¿QUÉ hacer con los gordos? ¿Pagarles clases de tango para que adelgacen? Esa era la propuesta del Servicio de Salud británico, de la que dimos noticia en este lugar hace no muchos días. La última, según proyecto de ley, es que los obesos serán los postreros de la fila en la espera de los hospitales, al lado de los fumadores y los alcohólicos. Toda una curiosa política del palo («¿ajo y agua!») y de esa zanahoria dulce del tango.
¿Es consecuencia, en realidad, de una preocupación por la salud y felicidad del ciudadano? ¿O, más bien, de mantener saneadas las arcas de las libras o de los euros públicos? Si así es, parece que se equivocan, porque los obesos tienen algunos años menos de esperanza de vida que los flacos. Lo mismo pasa con los fumadores.
Y la buena lógica de las cuentas exigiría servirse de una balanza con dos platos: en uno, los gastos por la atención sanitaria; en el otro, los ahorros en las pensiones de tantos años futuros no vividos, que el difunto -sea por cirrosis, sea por exceso de hollín en los pulmones, o bien por corazón ahogado en grasa - no podrá percibir...
Lo mismo que en Gran Bretaña, la obsesión por los gordos está llegando a lugares tan apartados como la República Popular China, donde se propone vetar la adopción de niños a los solicitantes que carezcan de un índice de masa corporal saludable.
Y en España, nuestra enjuta ministra de Sanidad enarbola su pendón de guerra contra la hamburguesa XXL y la publicidad de la multinacional de los USA que la acompaña: «Come como un hombre» (antes se decía «como un cavador»). ¿Y qué dirá de la hamburguesa más cara del mundo -85 euros-: solomillo salpimentado y amostazado de buey de Kobe criado con hierba de Nueva Zelanda, tragos de cerveza y masajes orientales?
Y, así, deben de andar los ministros de la salud cantando, en un plagio de la canción de los Sirex, «que se mueran los gordos / que no quede ninguno, ninguno, ninguno...»; aunque los motivos de aquellos cantantes para su letra genocida era la envidia ante los feos, que se llevaban las chicas con 'arte especial para las conquistas', envidia siempre más sana que las razones economicistas que mueven a los gobiernos empeñados en recrecer sus economías olímpicamente 'citius, altius, fortius'.
Por lo tanto, que el lector a quien sobre alguna arroba, aunque más valga gordo que dé risa que flaco que dé lástima, siga el consejo que Sancho ofrecía a aquel gordo del cuento: que «se escamonde, monde, entresaque, pula y atilde, y saque seis arrobas de sus carnes, de aquí o de allí de su cuerpo, como mejor le pareciere y estuviere».
Y, si no puede enflaquecer, que se consuele con el refrán de las abuelas, que no hay mejor espejo que la carne sobre el hueso.