«Somos conscientes del esfuerzo que supone, lo que pasa es que te acostumbras a ello y no piensas a dónde pueden llegar tus pulsaciones». Lo dice Vicente Mascarell, fagotista de la Orquesta Sinfónica del Principado y uno de los músicos que se colocó el pulsómetro para realizar este estudio. Asegura que el público no es en absoluto consciente de lo que supone un concierto para un instrumentista: «Cuando le cuentas a alguien que no es músico el esfuerzo que significa tocar un instrumento se queda alucinado», señala.
Acepta Mascarell el símil con los deportistas de élite, entre otras razones porque hace poco descubrió que comparte sensaciones en un concierto con los jugadores de baloncesto: «A veces tengo que hacer un solo y es como si todo ocurriera a cámara lenta, como si se ralentizara y es porque el corazón se dispara», explica. Esa sensación es la misma que tienen los jugadores de baloncesto en un momento clave del partido y ante un punto crucial.
Dice el fagotista que ahora sabe que debe cuidarse, que la forma física es importante, algo que respalda su colega Alberto Veintimilla, clarinetista y director del Conservatorio de Oviedo. «A raíz de este trabajo nos hemos dado cuenta de que estamos haciendo un esfuerzo que nos puede provocar dolencias», explica Veintimilla, quien también recurre a la comparación con los deportistas. Lo hace porque en la música como en el deporte cuesta mucho trabajo coger el ritmo después de una temporada de inactividad. Ahora entiende mejor que nunca el porqué. Y, ahora, dice, deberá cambiar la consideración del trabajo de los músicos como algoliviano y sedentario. VICENTE MASCAREL Y ALBERTO VEINTIMILLA MÚSICOS DE LA OSPA