Para quienes no lo conozcan, debo decir que el valle de Turón fue uno de los territorios europeos más degradados por la crisis de la minería, un dudoso honor que comparte con la cuenca alemana del Ruhr. Sus catorce kilómetros de extensión vieron nacer y morir una pujante industria que desapareció de la noche a la mañana dejando tras de sí la más absoluta de las miserias. Cuentan los que lo conocieron entonces que en las décadas de los sesenta y setenta lo habitaban unas 15.000 personas. Hoy, la cifra apenas llega a 5.000. Basta un recorrido por sus pueblos, por sus viejos castilletes o por las laderas de sus montañas para atisbar lo que fue la cuenca minera y comprender en qué se ha convertido Asturias
A mediados de los noventa, el certificado de defunción del valle estaba firmado. Nadie daba dos duros por su resurgimiento, y se creía que, a medio o largo plazo, las barriadas en las que aún vivían unos pocos resistentes no albergarían a más inquilino que el silencio. Y sin embargo, los que decidieron quedarse allí se organizaron, empezaron a exigir compensaciones por tanta pérdida y alzaron la voz clamando por el futuro de una tierra que parecía abocada a la más cruel de las maldiciones. No fueron pocos los que pensaron que tanto esfuerzo iba a ser en vano, pero ellos no se arredraron y siguieron peleando por lo suyo. Con fe. Con convicción. Con un par.
Hoy, en Turón hay un ateneo, una vida cultural más que estimable y una biblioteca que ganó el año pasado el Premio Nacional al Fomento de la Lectura. Hace unos meses, Francisco García Pérez recordaba una frase de Orson Welles en 'El tercer hombre': «En Italia, en 30 años de tiranía de los Borgia, hubo guerras, terror, sangre y muerte, pero surgieron Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza, hubo amor y fraternidad, 500 años de democracia y paz y ¿qué tenemos?: El reloj de cuco'. En Turón, ha sido la cultura la que ha acabado convirtiendo un mundo abocado a perecer entre las sombras del olvido en un referente para quienes aún creen en utopías. En un palpable ejemplo de que no siempre la rentabilidad de algo se mide por sus cotizaciones en bolsa. En un lugar para la esperanza.