El derribo comenzó hace diez meses y todo hacía indicar que los cabos estaban bien atados. El viejo edificio de la Tesorería de la Seguridad Social, ubicado en la plaza del Carmen, empezaba a ser demolido para, en su lugar, construir otro nuevo, moderno y funcional, capaz de dar la mejor cobertura posible tanto a los funcionarios, ahora desperdigados por la ciudad, como a los usuarios. Se hicieron entonces los estudios previos del terreno, se fijaron los plazos y los presupuestos, pero no se contó con los caprichos de la mar.
En el subsuelo del viejo inmueble, como en todos los colindantes, antaño llegó el agua de mar y, con ella, las algas y otros restos, que han dejado un sedimento orgánico, una turba, que obliga a un especial tratamiento de la cimentación de los edificios, sobre todo si se trata de ganar en profundidad para hacer plazas de garaje en el subsuelo, como es el caso de este inmueble.
En diciembre concluyó la demolición del viejo edificio y, desde entonces, la obra está parada. La realización de dos nuevos sondeos sobre el solar, ya limpio, descubrió, para asombro de los técnicos, que la veta de este material orgánico, de casi dos metros de anchura y absolutamente inestable para apoyar sobre ella todo el peso de la losa del inmueble, tenía una dirección descendente en apenas unos pocos metros lineales de distancia.
Aumento de presupuesto
La consecuencia es que la empresa Alcuba, encargada de la obra, ha tenido que poner en marcha un nuevo estudio de cimentación, basado en micropilotajes, que estará concluido en breve. Ello supondrá un mayor coste para la obra, que tendrá que ser sufragado por la Seguridad Social, destinataria final del inmueble, pero también una mayor garantía en la construcción del edificio. De cualquier forma, la conclusión inicial es que no se podrán reanudar los trabajos hasta dentro de uno o dos meses y, finalmente, serán concluidos para la primavera o el verano del año 2009.
¿Cuál fue el origen de este problema? Según explicó a EL COMERCIO el jefe de obra de la empresa Alcuba, César González Antuña, todo el trabajo previo se hizo con la mayor profesionalidad. El sondeo para conocer las características del terreno antes de derribar el anterior inmueble, se hizo en el portal, casi el único lugar realmente disponible para ello. Ahí se detectó la presencia de la turba, de estos limos orgánicos de color negro, muy flojos y con un fuerte olor a materia orgánica, a 5,90 metros de profundidad y con una capa de espesor hasta los 7.50 metros.
Muy típico de marisma
No había problemas con esos datos, ya que se iba a profundizar hasta ocho metros para hacer las dos plantas de garaje y se podría sacar ese material y colocar la losa sobre la arena, como estaba previsto. El problema surgió cuando, en la segunda cata realizada, la capa orgánica descendió hasta un nivel bajo tierra entre los 6.50 y los 8.45 metros, para luego volver a ascender a una cota entre los 6 y los 7,45 metros, describiendo una especie de 'u' entre la arena, como un imaginario 'bocadillo', que obligaba a reafirmar la cimentación.
Nada hacía pensar esa trayectoria irregular de la veta del material orgánico, muy típico de una marisma, en una franja de terreno tan pequeña, como en el solar de la plaza del Carmen. Con las cosas en este punto, la empresa ha optado por aplicar un sistema de micropilotaje para sostener la losa, anclada a la piedra, que se encuentra a unos 16 metros de profundidad. Los micropilotes tendrán sobre ocho metros de altura y serán los que garanticen la total seguridad del edificio.
Además, por toda la circunferencia del solar, se colocará una pantalla de hormigón desde el nivel de la acera hasta la misma piedra del subsuelo, como otro elemento más de seguridad. En 1956, cuando se levantó el edificio anexo al ahora derribado, ya quedó documentada la dificultad que ofrecía el terreno. Este problema de la turba, según parece, también lo sufrió la obra del nuevo edificio de Hacienda en la calle de Rodríguez Sampedro, y conllevó su considerable retraso.