ES posible que aún queden posos repletos de una hiel milenaria de dominación, de cuando, como macho, arengadas al clan y la caverna, era el lugar perfecto donde ajustar las cuentas y aplastar a las hembras, a las que subyugabas con gritos guturales y poses de triunfo.
Pero la historia no ha pasado en vano; las calles y las fábricas no se han teñido en vano de sangre de mujer, esa con la que festejamos nuestro día cada marzo y que a ti te parece esperpento y folclore, un día para caza mayor acodado en la barra con la pose simiesca que te hilvana a la especie del eslabón en el que te quedaste hace ya tiempo (no te va a librar nadie, el proyecto Gran Simio, no contempla tu especie).
Es posible que aún te aferres a la banda sonora de tu vida, llena de coplas con el desespero de mujeres rasgadas y hembras caedizas, que pliegan sus encantos al olfato del macho y se mueren de amor, de drama o de tequila, y pienses que la vida es un mariachi, o un bolero tontuno, o una milonga arriera, preso número nueve del la maté con faca y con honor de hombre, porque mía o de nadie, o que pienses que es cierta esa canción de crápula que sostiene que, a veces, «hay mujeres que dicen que sí, cuando dicen que no».
Que todas parezcamos a tus ojos abyectos y tus carnes de macho plegadas a tus pies como las libertades que nos niegas a golpes, no te da ni valor ni, por supuesto, honor, aunque rían las hienas del bar y te jaleen la apostura chulesca con que lidias a la hembra.
No somos la ruleta a la que juegas siempre, a impar, dolor y rojo, ni la cama en que abrevas tu sed de sexo alcohólico. No está escrita la historia, la dura historia de mi género (que no te ponga cachondo el adjetivo) para que tú la pises y te cisques en ella sin motivo.
¿Qué sabes tú de mí? Tú que confundes la falda con deseo, la minifalda con el puterío, que crees que si te miro es un sí claudicante, que puedes acosarme, rozarme cuando pasas, que a mí me pone tibia y hasta húmeda tu aliento.
¿Quién te enseño la historia equivocada, en qué página hueca te quedaste, qué manual no leíste a su debido tiempo, qué troglodita te llevó a los parques, en qué colegio te apuntó tu padre, qué grano te salió en la adolescencia que te tapó algo más que la nariz?
¿Dónde se te quedó atascada la llave que abre las mentes a las libertades, qué cuentos te contaron, si siempre fuiste el lobo, si te va soltar baba con un whisky on the rocks entre las manos, si crees que a los catorce soy una gacelilla en busca de aventuras y refugio, lolita en desespero de tus brazos maduros, a los treinta una hembra insatisfecha (a la que, por supuesto, tú dejas satisfecha, exhausta y deseante) y a los cincuenta tiemblo cada vez que tú pasas como el último tren hacia mi sexo?
¿Cómo vamos a hacer que te des cuenta que cuando digo no, es que digo que no? No creas la semántica diferencial de género, no creas en la doble acepción del vocablo entre los de tu especie.
¿Qué grafía, confundes, qué letra no adivinas, qué fonema no entiendes del monosílabo?,
¿O es acaso ese timbre en que lo digo, la intensidad, el tono, la altura insuficiente?, ¿o es quizás el contexto, la luz del rouge, el brillo de los labios con los que crees que miento y desespero, con que tú entiendas otra cosa que el no?
Así que, ya lo sabes, cuando decimos no, cuando te digo no, no hay posibilidad ninguna de que el significado sea otra cosa que no.
No me escribas, no esperes, no me acoses, no tengas la mínima esperanza y, sobre todo, ¿imbécil!, ni me llames al móvil, ni me mandes mensajes.