La división de la izquierda y la pugna en el PSOE amenazan al Gobierno

El presidente del Principado, Javier Fernández, el pasado viernes, en un momento del pleno de la Junta General. / MARIO ROJAS

La oferta de diálogo a Podemos e IU responde a un intento del Ejecutivo de recuperar la iniciativa, pero la oposición no está por la labor de dar oxígeno a los socialistas

ANDRÉS SUÁREZ OVIEDO.

Dos palabras podrían servir para resumir con precisión la primera parte de la legislatura. Una es 'ruido'. La otra, 'división'. En el Parlamento más fragmentado de la historia de la democracia en Asturias ha abundado la bronca y la descalificación y han escaseado los acuerdos. Las interpretaciones sobre en quién recae la responsabilidad de la situación son variadas, pero los hechos hablan por sí solos, con una producción legislativa modesta y un acontecimiento relevante, la aprobación de los presupuestos de 2017, fruto de un pacto infrecuente -aunque tampoco es el primero- entre PSOE y PP. Pero el pasado, pasado es, y ahora las miradas se vuelven hacia los dos años que restan hasta la próxima convocatoria electoral, en la primavera de 2019. El problema es que los signos que llegan no son esperanzadores. La pugna interna en las filas socialistas, con un congreso en el otoño, y el enfrentamiento de la izquierda asturiana sitúan en una posición de debilidad al Gobierno regional y singularmente a su presidente, Javier Fernández. Y, con una nueva cita con las urnas ya en el horizonte, la oposición huele sangre. En general, pero sobre todo en las filas del PP y de Podemos.

La posición de Fernández y por extensión de su gabinete no es cómoda. Todo lo contrario. Nadie, tampoco en el PSOE, esconde que la convulsión interna de los últimos meses, su papel al frente de la gestora y el hecho de que, pese a la neutralidad a que le obligaba el cargo, el grueso de la estructura de la Federación Socialista Asturiana se volcase en apoyo de Susana Díaz, le ha pasado factura. Aunque fuera de la carrera por seguir liderando el partido en la región tras el congreso de septiembre, Fernández ha garantizado que cumplirá los dos años que le restan de mandato como presidente. Un compromiso que supone estabilidad institucional pero que, estando el patio como está, hace que la oposición se frote las manos y afile el colmillo, convencidos como están sus dirigentes de que la marejada socialista continuará y eso jugará en su favor y reforzará sus expectativas electorales.

La clave interna, el devenir del PSOE en las próximas semanas, es muy relevante. A priori no es descartable -de hecho, a estas alturas es la hipótesis más factible- que Fernández tenga que convivir con un secretario general de la FSA de otra sensibilidad política, afín a Pedro Sánchez. De cómo transcurra esa posible cohabitación dependerá en buena medida la estabilidad del Ejecutivo regional. Desde el entorno 'sanchista' se ha lanzado el mensaje de que el presidente tendría todo el apoyo del partido. Pero es sintomático que Fernández haya reclamado, en público y en privado, respaldo del próximo secretario general, y que en el último comité autonómico deslizara que «tampoco soy el santo Job». Una reflexión que muchos leyeron como una advertencia al futuro líder de la federación de que no tense demasiado la cuerda.

La oposición afila el colmillo ante la hipótesis de un líder de la FSA y un presidente no afinesEl PP aprovecha la ocasión para proyectar una imagen de seriedad y 'sentido de Estado'

A priori el escenario es adverso para el Gobierno, pase lo que pase en el congreso regional de septiembre y sea quien sea quien a partir de entonces ocupe el sillón de mando en la FSA. La vida en la Junta General sigue marcada por la fragmentación y las aspiraciones del Gobierno de articular una mayoría de izquierdas chocan con la dureza de la realidad parlamentaria. El Ejecutivo ha trasladado a Podemos e IU una oferta de diálogo en ámbitos de especial relevancia para Asturias -los presupuestos, la fiscalidad, la demografía, la regeneración democrática, la situación política en Gijón...- que ha sido recibida por ambos grupos con una mezcla de recelo y desconfianza. Es un intento de Fernández de recuperar la iniciativa con una doble intención. Primero, tratar de sacar adelante los principales ejes de su proyecto político. Y segundo, forzar a Podemos e IU a justificar su negativa en caso de que se opongan a colaborar. Esto es, obligarlos a 'retratarse'.

Punto y aparte

La cuestión es que ni Podemos ni IU están muy por la labor de dejarse cortejar por el Gobierno. En el caso de la coalición, que facilitó la investidura de Javier Fernández, el acuerdo presupuestario de PSOE y PP, que trae como añadido la rebaja del impuesto de Sucesiones que se aprobó el viernes en la Cámara, ha supuesto un punto y aparte en la legislatura. Los socialistas, dijo Gaspar Llamazares en una reciente intervención parlamentaria, «han pasado el Rubicón de la renuncia al cambio político en Asturias». Así que la coalición ha decidido cambiar de estrategia, situarse en la oposición y adoptar una postura más exigente y contundente con el Ejecutivo. La frialdad de la respuesta al emplazamiento negociador socialista es buena prueba de ello.

Y qué decir de Podemos. La formación morada y el PSOE han sido como el agua y el aceite en estos dos años y los de Emilio León, deseosos de ocupar el espacio que puedan ir dejando los socialistas, apuntan a una política de continuidad de esa estrategia, al menos en el corto plazo. No en vano coquetean con la posibilidad de presentar a la vuelta del verano una moción de censura cuyo éxito parece improbable a estas alturas, pero cuya sola mención contribuye a agitar todavía más el gallinero político asturiano.

Habrá que ver, eso sí, cómo evoluciona el diálogo que en el ámbito nacional ha abierto el nuevo PSOE de Pedro Sánchez con la formación morada que pilota Pablo Iglesias, hasta qué punto esos contactos fructifican y qué impacto puede tener la situación estatal en el panorama regional. Son muchas las incógnitas abiertas, aunque parece improbable que Podemos esté por la labor de dar oxígeno a un Gobierno en precario con el que no tiene sintonía.

Lo que no parece tener muchos visos de realidad es un nuevo entendimiento con el PP, aunque su presidenta, Mercedes Fernández, deslizase esta semana su disposición a volver a sentarse a la mesa de negociación con el PSOE para reeditar en 2018 el acuerdo presupuestario vigente este año. Un posicionamiento que tanto en medios parlamentarios como en el propio Ejecutivo se enmarca en un intento de los populares de intentar aprovechar la quiebra de la izquierda para meter baza y presentarse como opción seria y responsable de gobierno. En el fondo, ni en el propio PP ni tampoco en el PSOE -que no tiene margen para nuevas cesiones fiscales a la derecha y que bien podría contar con un 'sanchista' a los mandos de la organización en otoño, con lo que eso implica de orientación a la izquierda de su política- se da crédito a la reedición del acuerdo entre los dos grandes partidos asturianos.

Problema de relato

Para el PSOE y el Gobierno el problema del escenario que viene es más de relato político que de gestión. El presupuesto aprobado para este año encarrila la legislatura en términos económicos. La probable prórroga de 2018 sería un obstáculo pero no un drama y en primavera de 2019 hay elecciones. Los inconvenientes vienen por otro lado. Al desgaste del desacuerdo acumulado en estos años habrá que sumar el que pueda venir si en el Parlamento regional se sigue en la misma dinámica de bloqueo de los proyectos legislativos y de casi cualquier iniciativa que el Ejecutivo traslade a la Cámara. O mucho cambian las cosas, o los dos años que vienen van a dar mucho juego parlamentario.

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