No ocurrían estas estridencias cuando el rock & roll movía las caderas en microsurcos de vinilo. En aquellos calendarios, había que pasar por caja religiosamente, aunque la compra del disco elegido no fuera 'My sweet Lord' (George Harrison).
Por lo que se ve y se escucha, las nuevas tecnologías llevan camino de repetir el cuento del cazador cazado, que para el caso viene representado por los cazatalentos de las grandes compañías discográficas.
Es verdad que también se perjudica a los propios artistas talentosos y a las modestas tiendas en las que descubrimos a Los Brincos. Pero ya se sabe que el futuro es un deporte de grandes saltos y que quien no se adapta corre el riesgo de quedar colgado de la pértiga.
Dice la juez Paz Aldecoa que no se pueden criminalizar comportamientos socialmente admitidos, y nos recuerda aquella sentencia del presidente Suárez, según la cual la ley no ha de ser ajena a la calle.
Y en ese territorio, Sabina siempre ha sido más callejero que Ramoncín y sus pollos fritos. Por eso aquél es más tolerante con quienes practican la melomanía internáutica y gratuita.
Años de cárcel sólo se le deberían imponer a quien siguiera los conciertos de Perales. O así.