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Los mensajeros del universo que pregonan una era inédita

  • «Cuando detectamos las ondas fue un momento muy emocionante. Confieso que lloré, y no fui la única», apunta la portavoz de LIGO

¿Qué son las ondas gravitacionales? La respuesta no es sencilla, pero Laura Cadonati lo resume de una forma didáctica: «Son ondulaciones en el espacio-tiempo, predichas por Einstein hace un siglo». En la teoría general de la relatividad de Einstein, «el espacio y el tiempo no son rígidos, pueden ser doblados por grandes masas». Y cuando dos agujeros negros chocan, «cambia la forma en que doblan el espacio-tiempo, y este cambio se propaga como una onda, al igual que las ondas en la superficie de un estanque. A medida que la onda se desplaza, cambia la distancia entre dos puntos y la velocidad de los relojes».

Es precisa una cierta capacidad de abstracción para entender lo que supone confirmar de manera fehaciente el que es uno de los pilares fundamentales de la física moderna. Porque por muy Einstein que fuera había que validar su teoría y se tardó un siglo en hacerlo. «Las ondas gravitacionales que medimos con LIGO fueron producidas por la colisión de pares de agujeros negros ocurridos hace miles de millones de años, justo cuando la vida se estaba formando en la Tierra», explica la la portavoz adjunta de la red de Colaboración Conjunta LIGO. «Las ondas han estado viajando a través del universo y alcanzado el LIGO, cambiando por una cantidad minúscula, una milésima vez el tamaño del núcleo de un átomo, la distancia entre los espejos, que se separan cuatro kilómetros». Esos cuatro kilómetros a los que alude es el recorrido óptico que tiene el observatorio de Livingston.

Llegar hasta ahí no fue fácil. En los ochenta se propuso la construcción del primer LIGO y se comenzó a avanzar en un camino que ha implicado a físicos de medio mundo, pero con centro de operaciones en los dos observatorios de Estados Unidos. En 2002 comenzaron a funcionar los detectores y en 2016 se cantó el eureka. El 11 de febrero se anunció la detección de ondas gravitacionales procedentes de la colisión dos agujeros negros, que se había producido el 14 de septiembre de 2015, cuando la señal procedente de esa fusión de agujeros negros acontentecida a unos 1.300 millones de años luz fue detectada en las instalaciones de Livingston. Siete milisegundos después fue detectada en el otro observatorio, en Hanford. «Cuando las descubrimos por primera vez fue un momento realmente muy emocionante. Confieso que lloré, y creo que no fui la única», afirma Laura Cadonati. Barry Barish lo vivió de una manera similar: «Fue un sentimiento indescriptible, de ver la belleza de la natulareza y valorar nuestra habilidad como humanos para ser capaces de entenderlo».

Lo dicho abre una nueva era. «Las ondas gravitacionales son nuevos mensajeros del universo: al estudiarlos, podemos entender aspectos nuevos sobre algunos de los elementos más misteriosos, como agujeros negros y estrellas de neutrones, y tal vez también lo que sucedió en las primeras fases del universo. Este es realmente el comienzo de una nueva forma de hacer la astronomía».

Ya está abierto el camino: «Ahora debemos hacer más sensibles nuestros instrumentos para poder ver más y más y poder explorar mejor el universo», concluye Barry Barish.

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