«El nacionalismo es una forma más de religión»

Karen Armstrong, ayer, en el ovetense Hotel de la Reconquista. / ALEX PIÑA
Karen Armstrong, ayer, en el ovetense Hotel de la Reconquista. / ALEX PIÑA
Karen Armstrong - Ciencias Sociales

«Jesús hubiera montado en cólera si hubiese visto todo el poder económico del Vaticano», defiende la especialista en religiones

AZAHARA VILLACORTA OVIEDO.

Karen Armstrong (Worcestershire, Reino Unido, 1944) fue monja antes que estudiosa de las religiones, así que sabe de lo que habla. La Premio Princesa de Ciencias Sociales 2017 -que tiene publicados 25 libros sobre el asunto, defiende las religiones lejos del dogma y advierte de que secularismo nunca podrá imponerse al mundo musulmán desde el exterior- alertó ayer de los peligros de los nacionalismos de todo signo y de la conveniencia de intentar entendernos por el bien de todos. Dueña de una vitalidad envidiable y lejos de la idea primitiva de quienes piensan en la divinidad como «un señor que está allá arriba», ella sostiene que «Dios refleja una capacidad de los humanos de tener experiencias trascendentes, de encontrar sentido a la vida». Algo que unos buscan en la religión y otros, «en el arte, la belleza o el sexo», dice esta mujer que abandonó la Alianza de Civilizaciones de Rodríguez Zapatero «porque se hablaba mucho de diálogo, pero nadie dialogaba».

-Tengo entendido que la experiencia en el convento de los 18 a los 24 años no fue especialmente grata.

-Se me dio mal. Es muy difícil ser monja porque hay que trascenderse a una misma. Hay que ser obediente, callada, rezar bien... Y yo no era capaz de hacer esas cosas, aunque lo intenté con todas mis fuerzas. Pero no era mi lugar. Estaba en un sitio equivocado y también en un año especialmente complicado: el del inicio del Concilio Vaticano II . Encontré el viejo sistema en sus peores facetas.

«La Reconquista, como todas las cruzadas, no fue bonita. Odio decirlo, pero es la Historia»

-¿Cómo era el seno de aquella Iglesia que usted conoció?

-No era nada compasiva. Los religiosos, en general, son capaces de ser bastantes crueles. Y yo soy amable. Esa es una mala religión. Si te convierte en una persona poco amable, entonces es que está fracasando.

-La Iglesia católica se ha visto salpicada por los escándalos de pederastia en los últimos tiempos...

-Parece que es una enfermedad. Y parte del problema es una imposición ridícula del celibato. Que son célibes o se supone que lo son. Es ridículo, porque las Escrituras no dicen nada al respecto y, hasta el siglo XIII, los curas se casaban. No sé por qué no lo eliminan. No hay ninguna base.

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-¿Y ahora? ¿Agnóstica, atea?

-A veces digo que soy convaleciente (Risas). Ahora que estoy envejeciendo, lo que prevalece en mi mente son los cantos gregorianos en Latín, la tremenda belleza de la música.

-¿Veremos a una Papisa?

-No mientras yo viva, que no será mucho más (Ríe). Ellos son célibes y las mujeres no están en su órbita. Admiro mucho al papa Francisco, pero no se le da bien el tema de las mujeres. En fin: no se puede tener todo. Así que va a ser muy difícil de conseguir. Son siglos de patriarcado, aunque también es verdad que el mundo ha cambiado muchísimo.

-¿Qué tiene Francisco que no tenía Ratzinger?

-Me gusta lo que está haciendo el Papa. Por ejemplo, ha salido de ese palacio horrendo. ¡Jesús habría montado en cólera si hubiese visto todo el poder económico del Vaticano! Comprende la importancia del gesto. Porque hay gestos que hablan mucho más que las encíclicas. Es una gran oportunidad para la Iglesia católica. Esto es lo que tendría que haber salido del Concilio Vaticano II.

-Usted vistió hábito. ¿Qué opina de la polémica del velo?

-Para mí, el hábito era mucho menos higiénico, menos cómodo y menos adecuado para la vida. ¡Imagínese ir en el metro de Londres con el rosario y todo lo demás! Pero, a pesar de la incomodidad, la verdad es que era bastante liberador porque, durante esos años, no tuve que pensar en cómo llevaba el pelo ni en llenarme la cara de potingues, como el mercado nos anima a hacer a las occidentales para impulsar la economía. Yo lo que no quiero es que las mujeres lleven algo que no quieran llevar. Pero, cuantas más personas insistan en que lo abandonen, más lo va a ver la mujer como un desafío. Porque también tiene un componente ideológico. En Estados Unidos, por ejemplo, había muchas mujeres que lo llevaban para disociarse del Gobierno de Bush. Con los grandes problemas que nos rodean como el terrorismo, el que la mujer lleve un pañuelo o no en la cabeza no me parece tan importante. Y no hay motivo por el que se tenga que vestir de manera occidental para parecer moderna. Así que, si se quiere eliminar el velo, lo mejor es dejarlo estar.

-Acaba de ser premiada en la tierra de Pelayo y la Reconquista, con la que usted ha sido bastante crítica.

-La Reconquista, como cualquier otra cruzada, no fue bonita. A medida que fue bajando por la península, arrastró consigo el odio hacia Al-Ándalus y, finalmente, se expulsó a los judíos y a los musulmanes de España. Así que no soy muy fan de la Reconquista. Odio decirlo. Sobre todo, desde el Hotel de la Reconquista (Ríe). Pero es la Historia. Está ahí. Ha ocurrido. Y seguramente Al-Ándalus tenía que desaparecer, pero es una pena, porque esa convivencia que se dio allí no era extraña en el mundo musulmán. Todo el mundo debería intentar recrear esa convivencia. Porque, si no, el mundo no va a ser un lugar viable.

-Los católicos le envían cartas poco amables y la acusan de culpar a Occidente del terrorismo yihadista.

-Tenemos que asumir una cierta responsabilidad sobre nuestras acciones. Y lo cierto es que no habría Daesh sin la Guerra de Irak, liderada por Estados Unidos. Es un resultado de la guerra. No estoy en contra de Occidente. Yo vivo aquí y me encanta, pero no hemos sido maravillosos. Y para los católicos soy incómoda porque he sido monja y he contado todas las historias desde dentro.

-¿Cómo enfrentar la barbarie?

-Hay que recrear las condiciones económicas, políticas y sociales para imaginarse a uno mismo en esas mismas circunstancias. Así podremos encontrar un lugar para el prójimo en la mente y el corazón. Eso es compasión. Ese es el discurso empático que debería estar en los colegios y no enseñar religión como algo puramente factual, como se hace en España. Esas son las historias que deben conocer nuestros hijos. Hay que examinar las circunstancias de la ocupación colonial, los efectos de las políticas occidentales en lugares como Palestina y Pakistán... O el hecho de que muchos gobiernos occidentales hayan apoyado regímenes fundamentalistas.

-¿Y cómo luchar contra el magnetismo que ejercen los radicales en los jóvenes incluso en Occidente?

-En primer lugar, hay que tratarlos bien en sus países. Porque hay muchos que ven cómo su fe se ningunea en el discurso público, no se sienten acogidos. Pero tampoco son atraídos por una religión: son atraídos por Daesh, que es una organización muy secular. Gran parte de la militancia del IS no es particularmente religiosa, sino que proviene del régimen laicista de Sadam, aunque utilicen la referencia islámica como reclamo. La ignorancia y la manipulación también tienen mucho que ver. Un ejemplo son esos dos jóvenes que salieron de Reino Unido para luchar en Siria y que pidieron dos libros en Amazon: 'Islam para tontos' y 'El Corán para tontos'. ¿Por qué se van? Porque uno de los mayores incentivos para que los hombres vayan a la guerra es el aburrimiento. Tienen que sacar esa testosterona que llevan dentro. Culpamos a la religión de la violencia, pero está en la naturaleza humana.

-¿También las aspiraciones nacionalistas de pueblos como el catalán?

-Lo que está ocurriendo es una reacción en contra de la globalización. Cuanto más globales nos volvemos, más personas reaccionan metiéndose en guetos de todo tipo. Es una negación total de la realidad. Ocurre lo mismo con el 'Brexit' y con Cataluña, con una parte de la Iglesia católica defendiendo el separatismo y con Trump construyendo un muro contra los emigrantes mexicanos. Son reveses terribles, porque no hace tanto que lanzábamos vítores por la caída del Muro de Berlín. Es lamentable. El nacionalismo es una forma más de religión. Cuando suena el himno, nos hacen pertenecer a algo más grande que ellos mismos, nos dan una identidad, se nos llenan de lágrimas los ojos. Así que el Estado-nación debe pensar en cómo abrir sus fronteras y, al mismo tiempo, tenemos que estar muy atentos ante el incremento de la xenofobia y el auge de este fervor étnico y nacional que es muy peligroso cuando se descontrola. Desgraciadamente, ya hemos visto lo que ha ocurrido en el pasado: el Holocausto, turcos y armenios, en los Balcanes...

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