Gerona disimula su fervor independentista

Estelada reflejada sobre el río Oñar, en Gerona./Susanna Sáez
Estelada reflejada sobre el río Oñar, en Gerona. / Susanna Sáez

La única capital de provincia gobernada por los secesionistas evita las grandes escenificaciones a favor del sí

Ander Azpiroz
ANDER AZPIROZGerona

Si hay una ciudad de Cataluña donde el independentismo ha calado más hondo esta es Gerona. Es la única capital de provincia gobernada por las fuerzas secesionistas, que se han visto relegadas a la tarea de la oposición en Tarragona y Lérida (PSC) y Barcelona (En Comú). De las cuatro, es, además, la más pequeña, apenas 100.000 habitantes frente a los 131.000 de Tarragona o los 138.000 de Lérida. Pero, no obstante, se ha convertido en el símbolo del soberanismo, a pesar de ser en comparación un feudo menor.

En las elecciones municipales de 2015 las fuerzas independentistas –CiU, Esquerra y la CUP– fueron las tres más votadas en Gerona al acaparar un 62% de los sufragios, un resultado que dio la alcaldía a Carles Puigdemont, quien pocos meses después renunció al bastón municipal para hacerse cargo de la Presidencia de la Generalitat una vez se consumó la defenestración de Artur Mas a manos de la CUP. En las autonómicas, el asunto discurrió por los mismos derroteros. El cantautor Lluís Llach, cabeza de lista de Junts pel Sí en la provincia, arrasó con un 56% de los votos, a lo que se sumó otro 8,6% de la los anticapitalistas de la CUP.

Con estos datos en la mano, cabría esperar que la ciudad catalana se volcaría en la campaña del referéndum unilateral. Sin embargo, el ambiente es frío, quizá a causa de la ausencia de incertidumbre. Y es que si la victoria del sí ya se da por descontada ante la decisión de los constitucionalistas de no acudir a votar, aquí lo es aún más. Una muestra de que no ha habido necesidad de hacer campaña está en que en los balcones las esteladas cuelgan en franca minoría en comparación a otros puntos calientes del secesionismo, como puede ser el barrio barcelonés de Gràcia. Aparte de las escasas enseñas independentistas, algo más presentes en torno al casco histórico, el único rastro de la campaña a favor del sí es la cartelería oficial.

Pero la apatía con la que los gerundenses parecen afrontar el 1-O salta por los aíres en cuanto se escapa una chispa. Ocurrió, por ejemplo, la noche del viernes, cuando los ocupantes del colegio público Eiximenis proclamaron a gritos un «votarem» (votaremos). Instantes después, los balcones aledaños al centro educativo, muchos de ellos sin esteladas, se abarrotaron de gente. En un segundo, una enorme cacerolada improvisada y gritos a favor de la independencia inundaron una de las calles más céntricas de la ciudad catalana, llamada, casualidades de la vida, de la Constitución.

La noche también infunde coraje a los jóvenes gerundenses, una cantera de la que se nutre el independentismo y que supone uno de sus mayores valores de cara, si no al presente, sí al futuro. Sea por el alcohol o por la fidelidad a la futura república que anhelan, los gritos de «Catalunya lliure» (Cataluña libre) se propagan como un reguero de pólvora a las puertas de pubs y discotecas gerundenses.

Mientras unos proclaman sus deseos en público, otros optan por el silencio. Son aquellos que no irán a votar este domingo porque opinan que la consulta es un acto ilegal y desean que Cataluña, a la que consideran tan suya como del mayor de los independentistas, se mantenga donde está. Los partidarios de la permanencia son más complicados de encontrar, no porque sean menos en Gerona –un significativo 38% de la población, según los resultados electorales –, sino porque prefieren callar. Es el caso de un joven conserje de un hotel de la ciudad, quien en privado lamenta que «una parte de los catalanes quiera decidir por su cuenta y riesgo en nombre de la otra». «Eso sí que no es democrático», denuncia.

Convivencia

En cualquier caso, hasta cuando el independentismo pone sobre la mesa que esta ciudad es suya, la convivencia prima estos días sobre las diferencias políticas. Pese a la amenaza de lluvia, a la hora del aperitivo del sábado padres y niños, algunos aún con chupete, juegan en el patio del colegio ocupado de Eiximenis, mientras que casi en frente algunos catalanes constitucionalistas disfrutan de una cerveza o un refresco en una terraza instalada al pie de la iglesia de Santa Susana de Mercadal, levantada entre los siglos XIV y XV, aún antes de que el matrimonio entre los Reyes Católicos diera lugar a España. A unos y otros les separan pocos metros, pero a pesar de lo nublado del ambiente no se cruzan reproches. «Aquí nadie tiene cuernos y rabo», afirma un viandante que rechaza revelar si acudirá a votar.

La cordialidad en Gerona también se extiende a las fuerzas de seguridad. El debate en las inmediaciones de la Subdelegación del Gobierno entre una pareja de guardias civiles y otra de Mossos no gira en torno al referéndum o el papel que jugará cada uno de sus cuerpos de seguridad este domingo, sino sobre quien lleva más tiempo sin librar.

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