Mientras los restos mortales de Erika yacían en su piso de Valdebernardo, Telma se encontraba en Manila y Letizia en su residencia de la Zarzuela. Nunca antes los kilómetros que habitualmente las distancian fueron tan inabarcables como ayer. Las tres hermanas, a pesar de vivir separadas, procuraban mantenerse en contacto, siempre amigas, siempre cómplices. El destino ha dado a cada una de ellas vidas muy diferentes, pero eso nunca impidió que mantuvieran su conexión. La fatalidad las une ahora en la peor de las circunstancias imaginables.
De niñas eran inseparables. Dicen quienes las conocieron que llamaban la atención. «Estilosas y muy monas», decía de ellas Berta Martino, una de las profesoras de su infancia, y con todo un futuro por delante crecieron como el resto de las niñas ovetenses de su edad entre idas y venidas al colegio La Gesta, cumpleaños de amigos y familiares, clases particulares de ballet y otras aficiones convencionales.
Aunque la complicidad entre Letizia y Telma era mayor, por cuestiones de edad, Erika no se quedó atrás. A ella, de hecho, le cedió la Princesa su piso de soltera en cuanto inició su vida en la Zarzuela. Eran una piña. Las tres compartieron una visión romántica y también práctica de la vida. Muy pronto, de hecho, cada una definió su vocación y Erika manifestó desde la adolescencia su sensibilidad por las artes, mientras Letizia se iniciaba en el periodismo y Telma, la más intrépida de las tres, se hacía cooperante.
Como en cualquier familia, Jesús Ortiz y Paloma Rocasolano procuraban pasar el mayor tiempo posible con las niñas aunque no siempre fuera posible por cuestiones de trabajo. Los días libres, la familia aprovechaba para descansar y los veranos se alternaban entre la playa de San Lorenzo, en Gijón; las visitas a Alicante, donde veraneaban los abuelos maternos Francisco y Enriqueta, y Sardéu, donde entonces José Luis Ortiz y Menchu Álvarez del Valle, los abuelos paternos, comenzaban a restaurar con ilusión una pequeña cuadra de piedra que con el tiempo se convertiría en lo que hoy es La Arquera, la casa a la que los Príncipes de Asturias acuden de vez en cuando para desconectar. De aquellos días en los que la rehabilitación comenzaba a cambiar el aspecto de La Arquera, guarda Menchu buenas fotos de la familia, recuerdos que hoy son, seguro, su único consuelo.
Vida normal en Sardéu
A las tres hermanas les gustaba Sardéu. Allí se acercaban a la falda del Pagadín a caballo, bajaban a Ribadesella para tomar un chocolate o darse un baño en la playa de Santa Marina, iban de romería por las aldeas de los alrededores y sencillamente se sentaban bajo el hórreo para charlar con sus abuelos hasta el anochecer.
La vida bohemia en el campo atraía especialmente a Erika. De hecho, durante un tiempo barajó la posibilidad de instalarse cerca de Sardéu; y hace apenas cuatro años adquirió, junto a su ex pareja Antonio Vigo, una casa de aldea en Borines. En ese proyecto frustrado recibió, como en todo, el apoyo de sus hermanas, pero sobre todo se sintió arropada cuando con 25 años se quedó embarazada. El nacimiento de Carla hace ya seis años volvió a ser otro motivo de unión y alegría para las tres. Al fin y al cabo, hasta que llegó al mundo la infanta Leonor era la única sobrina. Aún se recuerdan las imágenes de la pequeña vestida de dama medieval formando parte del cortejo nupcial de los Príncipes de Asturias.
Pero también supieron sufrir juntas. Tres momentos las marcaron para siempre. El primero, la separación de sus padres en 1999. Las hermanas vivieron muy de cerca la ruptura del matrimonio, a pesar de que ya estaban emancipadas. Para Jesús y Paloma la entereza de sus hijas fue un verdadero apoyo. Las tres, de hecho, asistieron felices a la segunda boda de su padre con la periodista Ana Togores, que se celebró en junio de 2004, en Llanes.
La muerte prematura, debida a un cáncer, de su tía Cristina, la hija pequeña de la locutora Menchu Álvarez del Valle, también quebrantó la felicidad de las jóvenes. Con Cristina disfrutaron de inolvidables momentos en Oviedo, Sardéu... Era más que una tía; por su juventud y cercanía, la sentían como una verdadera amiga.
Y hace apenas dos años, la muerte de su abuelo José Luis les causó un enorme vacío. Prueba de los vínculos que mantenían es la corona de flores que rubricada con el nombre de sus tres nietas, incluido el de la ya Princesa de Asturias, decoró la iglesia de San Salvador del Carmen durante el funeral.
Letizia, Telma y Erika compartían confidencias, tristezas y alegrías. Eran hermanas, pero sobre todo amigas. Y del respeto que se profesaban mutuamente fue un claro ejemplo el celo con el que protegieron el noviazgo de Letizia y el Príncipe de Asturias. Las primeras en conocer la noticia fueron precisamente ellas, Telma y Erika, y ambas supieron guardar el secreto que hizo triunfar esa relación. Quizás quien más difícil lo tuvo fue Erika, afincada en Madrid cuando saltó la noticia, y la primera en ver trastocada la rutina de su vida cuando su hermana se convirtió en futura Reina de España. En palacio recibió Letizia la trágica noticia de su muerte; en Manila la conoció Telma, que no podrá viajar a Madrid hasta hoy. Ambas tendrán que sobrellevar ahora juntas y sin su hermana pequeña un nuevo golpe de la vida.