Sábado, 16 de septiembre de 2006
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Eladio Carreño, médico y republicano federal
LA reducida calle que hace eje con la Escalera seis de la playa de San Lorenzo es casi el único recuerdo que el Gijón actual conserva de Eladio Carreño. Con ese nombre es conocida esa ventosa travesía desde 1902, primer aniversario del fallecimiento del popular Don Eladio, que tuvo lugar un mes de agosto de hace 105 años. Ahora bien, ¿quién fue este personaje en honor del cual un concejal llegó a proponer, en 1916, colocar un busto suyo en el centro de la plaza Mayor? Eladio Carreño fue muchas cosas: afamado médico local casi toda su vida, y también activo periodista; presidente de la Liga de Contribuyentes por algún tiempo, hacia 1879; alcalde de la villa desde 1873 y, años después, diputado provincial; profesor suplente en la Facultad de Medicina de La Habana y en el Instituto Jovellanos de Gijón, además de haber impartido clases en el Ateneo Obrero; pero, sobre todo, fue el líder más carismático del Partido Republicano Federal gijonés, el de Pi y Margall, aquel político, filósofo e historiador de tupida barba canosa que dio nombre durante tantos años a la actual calle de Los Moros.

Eladio Carreño nació en Avilés en 1834. Siendo pequeño, se fue con su hermano a La Habana, donde estudió Medicina y se casó con Nieves Fernández Pozo. Hacia 1865 se instaló en Gijón, villa en la que promovió la fundación del Partido Democrático, que defendió con meritoria precocidad el sufragio universal y un completo repertorio de libertades elementales (de expresión, imprenta, prensa, reunión, asociación y cultos, entre otras), a la vez que se opuso contundentemente a la esclavitud y a la pena de muerte. La mayor parte de los gijoneses que simpatizaron con ese grupo político formaron el Partido Republicano Federal después de la revolución de 1868, la que condujo a Isabel II al exilio, y en él militó el grueso del proletariado de la localidad. Por aquel entonces se metió Carreño en el periodismo político, dirigiendo La República Española, y durante la I República formó parte del Ayuntamiento gijonés, llegando a ser alcalde. El malogrado estreno republicano del país no pudo haber llegado en peor momento: a la guerra en Cuba se sumó otra guerra carlista, además de la sublevación cantonal. En medio del triple frente bélico y en sus once meses de vida, la República encontró tiempo para abolir la esclavitud en Puerto Rico, mientras que la supresión de la practicada en Cuba acabó siendo exigida por los núcleos democráticos de un sinfín de poblaciones españolas, que desde 1879 enviaron exposiciones y miles de firmas al Congreso con ese objeto; los ciudadanos y ciudadanas de Gijón fueron los primeros en hacerlo, seguramente animados por Rafael María de Labra, conspicuo antiesclavista republicano de madre gijonesa que llegó a ocupar la presidencia de la Sociedad Abolicionista Española.

Entretanto se había restaurado la monarquía en la figura de Alfonso XII, y desde entonces -agonizaba el año 1874- hasta 1881 los republicanos fueron declarados ilegales. En aquella época fundó Carreño un periódico no político, El Productor Asturiano, e hizo de corresponsal para algún diario democrático madrileño, como La Unión, para el que Clarín hizo lo propio en Oviedo y en el que escribió algunas veces Armando Palacio Valdés. En la clandestinidad, Eladio Carreño se implicó en la reorganización del partido con correligionarios como el abogado Manuel de la Cerra, el industrial Tomás Zarracina o el escritor y masón Apolinar Menéndez Acebal. Devuelto su credo político a la legalidad, el popular médico participó activamente en la puesta en marcha del Ateneo Obrero, inaugurado en 1881. Al año siguiente dirigió El Boletín Federal y, mediada la década, impulsó el semanario El Fuete, siendo ambos periódicos defensores de la construcción de un nuevo puerto en El Musel, frente a los que preconizaban la ampliación del puerto local; la disputa portuaria polarizó a la opinión pública gijonesa de aquellos años hasta límites inimaginables, y la discordia llegó incluso a perturbar amistades añejas. Mientras, el Partido Federal había celebrado una Asamblea Nacional en Zaragoza y sus militantes de Asturias eligieron democráticamente a Carreño para que los representara en ella, lo que constituye una prueba fiable de que su autoridad moral rebasó los límites del concejo gijonés.

Hace un siglo y un lustro «el hombre bueno y generoso que todo lo dio sin recompensa», según lo definieron las panegíricas palabras de Constantino Suárez, murió casi ciego y prácticamente arruinado. Quiso el azar que Carreño falleciera el mismo año que Pi y Margall, sumiendo en un doble luto a los federales gijoneses y dejándolos huérfanos de líderes históricos. Ya que en 2006 se celebra el 75 aniversario de la proclamación de la Segunda República, parece oportuno recordar al que fue el padre del republicanismo federal en la villa, allá por el siglo XIX, el que parió el ferrocarril y el caciquismo mientras le cambiaba los pañales a la democracia.



 
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