TODA metáfora enmascara la incertidumbre del conocimiento. Cuando el conocimiento no es perfectible, sino cartesiano, no precisa de metáforas. Basta entonces con llamar a las cosas por su nombre.
Mi metáfora de una posible Cuba es la de alguien que aguarda por la guagua, por el fin del castrismo y por la cordura del gigante norteamericano; alguien lleno de una dignidad atribulada, a quien le gusta hablar, bailar y jugar al ajedrez, pero a quien de tanto esperar la lengua se le ha vuelto pastosa, las rodillas se le han anquilosado y empieza a confundirse de gambito.
Recorrer Cuba de oriente a occidente, desde Santiago a La Habana, con quince días para oler sus calles, admirar sus paisajes y dialogar con sus gentes, enciende algunas luces, desvela muchas sombras y ayuda a apreciar la libertad de la que gozamos a este lado del Atlántico, aunque también revela qué grado de sofisticación inútil ha alcanzado nuestra sociedad opulenta. Aquí tenemos posibilidad de escoger, es decir, de equivocarnos, algo de lo que los cubanos carecen, pero nos hemos rodeado de tantas cosas superfluas que somos reos de ciertas formas de la felicidad ¯de una supuesta felicidad¯ probablemente no deseadas.
El viaje, pues, como trayecto alrededor de uno mismo. El viaje a lo ajeno como revelación de lo propio. El viaje al corazón de la ausencia para saborear la náusea de la plétora. Tres nuevas metáforas.
En la calle Empedrado, en La Habana vieja, junto a la Bodeguita del Medio, está la Fundación Alejo Carpentier.
La Fundación, que conserva parte del legado de uno de los mayores escritores en lengua española de todos los tiempos, sobrevive gracias a la caridad del visitante.
Cada peregrino deja una limosna para que la casa en la que se ambientó 'El siglo de las luces' no se venga abajo.
En uno de los expositores, caligrafiada de su puño y letra, se exhibe la carta en la que Carpentier dona al pueblo cubano la dotación económica del premio Cervantes y expresa su confianza inconmovible en los principios de la Revolución.
Es una última metáfora, la del genio inmóvil ante el rugido de la Historia, imagen de un país que vive asfixiado entre un mesianismo numantino y un vecino paranoico.