La globalización mundial también afecta al medio ambiente, y desde hace años se viene observando en Asturias una preocupante eclosión de ciertas especies de plantas propias de otras latitudes. El problema llega cuando esos ejemplares luchan por el espacio con los autóctonos y llegan a desplazarlos. Eso ya ocurrió en 413 hectáreas del territorio regional, una superficie equivalente a más de 500 campos de fútbol que ha sido colonizada por especies invasoras. Además de esto, el Principado ha detectado a lo largo de todo el territorio regional «12.972 individuos aislados» de especies invasoras repartidos en 3.300 ubicaciones diferentes que podrían ser el germen de nuevas colonizaciones.
Y esos son sólo los datos que se conocen, los casos que han sido localizados por la Guardería del Principado y sobre los que está trabajando la Consejería de Medio Ambiente, Ordenación del Territorio e Infraestructuras. El asunto preocupa porque «la introducción de plantas exóticas invasoras es la segunda causa de desaparición de especies a nivel mundial, tras la destrucción del hábitat». Lo dice el biólogo Alejandro González Costales, responsable del programa regional para el control de este problema, que está en marcha desde el año 2004. «Algunas especies autóctonas están amenazadas, sobre todo en sistemas dunares y humedales», donde las plantas extranjeras parecen encontrar ambientes más propicios.
De hecho, las principales infestaciones están en zonas costeras y en los valles del interior, ya que, por lo general, las especies llegan de latitudes más cálidas y no se adaptan a las frías montañas asturianas. Aunque incluso hay algunas, como la acacia, que sí llega a poblar los montes.
La acacia es sólo una de las 70 especies de plantas invasoras que se han localizado en Asturias. Sin embargo, no se actúa sobre todas: la lista negra se reduce a 17, ya sea por el volumen de población que ha alcanzado en los últimos años o por la peligrosidad y voracidad que demuestran.
¿Cómo ha podido entrar en el Principado tal invasión? Un importante número lo ha hecho de la mano de los aficionados a la jardinería y llegaron a la región con fines puramente ornamentales, como los famosos plumeros o las mimosas; en otros casos su objetivo era el cultivo forestal, como la acacia negra; también se dan supuestos de introducción accidental de semillas en productos comerciales de la más diversa índole, como en ciertos tipos de gramíneas. Los lugares escenario de estos intercambios comerciales son campo abonado para este fenómeno, y el puerto de El Musel, en Gijón, es un ejemplo, al encontrarse allí, por ejemplo, la olivarda. La casuística es amplia, pero en todos los casos hay un punto en común: en cierto momento se han escapado del control del hombre, se han asilvestrado y han tomado el medio natural hasta desplazar a las especies locales.
El problema causa «graves problemas ecológicos», señala González, porque ese comportamiento invasor es capaz de producir «cambios en la estructura y composición de los ecosistemas, lo que conlleva una disminución de la diversidad biológica». Además, no hay que olvidar los costes económicos que provocan, ya que la lucha por su erradicación es sufragada por fondos públicos.
Concienciación social
En su mayoría, las especies invasoras llegan de Sudáfrica, China, Japón y Sudamérica. Sobre todo, presentan una altísima capacidad de colonización en terrenos libres de vegetación, como las zonas removidas por cualquier tipo de obra o las escombreras. «Son pioneras», dice el biólogo, «lo que les da ventaja sobre la vegetación autóctona cuando no está desarrollada». Por eso, es difícil que de la noche a la mañana entren en un bosque. Sin embargo, con cualquier obra o movimiento de tierras «les estamos abriendo la puerta». También son habituales de los márgenes de carreteras, riberas de ríos y de las proximidades de las playas. Pero, sobre todo, uno de los grandes focos de contaminación hacia el entorno natural son las zonas ajardinadas.
Como el enemigo está en casa, uno de los empeños de la Administración es la concienciación social: evitar el cultivo de unas plantas que tras su atractivo aspecto ocultan un peligro que ya ha dejado de ser potencial. Y, en cualquier caso, evitar que los restos de las podas y arreglos del jardín sean arrojados a cunetas o vertederos piratas, desde donde se propiciaría la invasión. «La medida fundamental es la prevención: que estas especies no se cultiven», sentencia Alejandro González. «Tarde o temprano la sociedad tendrá que tomar conciencia de esto».
Si se tiene en cuenta que el riesgo es alto, y las consecuencias nefastas, parecería lógico exigir que las administraciones regulasen, o incluso prohibiesen, el cultivo de ciertas especies. Pero eso, dice el biólogo, «es una decisión política; ahora lo que toca, sobre todo, es concienciar».
Sin embargo, en otros países ya han tomado medidas. Por ejemplo, en Portugal, donde un decreto ley prohíbe la tenencia y comercialización de las especies más dañinas y regula el manejo de otras potencialmente peligrosas. También en los Estados Unidos mantienen una férrea legislación en este sentido ante los muchos problemas que sufren por culpa de las especies invasoras.
Tojos en Australia
También es cierto que desde España exportamos problemas: el inofensivo tojo que tapiza las montañas asturianas está creando grandes daños en Australia y Nueva Zelanda, donde la especie se adaptó y no para de extenderse.
En Asturias, la lucha contra la invasión no es exclusiva del Principado. En ciertos terrenos, como los jardines, poco se puede hacer de momento por ser propiedad privada. En otras zonas el propietario es el Estado y son entes estatales los que se ocupan de las actuaciones o con lo que se coordinan los técnicos del Principado. A la Confederación Hidrográfica del Norte (CHN) le incumben los cauces de los ríos, a Costas el tratamiento en las zonas litorales y a la Demarcación de Carreteras los márgenes y las obras en vías de carácter nacional.
De hecho, el avance de las infraestructuras viales de transporte marcan también el avance de una de las especies más tristemente célebres, el plumero. Originario de Argentina, sus semillas flotan en el aire y pueden llegar a recorrer hasta cuarenta kilómetros. A medida que avanza la autovía del Cantábrico, los ejemplares van poblando las zonas próximas. Sin embargo, la amenaza ya viene de lejos, y se trata de la primera planta sobre la que se empezó a actuar, incluso antes de 2004, al haber controles puntuales en los años 1998 y 2000.
En el pasado, las obras de infraestructuras también eran un foco de contaminación por otro motivo: especies como la mimosa o la falsa acacia se utilizaban para la fijación de taludes, lo que las diseminó por toda la geografía regional.
Técnica tapizante
En otros supuestos, la colonización de la especie invasora es más progresiva, aunque letal: es el caso de la uña de gato, procedente de Sudáfrica, que tapiza las zonas costeras, dunares y acantilados hasta acabar con el espacio para otras especies.
El elenco de plantas colonizadoras es amplio y cada una tiene su técnica: la hiedra alemana trepa por los árboles, los cubre y llega a matarlos al no poder hacer la fotosíntesis; el alianto, o árbol de los dioses, emite sustancias que impiden el crecimiento bajo él de otras especies; la oreja de gato es tapizante y no deja espacio a ninguna otra planta en la ribera de los ríos. Así, hasta 70 técnicas diferentes para acabar con el medio natural asturiano.