«Con las ondas gravitacionales podemos ver el universo de una forma totalmente nueva»

El Princesa de Investigación premia a Rainer Weiss, Kip S. Thorne, Barry C. Barish y la Colaboración Científica LIGO

M. F. Antuña
M. F. ANTUÑAGijón

Si Albert Einstein levantara la cabeza, seguramente hoy se sentiría feliz. El jurado del Princesa de Asturias de Investigación Científica y Técnica ha premiado un descubrimiento que confirma su teoría y que abre la puerta a un conocimiento sino infinito sí inmenso, inconmensurable, que trata de encontrar respuestas a los grandes misterios del universo, que abre una nueva nueva era en la astrofísica. «El descubrimiento de las ondas gravitacionales es un verdadero hito que abrió las fronteras de un nuevo tipo de astrofísica y ya está trayendo nuevas perspectivas para conocer el lado invisible del universo», decía Laura Cadonati, portavoz de la Colaboración Conjunta LIGO, receptor del galardón junto a tres de los físicos que han impulsado desde los ochenta estas investigaciones. Fueron Rainer Weiss (Berlin, 1932, Alemania, aunque de nacionalidad estadounidense), Kip S. Thorne (Utah, EE UU, 1940) y el ya fallecido (en marzo de este año) Ronald Drever quienes iniciaron el camino en los ochenta proponiendo la creación del Observatorio de Inteferometría Láser de Ondas Gravitaciones (LIGO). Más adelante llegaría Barry C. Barish (Nebraska, EE UU, 1936) quien dirigió el observatorio durante casi una década e impulsó la creación en 1997 de la Colaboración Científica LIGO, que integra a investigadores de todo el mundo.

Todos juntos, con años y años de trabajo, han marcado un hito en la historia de la física haciendo buena la teoría general de la relatividad de Albert Einstein. El jurado tuvo claras las razones de su decisión y quiso premiar el talento individual y la obra colectiva de más de un millar de investigadores y un centenar de instituciones de dieciocho países. «El proyecto LIGO supone un reto tecnológico de primera magnitud. La extraordinaria precisión alcanzada por sus instrumentos ha permitido observar colisiones de agujeros negros muy masivos que ocurrieron hace más de mil millones de años», apuntó en su fallo. Y añadió: «La detección de ondas gravitacionales abre una nueva ventana para el estudio del universo, que permitirá descubrir nuevos fenómenos y alcanzar regiones del espacio-tiempo no accesibles con las técnicas actuales».

Se resumía así un empeño mayúsculo, uno de los grandes desafíos de la física en toda su historia que, en realidad, no ha hecho más que empezar. Validado uno de los pilares de la física moderna, se abren las puertas de par en par a nuevos conocimientos. «Albert Einstein predijo la existencia de las ondas gravitacionales en 1916 y tras años de desarrollar las técnicas, las observamos a partir de la fusión de dos agujeros negros 100 años después. Ahora, tenemos la perspectiva emocionante de ver el universo de una manera totalmente nueva. ¿Quién sabe qué maravillas encontraremos?», apuntaba Barry Barish desde Santa Mónica, en California. «A menudo no sabemos lo que la comprensión más fundamental de la naturaleza traerá a la vida cotidiana. Las ondas electromagnéticas fueron descubiertas en la década de 1880 y han tenido un impacto casi indescifrable, en comunicaciones, medicina, fabricación, etcétera; las ondas gravitacionales pueden no tener tal impacto, pero entender los fundamentos de la naturaleza es parte de lo que hace especial a los humanos, y por medio de esa comprensión hemos sido capaces de tener profundos impactos en nuestras vidas», apuntó Barry Barish en declaraciones a este periódico.

A Kip S. Thorne, la noticia del galardón le llegó en Israel: «Estoy muy complacido de que la Colaboración Científica LIGO reciba el Premio Princesa de Asturias de Investigación Científica y Técnica 2017, y me siento muy honrado de recibir una mención especial, junto con mis estimados colegas los doctores Barry Barish y Rainer Weiss, en relación con este premio», apuntó.

Desde el Georgia Institute of Technology, Laura Cadonati, ya miraba al futuro con entusiasmo: «Actualmente estamos recopilando más datos y después trabajaremos en mejorar la sensibilidad de nuestros instrumentos durante aproximadamente un año. Estas mejoras deberían aumentar en un factor de aproximadamente diez el volumen de universo que LIGO probará». Esto significa que habrá nuevos descubrimientos importantes para la astronomía. «Esperamos que haya muchas más detecciones de sistemas de agujeros negros binarios, tal vez tan a menudo como una vez por día, y estamos esperando la primera señal de una estrella de neutrones. Aún mejor, esperamos encontrar señales inesperadas que nos enseñarán cosas que aún no sabemos».

Las puertas que se abren son muchas y para continuar permitiendo que corra el conocimiento la cooperación internacional sigue siendo clave. «LIGO es una colaboración internacional de más de 1.000 científicos de América, Asia, Europa y Australia, que han jugado un papel crucial en nuestro éxito. Europa tiene dos detectores propios, GEO, en Hannover Alemania y Virgo cerca de Pisa, en Italia. Todavía no son lo suficientemente sensibles para unirse a nosotros en la ciencia de las ondas gravitatorias, pero las observaciones de otros detectores LIGO nos ayudarán a localizar dónde ocurren los fenómenos en el universo», subraya Barry Barish.

Como él, Laura Cadonati apunta en idéntica dirección: «La cooperación es fundamental para el éxito de la astrofísica gravitatoria. LIGO se beneficia de la colaboración de científicos de todo el mundo, puesto que tenemos muchos colaboradores de Europa, Australia y Asia», explica.También trabajan con Japón y hay en proyecto instalar un detector en India. «El objetivo final es tener una red de detectores de ondas gravitacionales que permitan aumentar la cobertura de las señales de onda gravitacional y localizar la fuente en el cielo. Esto es especialmente importante porque si se conoce el origen del evento, un seguimiento rápido con telescopios y satélites permitirá extraer más información, en lo que llamamos astrofísica ‘multi-mensajero’», asegura.

Son muchos los proyectos de futuro en los que se trabaja desde el LIGO, que ha unido también a la NASA y la Agencia Espacial Europea en el LISA (Laser Interferometer Space Antenna). «LISA va a ser un telescopio espacial, basado en el mismo principio, que usa láseres para medir con precisión pequeños cambios a muy grandes distancias, pero en lugar de sondear las pulsaciones del espacio-tiempo en la escala de milisegundos, buscará cambios a lo largo de los minutos a la hora. Esto permite que LISA busque diferentes tipos de fuentes, como los agujeros negros supermasivos», avanza Laura Cadonati.

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