Los carteles de 'Liquidación total por cierre' sorprendieron a los ciudadanos que paseaban ayer por el centro. Incluso a miembros del gremio de joyeros, que dijeron no saber nada. Casaprima cierra después de casi cuatro décadas de actividad del negocio de Uría. Porque la historia de la conocida casa comenzó mucho antes. Tras trabajar como ayudante en varios establecimientos, Adolfo Casaprima Álvarez abrió su primera tienda en la calle El Rosal en 1945. En 1968, inauguró una nueva, en un lugar señorial y popular, el número 1 de Uría, coincidiendo con la construcción del edificio donde se ubica.
Quizá su popularidad o las piezas de alta calidad que vende jugaron en su contra y sirvieron de reclamo para los ladrones. Casaprima baja la trapa definitivamente porque la familia propietaria está «cansada» de jugarse la vida, de la inseguridad. «Estamos hastiados de trabajar décadas para ladrones, jugándonos la vida. Nadie te protege». Adolfo Casaprima es uno de los hijos del fundador. Él no trabaja allí, pero es uno de los propietarios junto con sus cuatro hermanos y su madre.
La decisión fue «muy dura», después de tantos años de cara al público, pero meditada. Mantuvieron una reunión familiar para discutirlo y dieron el paso. «No podemos vivir así. Cada vez que salías de viaje, te encontrabas con una sorpresa. Y no puedes estar siempre en vilo».
Adolfo Casaprima hijo calcula que, desde 1972, han sufrido «siete u ocho robos, varios a mano armada». En el penúltimo, en noviembre de 2005, unos atracadores rociaron con un aerosol de gas lacrimógeno a los dependientes, adormeciéndolos, y huyeron con el botín, varios relojes de gran valor. Sus compinches les esperaban a la puerta con motocicletas para emprender la huida. Horas después, el fundador falleció a consecuencia de una enfermedad.
¿Desencadenante?
Sólo habían pasado dos meses, y un robo a plena luz del día y en la calle Uría fue la puntilla al histórico negocio. Con un BMW y marcha atrás, los 'cacos' rompieron el cristal, se llevaron las joyas y huyeron. A día de hoy, no hay rastro de ellos.
El negocio puede recuperarse económicamente de estos ataques. Pero la falta de seguridad es un problema insuperable, según aclaró Casaprima. Ya sugirió entonces un posible cierre, que ahora se ha confirmado.
Una vez tomada la decisión, sólo queda liquidar las existencias. Calcula que, para el verano, ya no quedará nada en las cámaras de seguridad. Entonces llegará la despedida. Sólo quedará alquilar o traspasar el local, en un lugar envidiable de la ciudad. Y el relevo: uno de los cinco hijos del fundador seguirá adelante con el establecimiento de El Rosal, del que es propietario.