Domingo, 24 de septiembre de 2006
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SOCIEDAD Y CULTURA

Sociedad
Biografías en construcción
La persona es hoy un ser en constante transformación: se adapta mejor a la realidad cambiante pero está cada vez más desconcertado y sin rumbo
Biografías en construcción
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Una de las cuestiones que más intrigan a los observadores de esta época es el problema de la identidad de los individuos en unos tiempos tan cambiantes, tan complejos y tan desconcertantes como los nuestros. El «quién soy yo» ya no sólo es un interrogante del hombre que atraviesa una crisis existencial, sino la expresión de una duda más extendida por efecto de la falta de referentes. Sometidos a los vapuleos de una historia vertiginosa, no nos reconocemos en lo que fuimos ni somos capaces de conjeturar ni siquiera un bosquejo de lo que seremos.

Los elementos exteriores que antes definían al individuo enmarcándolo en una especie de retrato perpetuo -la profesión, la familia, la casa, la pertenencia a un grupo, a una comunidad, a un país- son ahora vacilantes estados pasajeros que se transforman sin ofrecer ninguna fiabilidad. Pero ocurre también con los signos interiores -nuestras ideas y creencias, nuestros gustos y pasiones-, inestables señales tan a menudo fugitivas y contradictorias.

Para algunos pensadores, la posmodernidad ha traído un nuevo modelo de persona carente de identidad precisa. Un ser siempre en transformación, nunca acabado ni completo. Esta es la parte positiva: nos adaptamos mejor a las circunstancias, multiplicamos nuestras experiencias, vivimos más vidas que la del viejo individuo unidimensional. En contrapartida estamos cada vez más desconcertados, sin rumbo, expuestos a la incertidumbre de ser muchas cosas sucesivas o simultáneas y a la melancolía del errante sin domicilio existencial conocido.

Pero al mismo tiempo todo el mundo exhibe supuestas identidades llenas de firmeza. Los nacionalismos, las iglesias, las banderas, las adhesiones a un club deportivo o a un ídolo musical, las tribus urbanas, las marcas comerciales proporcionan una especie de definición vicaria de lo que creemos ser, una imagen propia proyectada en ellas. Ya no es que nos guste el Barça o el Real Madrid: es que «somos» merengues o culés No es que aspiremos a poseer determinado modelo de automóvil: es que la publicidad nos invita a «sentir» el calor de su regazo, como elemento de nuestra propia identidad. Despojados de distintivos auténticos, pugnamos por encontrarlos en otros sucedáneos.

El propio cuerpo

Pero ¿cuáles son entonces los anclajes de la verdadera identidad del sujeto? El primero de todo ellos está en el cuerpo. Desde las primeras etapas de la vida empezamos a adquirir la conciencia de un «yo corporal» que irá variando en etapas sucesivas.

Nos sentimos 'seres corporeizados' que se reconocen en la imagen que les devuelve el espejo. A esa sensación de dominar el cuerpo y de ir evolucionando junto con él se le suma la percepción física de estar en un lugar (el «yo espacial») y a la vez la impresión de ser el centro de un mundo sensible que recibe las informaciones y los impactos del exterior (lo que algunos han dado en llamar el «yo perspectivístico»). El cuerpo es así el principal soporte de la experiencia, el elemento primordial del sujeto que somos cada uno de nosotros.

Un segundo factor de identidad viene dado por la posesión de un nombre por el que somos reconocidos y en el que nos reconocemos, no solamente a efectos oficiales de registro civil: el apellido nos liga a los antepasados, a la estirpe, al igual que el nombre de pila nos convierte en protagonistas de un relato intransferible que sucede en el tiempo y en el espacio a los que estamos vinculados. Gracias a nuestro nombre nos situamos en un mundo con el cual interaccionamos sin perder lo que nos es propio, manteniéndonos en el puesto que nos corresponde y en el lenguaje de los demás, y por tanto reafirmados en nuestro ser individual y social.

Idealizar el pasado

Más importante todavía resulta para la afirmación de la identidad un tercer anclaje que viene dado por la autoconciencia y la memoria: el que, como observa Anthony Giddens, crea en nosotros el sentimiento de «continuidad biográfica». Con independencia de lo que conservemos en el recuerdo y lo que olvidemos de nuestro pretérito -también hay identidad en el «yo» ficticio que algunos se crean idealizando pasajes del pasado o creándose biografías falsas-, siempre hay una cierta conciencia de haber sido de una determinada manera, y esa conciencia nos concede alguna forma de seguridad.

Por último, esa narración singular creada por el cuerpo, el nombre y la memoria necesita un cuarto factor para redondear y dar coherencia a la identidad de la persona: la relación con la realidad, con el entorno social, con el mundo que nos rodea. Ya señaló Jürgen Habermas que la identidad debe entenderse como una «garantía de continuidad de la persona», algo así como si emitiéramos señales que hicieran saber a los otros a qué atenerse. De algún modo se podría decir que no hay identidad sin confianza. La coherencia, entendida como compromiso con la propia identidad, representa el lado ético de ésta.

Pero ¿qué queda cuando el nombre es el número de un DNI o un código de barras, cuando el cuerpo queda sometido a la tiranía de la cosmética uniformadora o de los gimnasios y los quirófanos de cirugía plástica, cuando la memoria individual y colectiva es zarandeada por los poderes, cuando, en fin, la identidad personal se diluye en identidades simbólicas fanatizadas? Los más optimistas constatan que esa disolución está lejos de producirse, porque tanto los individuos como las sociedades pugnan por mantener su identidad. Una identidad menos rígida de lo que se entendía tradicionalmente por tal, más flexible y abierta a las transformaciones, no esencialista, pero en todo caso con el suficiente sentido como para dar respuesta a la pregunta de «¿quién soy yo?». AMIN MAALOUF

GOETHE

HANNAH ARENDT

ANTHONY BURGESS



 
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