Lunes, 26 de febrero de 2007
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SOCIEDAD Y CULTURA

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Testimonio escrito
Se publica por primera vez en España 'Una mujer en Birkenau', que narra el horror femenino en el campo de exterminio de Auschwitz
Testimonio escrito
DESESPERACIÓN. Mujeres liberadas de un campo esperan la llegada de las tropas aliadas. /AP
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Una de las preguntas para las que un monosílabo no es respuesta suficiente es: ¿sirve para algo un libro? Hay quien dice que no, más allá de entretener -que a veces ya es mucho- y hay quien dice que sí, por supuesto, aunque para menos de lo que nos gustaría. Puede cambiar una manera de ver el mundo, de pensar, de hacer las cosas. Pero eso suele estar restringido a muy pocos volúmenes. El caso de 'Una mujer en Birkenau' (editorial Alba), escrito por la polaca Seweryna Szmaglewska, aporta pruebas de que, en algunas ocasiones, hay un sí claro. De que hay títulos que sí sirven. A la gente, a la Historia, a la Justicia. Porque este libro es las pruebas. Las de los tres años que su autora pasó en el campo de exterminio, que no de concentración, de Auschwitz. Las de las decenas de torturadores y asesinos que vio, oyó y sufrió. Las de los millones de víctimas que perdieron allí la vida y las de los otros millones que lo que perdieron fue sólo un poco menos que la existencia.

El libro acaba de publicarse por primera vez en España, pero fue editado en el verano de 1945. La escritora polaca (nacida en 1916) lo había terminado el 18 de julio, tan sólo seis meses después de fugarse del campo en el que llevaba recluida desde 1942 por pertenecer a la resistencia. La huida tuvo lugar durante otra de esas barbaridades que aparecen grabadas en los libros de Historia: la evacuación a pie de los prisioneros hambrientos, enfermos, congelados, que acabaría con miles de cuerpos en las cunetas.

El texto fue utilizado por las autoridades para poner nombre y apellido a víctimas y verdugos, para perseguir a los criminales y para saber cómo funcionaba el sistema de eliminación de millones de personas de toda Europa. Szmaglewska testificó en los juicios de Nuremberg. Como tantos otros, sí. Con la diferencia de que su libro fue admitido como prueba ante el tribunal. La polaca continuaría escribiendo especialmente para el público joven hasta el año de su muerte, 1992. Como otros autores que padecieron la misma experiencia, no había más material que éste para hacer literatura. Para qué, si semejantes historias ya parecen imposibles.

Un solo campo que en realidad es una inmensidad de alambradas, barracones y tierra, es el escenario. Los personajes, reales, entran y salen, se dan el relevo para ilustrar el día a día en la máquina de exterminio nazi. Los que entran se irán, pero en las 405 páginas del relato sólo uno lo hará por su propio pie: Maria Bieda, de la que se comenta que ha conseguido llegar a su casa.

Los números ponen la piel de gallina. Seweryna les da caras y existencias propias, pero eso no existe para los torturadores. Son números, primero en los uniformes mil veces usados, sucios y llenos de piojos; después, dado el barullo que forman los nuevos convoyes de prisioneros, tatuados en los brazos. Y cuenta la autora qué ocurre cuando es un crío e incluso un bebé el que lleva el número en la piel, cómo las cinco o seis cifras ocupan todo el brazo. Una marca que sólo puede ser borrada por el fuego del crematorio.

En el campo de mujeres, escribe, había en la primavera de 1942 más de 7.000 personas. En noviembre del mismo año, 24.000. Llegarían a ser muchas más y sus números servirían a las supervivientes para darse cuenta de la voracidad de los secuaces de Hitler. Una mujer perdía de vista durante meses a las que habían llegado con ella al campo, en los mismos transportes. Cuando volvían a reagruparlas, en algún recuento que sólo servía para hacerlas desfallecer, comprobaban que quedaba de su grupo, el de, por ejemplo, las 15.000 o las 30.000, apenas un ciento. De las anteriores, las que inauguraron el campo, como Szmaglewska, a lo mejor sólo una docena, o cinco. Números para la desesperación.

Como el de los metros cuadrados en relación con la cantidad de cuerpos. Ideados en principio como establos, los barracones de Birkenau meten en el espacio pensado para alojar a un caballo hasta 30 personas. 50 compartimentos en cada barracón: 1.500 cuerpos en las épocas de llegadas masivas. Y una no sabe qué es peor. Si demasiadas personas amontonadas, con la transmisión de enfermedades y la lucha por encontrar un hueco; o por el contrario la falta de calor humano en un sitio por el que aire, el frío, la lluvia y la nieve su cuelan cuando quieren.

El tifus es otro de los protagonistas indiscutibles. Miles de mujeres murieron de esta y otras enfermedades antes de que fuera la cámara de gas la encargada de poner fin a sus vidas. Eso no ocurriría hasta 1944, y Seweryna lo cuenta así, en el capítulo titulado Zyklon: «Una noche de repente todo se pone en marcha». Y las prisioneras comprenden para qué sirven esos raíles que han colocado durante meses en una zona muerta y que creían que era sólo una manera de mantenerlas siempre ocupadas, de agotarlas. Pero las vías son para acercar a las víctimas a las puertas de la cámara y después, al crematorio. «No puedes levantar la cabeza y gritar: ¿Os espera la muerte!... avisarlos para que se lancen a los cuellos y ojos de los verdugos».

Edyta Links vio cómo su hermana se dirigía allí con su bebé en brazos y acompañada de su abuela, sus padres y su marido. Toda su familia. Le gritó a Szarika que le diera el niño a la anciana. Lo hizo y en el último momento un nazi la sacó de la fila y la mandó al campo con las que tenían que seguir viviendo. Pero, ¿cómo? Ni siquiera la autora del libro es capaz de explicar qué empuja a continuar, por qué la voluntad de unas es más fuerte que cualquier vejación.

Alegri no aguantó. La judía griega que emocionaba a sus compañeras con una canción en la que llamaba a su madre, murió con quince años. Murió en otoño como las demás mujeres que en el verano de 1943 trabajaban en los humedales. Allí cantaba recordando los buenos tiempos. La entendían. Mamá suena igual en griego y en polaco. «Hay personas que se quedan en tu memoria para siempre. ¿Quién no se acuerda de Alegri?», pregunta Szmaglewska. ¿Sus verdugos?

Zofia conseguía comida para su padre, que trabajaba siempre en la misma zanja y siempre le preguntaba si estaba bien de salud. Arrestada y torturada, se abrió las venas de noche en su celda. A la mañana siguiente se despertó. Vivía. Así que cuando el guardia se asomó a la mirilla, ella ocultó la sangre con su cuerpo. Volvió a intentarlo. No lo consiguió. La gente que hacía lo posible para matar a millones de personas le salvó la vida y la devolvió al campo amoratada.

Licy, una adolescente judía de Eslovaquia, canta y baila con los zapatos relucientes que acaba de quitarle a otra chica judía que ha desaparecido en la cámara de gas.

La joven belga que se pasó todo un día diciendo, desde la fiebre, «mamá, la muerte se acerca», fue muerta a golpes por una vigilante. No hay un nombre para ella.

 
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