Adam Zagajewski, el hombre que busca la belleza

Comprometido políticamente, derrocha ironía, hondura, emoción y sensibilidad

M. F. Antuña
M. F. ANTUÑAGijón

Nadie mejor que quien le precedió en el palmarés para definir al que está considerado como una de las voces más destacadas de la poesía contemporánea. Richard Ford, desde Dublín, donde acostumbra a compartir charlas con otro galardonado, John Banville (fueron ambos junto a Krzysztof Penderecki quienes propusieron al polaco para el premio) , definía de forma certera al flamante Premio Princesa de Asturias de las Letras: «La poesía luminosa, profunda, a veces irónica, pero siempre lírica, de Adam Zagajewski maneja ese raro triunfo del escritor: el de ser político pero, a la vez, sumamente humano en un gesto continuo, complejo e irresistible. Es la suya una escritura que debemos emular todos los que nos preocupamos por la marcha de nuestro mundo, marcha que seguimos las almas corrientes». Decía más Ford, que tildaba a Zagajewski de escritor excepcional, como han hecho miles de lectores en todo el mundo, que han conocido suss versos emotivos y certeros, cargados de política e historia, pero también de humanidad y pasión, para quienes han disfrutado de la prosa hecha ensayo y para quienes han vivido con él esa búsqueda continua, constante e incansable de la belleza.

Heredero de Rilke y admirador de Machado, suele decir que en la poesía están todas las respuestas. Y él comenzó muy pronto a buscarlas. Nacido en Lwów, hoy Ucrania, en 1945, estudió en Cracovia, donde vive, y pronto comenzó a hacer de la palabra el territorio en el que escribir una vida intensa y comprometida. Adscrito a la Generación del 68 o Nueva Ola, junto a autores como Kornhauser, Kipska, Krynicki o Baranczak, alumbró dos máximas con las que trabajar en tiempos oscuros en su país, que entonces vivía asfixiado bajo el telón de acero comunista: «Di la verdad» y «Habla claro». Eso hizo, se aplicó el cuento, y con el tiempo no le quedó otra que exiliarse a Alemania, Francia y Estados Unidos, hasta que en 2002 regresó a Cracovia. Su carrera literaria comenzaba allí, en el bando de los disidentes de Teraz, y también allí publicó su primer poemario, 'Komunikat' en 1972. Luego llegaría una novela, 'Caliente y frío'. Eran tiempos de clandestinidad, de buscar la democracia a través de publicaciones como la revista 'Zapis'. 'Carnicerías' fue su siguiente obra antes de irse a París y publicar la novela 'Trazo' y el poemario 'Letra. Oda de la pluralidad'. En 1986 apareció el ensayo 'Solidaridad y soledad', que sirvió para mostrar sus teorías sobre el compromiso político de los escritores. Su siguiente destino fue Estados Unidos, donde trabajó como profesor en la Universidad de Houston. Es en otra universidad americana, la de Chicago, donde aún hoy ejerce la docencia.

En 1989 caía el Muro de Berlín y en 1990 aparecía el poemario 'Plótno', en el que Zagajewzki cambia de registro. Abandona el combate político y se instala en la poesía contemplativa. Hondura humana y sensibilidad estética son algunos de los calificativos que definen esta nueva etapa en la que los sueños, el tiempo, la eternidad, el silencio o la muerte se hacen hueco entre versos que buscan conjugar la ironía y el éxtasis.

La historia siempre ha estado también presente en su trabajo, que con el paso de los años se ha hecho más reflexivo, más humano, mucho más lírico en definitiva. Incluso sus ensayos, siempre rigurosos y atinados, han mirado a la poesía, como el último de ellos 'Releer a Rilke', editado este mismo año. Antes hubo otros ensayos y poemarios, como 'Dos ciudades', publicado en polaco en 1991 y en España 15 años después; 'Tierra de fuego', en 2014; 'Deseo' (1999) y 'Mano invisible' (2009 en Polonia, 2012 en español). Tuvo también tiempo para escribir un libro de memorias como 'En la belleza ajena' (1990, 2003 en España) y la recopilación de ensayos 'En defensa del fervor' (2002). Acantilado es su editorial en España, donde están publicadas nueve de sus obras.

Es un candidato de peso al Nobel desde hace una década y antes de ser Princesa de Asturias obtuvo galardones destacados como el premio literario de la Fundación Kóscielski (1975), el Tucholsky (1985), el Premio de la Libertad del Pen Club francés (1987) o el de Literatura Neustadt (2004), además de las distinciones recibidas en su país.

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