El Comercio

Premios Princesa

El Rey elogia la «lealtad, coraje y nobleza» de Asturias como referente para España

fotogalería

Los premiados, al fondo de la foto, y las autoridades, jurados y algunos galardonados de otros años en primer término, atienden atentamente el discurso del Rey. / FOTOS MARIO ROJAS

  • Sostenida sobre un elocuente homenaje al conocimiento, la velada se alimentó de recados sutiles, puntiagudos y, sobre todo, bellos

  • Los Reyes presiden una ceremonia emocionante, aplaudida en incontables ocasiones, en la que todos los premiados, sin excepción, lograron la ovación del público que abarrotó el teatro

Emocionante. Así fue la ceremonia del Campoamor. Se pueden buscar otras palabras, de las muchas que sonaron anoche, rescatadas algunas de grandes hombres, desde Shakespeare a Ortega, pasando por Machado, Unamuno y hasta Lorca y Henry James o el poeta del XVI John Donne, al que se resucitó para poner en su boca una verdad infinita: que «ningún hombre es una isla». Pero no hay otro vocablo que defina mejor la sensación que dejó en el teatro la oda a la esperanza sostenida en un elocuente homenaje a la cultura. Eso fue y así quedará enmarcada para siempre la velada de los 36 Premios Princesa de Asturias. Una esperanza real, palpable, posible en un tiempo, como dijo el Rey, en el que «los sueños», como el de Hugh Herr (Premio de Investigación Científica y Técnica), «se hacen posible». Un tiempo, en fin, en el que, como también dijo don Felipe, «lo que era impensable ahora es imparable». Un tiempo en el que la poética de la existencia de Ortega y Gasset, a la que volvió Richard Ford (Premio de las Letras), convierte la tarea de vivir en una lucha de la imaginación para que la alegría nos gobierne y evitar su «mengua veloz en el mundo». Cada voz de las muchas que sonaron ayer en el Campoamor quedó enganchada a las posibilidades de un futuro mejor y el destino óptimo a la necesidad del saber. A las ideas, que, según el Rey, «irradian siempre la luz de la esperanza» y, por ende, «nuestra confianza en la civilización y el ser humano».

  • Lea el discurso íntegro del Rey

  • La Reina doña Letizia vuelve a acaparar todas las miradas

  • La alfombra azul de los Premios Princesa de Asturias

  • Ceremonia de entrega de los Premios Princesa de Asturias

  • Ambiente a la entrada del Teatro Campoamor

  • Ambiente a la entrada del Teatro Campoamor (2)

  • Protestas a la entrada de los Premios Princesa de Asturias

  • Núria Espert: «El teatro consiguió que no pudiera ser yo misma más que en el escenario»

  • Richard Ford: «Es posible aunar la desdicha con la felicidad mediante actos de imaginación»

  • Mary Beard: «No ser capaz de pensar de forma histórica hace que seamos todos ciudadanos empobrecidos»

  • Inciarte: «Queremos que nuestro quehacer sirva para dar una nueva ilusión a nuestra sociedad»

  • Patricia Espinosa: «El Acuerdo de París es en efecto nuestro regalo de espereza»

  • Abucheos y aplausos a los Reyes a su llegada al Teatro Campoamor

Esperanza y conocimiento. Su búsqueda, su «necesidad». Implicarse en ella, hacerla nuestra. Ese fue el principal de los muchos mensajes que quedaron enganchados a la velada. Pero hubo otros entre los que dejaron su voz. Recados, todos, sutiles, profundos, puntiagudos y, de una manera extraordinaria, bellos. El de Ford fue «impresionante». Así lo calificaban a la salida algunos de los que se dejaron seducir por su discurso. Divertido, sensato y rotundo. Ford, feliz hasta el extremo con su premio, que, por cierto, casi olvida en la butaca del escenario, rogó por que buscáramos en la creatividad, «como hizo Cervantes», un camino para la felicidad, pero no se olvidó de recorrer los lugares y las causas que nos la desdibujan cada día.

Aceptar al prójimo

También se encargó el escritor estadounidense de redefinir la política. El único que dejó caer el término y su sombra en la platea. Pero no quería hablar el autor de 'Canadá' de Gobierno, sino de lo que tiene que ver con «nuestra capacidad de aceptar al prójimo».

Del 'otro' también habló, con una metáfora que no pudo ser más teatral, Núria Espert (Artes), quien llevó a Lorca al atril, precisamente para ser otra. Fue anoche doña Rosita la Soltera. Y lo fue tan de verdad que hizo saltar las lágrimas a más de uno. Reclamó así la actriz la empatía necesaria para ese boceto del nuevo mundo. Y para despedirse -en un catalán que fue aplaudido, como el del Rey cuando la felicitó por el galardón-, más miradas al que tenemos enfrente o al otro lado de la frontera. Para hacerlo encontró en el 'Rey Lear' las «palabras cuerdas antes de elegir la locura como única posibilidad de soportar el dolor». Le sirvió Shakespeare, al que también citó don Felipe -en su caso buscando a Hamlet- para hablar de «los desamparados».

Los más débiles, los que sufren, no faltaron en esta ceremonia de la esperanza, en la que no se cerró los ojos ante lo que nunca miramos. El saber, como dijo Mary Beard (Ciencias Sociales), «nos enseña acerca de nosotros mismos». Saber de hoy y de ayer, pero también de mañana. «Cada hombre es un fragmento del continente», escribió Donne, y ayer la catedrática británica lo recordó para hacer un chascarrillo con fondo 'Brexit': «Me temo que mis compatriotas olvidan ese mensaje». Logró Beard con ese pequeño guiño a esta Europa que sí quiere estar en la Unión, una de las varias risas colectivas de la platea. Ford también arrancó alguna, como cuando intentó hablar en español y dejó de hacerlo «para dejar de hacer el ridículo». También cuando advirtió que quería ser humilde, pero no podía al saberse hablando por el mismo micrófono que lo hizo un día Woody Allen.

Los que vengan en años sucesivos dirán lo mismo de él. Como de la silla en la que sentó su imponente presencia Hugh Herr (Investigación Científica y Técnica). En realidad, tras todas las referencias a la esperanza parecía latir su corazón «valiente». Así lo calificó don Felipe, que le puso como ejemplo de ilusión y optimismo en lo que está por venir. Como materialización absoluta de la nueva perspectiva que nos espera si atendemos a la «afirmación cívica de la cultura frente a la ignorancia».

Pero no solo subrayó el Rey su compromiso con la investigación y la tecnología, sino también con la capacidad creativa, como «una poderosa luz que ilumina circunstancias y vida». De nuevo el dominio de la mente, en todas sus capacidades, para sacar adelante el mundo.

Quedaba todavía por llegar el tributo a la unión, al trabajo en equipo. Al esfuerzo colectivo. La música compuesta a principios del siglo XVII, por el británico John Adson, que acompaña cada año el paso ceremonioso (divertido y casi aniñado en el caso de Mary Beard), estaba ya lejos, cuando, por fin, esa palabra que se espera siempre en el discurso del rey, salió al escenario. Pero no fue para hablar de una España sin fisuras, de hecho la España que mentó don Felipe fue la «de brazos abiertos», de Unamuno. «Alejada de pesimismo, del desencanto o del desaliento». La unión de la que se habló ayer no reclamaba políticas, ni geografías pequeñas, sino un universo completo, aunque se escuchó como una metáfora de otros lindes. Una metáfora que pronunciaba el Rey al agradecer la lucha contra el cambio climático (Premio de Cooperación Internacional). «La solución solo puede llegar si la afrontamos unidos», pues no solo «somos víctimas», dijo, «sino también responsables. Causantes del daño».

Hacha para el mar congelado

Minutos antes, Patricia Espinosa, secretaria ejecutiva de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (cargo que ostentaba Christiana Figueres durante el logro del Pacto de París, y que ayer se sentó a su lado en el Campoamor), hacía idéntica reflexión. «En nuestras manos están las herramientas para trabajar juntos y crear no solo un futuro sino un presente seguro y sostenible para nuestros hijos». También para quienes fotografía James Nachtwey (Comunicación y Humanidades) con su mirada «profunda, solidaria, comprometida y crudamente real». La cámara de Nachtwey se ha convertido, dijo el Rey, citando a Ford, «en un hacha para el mar congelado que está dentro de nosotros».

Ayer ese mar estaba tranquilo, casi cálido. Y con ese calor se respondió también a las bellas palabras que Su Majestad dedicó al atleta Javier Gómez Noya (Deportes) y a los que sostienen Aldeas Infantiles (Concordia). A María José González, una madre educadora, y a Raquel López, que fue niña en uno de sus hogares y que ayer recogió orgullosa el premio de la mano de Pedro Puig, presidente en España, y de Siddhartha Kaul, máximo responsable en el mundo. Sus sonrisas cuando la nueva presentadora de la ceremonia, Alicia Menéndez, recorrió los motivos del galardón, no podían ser más elocuentes. En realidad, anoche, la sonrisa era general. Entre los premiados y en las butacas. En el rostro de doña Sofía, ayer más evidente que nunca. En el de la reina Letizia, que llegó a emocionarse, como todos. Pero también en cada aplauso, que fueron muchos. Diez veces sonaron durante el discurso de don Felipe. Incontables las que se reconoció con ovación el legado de los premiados. Tras una semana mostrándose, contando sus secretos de creación o sus esfuerzos ante la adversidad propia y la del mundo, se habían hecho ya viejos conocidos. Tanto que ayer la simpatía del teatro no tuvo elegidos. Todos lo fueron.