Dicen que la primavera la sangre altera. Pero el otoño no es para menos. Lo saben bien los alérgicos, que no sólo temen la llegada del mes de marzo. También en setiembre sufren y no precisamente en silencio. Sobre todo, quienes tienen como peores enemigos a los ácaros y los hongos. De hecho, es partir de esta época cuando hacen su 'agosto'.
Es más, las condiciones climatológicas que se producen en otoño ponen en bandeja la proliferación de los ácaros. El inicio de las lluvias, con el consiguiente incremento de la humedad ambiental, y la puesta en funcionamiento de las calefacciones, así como una menor ventilación de las viviendas por el frío, hacen que los ácaros mantengan su ciclo vital y agudicen los procesos alérgicos.
En Asturias, incluso, el clima es aún más favorable, debido al elevado grado de humedad del ambiente y a las suaves temperaturas registradas. No hay que olvidar que la sensibilidad a los ácaros es una de las patologías más extendidas entre las personas que padecen alergias de tipo respiratorio en el Principado, ya que alrededor de un 30% de la población asturiana la padece. Segregar mucosas, estornudar y lagrimear son sus primeras reacciones. Tan intensas como las de primavera.
Por si fuera poco, el cambio de ropa de verano a invierno agrava la situación. Así como el tamaño de las casas, que ya no sólo es cuestión de dinero y comodidad, sino también de salud. Los especialistas observan que el hecho de que las viviendas sean cada vez más pequeñas incide en el ambiente: la calefacción mantiene una temperatura más estable y, por tanto, ideal para la reproducción de los ácaros.
«Estas arañas microscópicas anidan en el polvo doméstico y por lo tanto se consideran 'alergenos de interior'. Su concentración se relaciona estrechamente con el grado de ventilación de la vivienda. Durante el otoño, al igual que sucede en los meses de invierno, tendemos a permanecer más horas dentro de las casas. Si a ello se suma en determinados casos un grado de humedad ambiental alto o la presencia prolongada de prendas de vestir mojadas en los radiadores de la calefacción para que se sequen, su capacidad de proliferación en los meses del otoño será mucho mayor que en otras épocas», asegura Roberto Pelta, alergólogo y secretario del comité de rinitis y conjuntivitis de la Sociedad Española de Alergología e Inmunología Clínica.
La piel, un alimento
Lo peor es que son enemigos contra los que resulta casi imposible luchar. Son inofensivos para el hombre, pero sus residuos fecales poseen un gran poder alergénico. «Son difíciles de eliminar. Se encuentran en tapicerías, alfombras, sábanas, edredones, mantas, sillones, almohadas, cortinas e incluso peluches», precisa María del Mar Trigo, profesora de Biología Vegetal. Es más, según Trigo, estos organismos se alimentan de las escamas que resultan de la muda de la piel humana. Es lo que se llaman ácaros dermatofagoides.
Incluso se pueden encontrar por centenares en cada gramo de polvo. La inhalación de sus alergenos supone una de las causas más frecuentes de rinitis y asma bronquial alérgicos. Como consecuencia, se producen los temidos estornudos, el goteo nasal, la sensación de nariz tapada, el picor, la tos, así como la sensación de dificultad respiratoria.
Todo se alía, por tanto, en otoño en favor de estos organismos, que necesitan de un 75 a un 85% de humedad relativa del aire y unas temperaturas cálidas para su crecimiento. Y, a partir de setiembre, las condiciones son las más propicias.
Pero no sólo el polvo es la pesadilla de los alérgicos en esta época del año. Como advierte el doctor Pelta, al igual que sucede en verano, durante el otoño aparecen en el aire picos de esporas de hongos, como la alternaria, el cladosporium y el aspergillus. Además, las lluvias pueden originar un rápido ascenso de las concentraciones de las citadas especies, con el consiguiente empeoramiento de los síntomas alérgicos.
Y es que los efectos del cambio de estación se dejan notar asimismo en el cuerpo. «El clima tiene también sus consecuencias para los alérgicos. Pensemos en un paciente alérgico a hongos microscópicos ambientales (mohos) que sale a pasear al día siguiente de haber ocurrido una tormenta. Experimenta una agravación de sus síntomas de ojos y de nariz o ve que se incrementa su dificultad respiratoria, en el caso de que padezca asma bronquial, pues la humedad relativa del aire es mayor y ha ascendido el número de esporas», explica Roberto Pelta.
También con el frío
Eso sí, no porque empeore el tiempo la naturaleza se detiene. Si en primavera campan a sus anchas en el aire los pólenes de gramíneas y olivo, el otoño es la época de polinización de otras especies vegetales, como el ciprés, del que María del Mar Trigo advierte estos días un rebrote.
Asimismo, persisten, recuerda la profesora, reminiscencias del verano del polen de los cenizos, o lo que es lo mismo, de lo que se conoce popularmente como maleza.
Trigo observa también una presencia significativa del pino australiano, un árbol generalmente de uso ornamental, que realiza su período de polinización durante los meses de octubre a diciembre. Como la artemisia y la mercurialis annua ('ortiga mansa').
Sin embargo, el alérgologo asturiano Gaspar Gala apunta a que «son casos testimoniales y puntuales», que provocan algun pico aislado en los niveles de polen sobre todo en las regiones más secas. En la región, los alérgicos notarán un aumento de sus síntomas sobre todo con plantas y flores ornamentales.