado era un poderoso instrumento simbólico que teníamos que utilizar para mantener una marca que está destinada a competir más allá de mí y más allá de vosotros. Que pensaba que el partido no era algo que aparecía y desaparecía sino que tenía un anclaje estructural porque su origen está ahí mismo en el corazón del movimiento obrero, porque su evolución es paralela a la de la historia de España, porque su lucha ha sido siempre la de la libertad porque su objetivo es concretar las promesas modernas, porque su patrimonio es el estado de bienestar y su futuro es definir ya y concretar la integración europea.

Así que y termino ya, compañeros y compañeras, el tiempo es como el viento. Empuja y genera cambios. Y yo siempre supe que esos cambios llegaban. Imaginaos que cuando llegáis al término de una de esas grandes playas que vais recorriendo, o finalizas una tertulia en la que estás compartiendo€ no se pueden experimentar esos finales sin tener una cierta congoja. Ahora tampoco se puede decir que no tenga esa congoja. Lo que no quiero tener por todo lo que ha pasado en este último año es amargura. Porque entonces además no sería leal con mis recuerdos, y quiero ser leal con mis recuerdos, y deciros que he tenido mucha suerte en mi vida política. Que ha sido un honor liderar el partido, gestionar un equipo, dirigir un grupo parlamentario. Que hay Gente que eran para mi auténticos desconocidos y ahora algunos de ellos son mis amigos..

No nombraré a ninguno salvo secretario general que me precedió: Luis Martínez Noval. Para él mi cariño y mi recuerdo. Para ti Adrián (Barbón), mi respeto. Y al PSOE decirle que no me debe nada. Yo se lo debo todo. Que soy para el PSOE un abrumado deudor y hoy quiero que mis últimas palabras sean para él, para mi partido, para sus militantes, para sus dirigentes, para todos vosotros. Muchas gracias, compañeros y compañeras».

Fotos

Vídeos