«El Estado ha perdido el monopolio de la violencia»

Armstrong, en el desayuno ofrecido en la Biblioteca del Edificio Histórico de la Universidad. / ALEX PIÑA
Armstrong, en el desayuno ofrecido en la Biblioteca del Edificio Histórico de la Universidad. / ALEX PIÑA

DIEGO MEDRANO OVIEDO.

Karen Armstron ofreció ayer un desayuno en la Universidad de Oviedo en el que el primer apunte fueron las soluciones para frenar la barbarie. «El Estado ha perdido el monopolio de la violencia: un coche hoy puede ser un arma, sin planes premeditados tan sofisticados como en el 11-S. El Estado no puede contener la violencia y no es todo religión: no estamos viendo todos los factores. Las religiones antiguamente formaban parte de todas las actividades sociales: eran una forma de vida, primordialmente en el judaísmo. El colonialismo histórico destrozó estas religiones buscando un gobierno secular: en Oriente Medio fue demoledora, quitando el velo a las mujeres o disparando contra manifestantes desarmados. La hermandad musulmana encarcelaba sin juicios. Nosotros en Gran Bretaña apoyamos a muchos de estos gobiernos que, tras los atentados de 'Charlie Hebdo', congregaban a todos por la paz y la libertad, sin darse cuenta que la igualdad no solamente debe ser religiosa».

Preguntada por las cruzadas cristianas, Armstrong lo tiene claro: «La Reconquista empezó mucho antes de las cruzadas. Trabajo ahora en un libro donde el análisis de las Escrituras pretende reflejar cómo fomentaban la violencia. Los preceptos eran muy claros: buscar y matar a los enemigos donde se encuentren. Los musulmanes lo interpretan cuando están bajo ataque. La cruzada es una mezcla siempre, un coctel de religiones e intereses seculares. Eliminar la religión de la guerra es como intentar quitar la ginebra al gin tonic. El Papa emitía un mensaje que siempre era seguido de forma violenta. Las monarquías se convierten en líderes tras las cruzadas. En 1099 se mata, por parte de los musulmanes, a 30.000 personas en dos días y la sangre llega a las rodillas de los caballos. La peste estaba en la ciudad y no pudieron enterrar a los cuerpos. Jerusalén es una ciudad sagrada, con cinco estados pequeños en las ciudades, donde los emires luchan por el territorio. Se tardó 50 años en crear un movimiento yihadista con el asalto sostenido y prolongado de Occidente».

El clima social que más interesa a Armstrong en sus libros es muy específico: el de la exaltación como preámbulo a la política y su fanatismo. Puso el ejemplo de Francia: «Cuando abolieron el catolicismo, lo sustituyeron por la religión propia, con parodias de la eucaristía. La nación es la pura sustitución de Dios. Es admisible matar por tu país y no por Dios. El Estado-nación de fines del XIX, fuera de la etnicidad, idiomas o cultura, busca un perfil nacional. Los esclavos deberían ser exterminados si no obedecían al amo despótico. Todo el mundo quiere hoy naciones y acepta banderas. Y en esa siembra no se quiere al extranjero, al diferente».

De ahí a sus estudios sobre la compasión: «Todas las fes proponen la compasión. El Papa ha escrito mucho sobre la misericordia, que es colocar siempre a uno por encima de otro. Nunca tratar a los demás como a ti te gustaría que te tratasen. El ego encarcela. Confucio habla de su revisión diaria, superar a diario el propio ego. Esto nos llevaría a la justicia social: superado o limpio el ego, ¿cómo han de ser nuestras ciudades? Pues siempre incómodas. Mahoma lo prescribió: ni una sola persona puede ser creyente si sabe que al lado hay alguien pasando hambre. Sentirse incómodos puede ser una oportunidad espiritual, viendo aquello que directamente nos molesta e intentar que deje de hacerlol». Hubo ovaciones.

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