Un rinoceronte de regalo para los chavales de Mieres

William Kentridge, con los alumnos con los que reunió en Mieres. / J. M. PARDO
William Kentridge, con los alumnos con los que reunió en Mieres. / J. M. PARDO

A. FUENTE MIERES.

Los chavales -todos de entre 16 y 18 años- estaban en una de las aulas del Instituto de Enseñanza Secundaria Bernaldo de Quirós, en Mieres. Estaba lleno de bocetos, de dibujos y de figuras útiles para las clases de Arte que allí se imparten. Pero la de ayer fue una lección magistral. William Kentridge comenzó a lanzar pequeños trazos, de forma muy rápida, sobre el amplio papel. «Se empieza a definir la forma de un rinoceronte», decía la traductora mientras el artista se explicaba en inglés. Da un paso atrás para coger una nueva perspectiva, «y es entonces cuando te das cuenta de lo mal que está dibujado», dice arrancando las risas de los estudiantes. «El imbécil que lo ha hecho tendría que saber hacerlo mejor; después de cuarenta años de dibujo, esto es un mal intento», bromeó.

Regresa al papel y sigue dando trazos, perfilando un poco más la figura del animal. «Entonces, poco a poco, se empieza una conversación con el dibujo mientras va evolucionando; y ahora podéis decir que está un poco mejor pero tampoco muy bien». En la tercera fase ya deja una nueva obra para la colección del IES, que tiene un enorme fondo artístico en su propio museo.

De hecho, el propio Kentridge, tras visitar el centro, se quedo impresionado por la colección y por los trabajos artísticos realizados por los propios alumnos. «Esas fantásticas animaciones que han hecho los estudiantes son estupendas, hacen que yo quiera hacer un proyecto así con escolares en Johannesburgo. Es además muy divertido». Pudo admirar zoótropos con bandas de carbón, carboncillos para crear dibujos animados y secuencias en movimiento.

Conversaciones

El Premio Princesa de Asturias de las Artes mantuvo, previamente, un encuentro con más de setenta escolares procedentes de una veintena de centros de Secundaria de la región; allí, los jóvenes le hicieron varias preguntas. Y él daba respuestas de cómo el color nunca le hizo sentir cómodo en sus obras, de cómo usa la fuerza de su cuerpo para dibujar o de cómo «fue el fracaso el que me rescató».

Kentridge explicó en un salón de actos lleno que él, a los veinte años, quería ser actor; «a las tres semanas me di cuenta de que nunca llegaría a nada en esa profesión». Fue cuando regresó a un estudio. «Cuando tenía treinta años, un amigo me dijo que tendría que dejar de esperar para saber lo que buscaba de la vida, que nadie iba a acudir a ofrecerme un trabajo. Fue cuando decidí que quería ser artista».

Tras visitar el centro, el artista recorrió el corto espacio que separa el IES del antiguo Pozo Barredo, donde se había instalado una muestra con las obras de los chavales. Bajo el castillete, el artista se hizo una gran foto con los muchos adolescentes que querían estar de cerca de él.

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