LA buena música es tan seductora que en el patio de butacas sólo se escucha la lira de los ángeles, el viento que sopla en las caracolas de los océanos o los timbales del corazón. Ha de ser así. Todo debe supeditarse a la emoción y el alpinismo del espíritu.
Pero tras la ensoñación, claro está, pueden entreverse las difíciles matemáticas del pentagrama, escalas y escaleras, ejercicios gimnásticos de la digitación, uñas rotas y el sutil arte de la respiración junto a la transpiración y la inspiración.
El guitarrista Víctor Luque me contó una vez que su colega Paco de Lucía era obligado por su padre durante la infancia a recorrer los trastes diez horas al día. No es una excepción. Ni siquiera el genio precoz de Mozart hubiera podido prescindir de una cierta disciplina prusiana.
De modo que no ha de sorprendernos que los instrumentistas en concierto gasten las mismas energías que los atletas. Este oficio de poner alas a los hombres de a pie, capaz de hacernos volar en el sonido de un acorde, requiere también la humildad terrenal del esfuerzo y la fatiga.
Es verdad que cuando se propaga por el aire, hay momentos en los que desaparece el mundo.