Es posible, es necesario y además impostergable, que se estabilice el patrimonio industrial de Avilés ciudad y su comarca. Estabilizar significa protegerlo, dejar de destruirlo, so pretexto de urbanizar, acondicionar y gestionar terrenos industriales. El proceso de restauración de cualquier memoria histórica perdida, pasa por ponerla en valor. Este proceso es complejo, lo deben desarrollar los expertos, los que conocen el valor de los bienes, de los vestigios. Son estudiosos, académicos, investigadores y especialistas en arqueología industrial, arquitectura o en historia de la ingeniería, ellos son los que se deben descubrir los secretos guardados que subyacen en las factorías, en las infraestructuras y en los complejos industriales. Y esos secretos unidos a su singularidad, son los elementos argumentativos que deben esgrimir estos expertos ante las administraciones, ya que estas son las últimas instancias, en las que recae la protección de los bienes del patrimonio histórico o natural.
Hasta aquí todo parece sencillo y racional, pero no olvidemos que los bienes de nuestro patrimonio industrial, están asentados en terrenos. Los terrenos industriales son codiciados por un sector de una voracidad inusitada, el sector inmobiliario. Esto deja a los vestigios industriales en un limbo de indefensión legal, ante los afanes de la piqueta de algunos ayuntamientos. Mientras en otras partes del mundo el patrimonio industrial se protege y genera riqueza, como es el caso de Parque Fundidora en Monterrey México, Zollverein en Alemania o Ironbridge en Inglaterra, aquí aún peleamos para que no derriben los últimos vestigios de lo que representó el pasado industrial de Avilés. Mientras que nadie cuestiona la necesidad de proteger y restaurar los vestigios del prerrománico, o la singularidad de un edificio que construyó un indiano a principios del diecinueve, de dudoso gusto estético que más parece un pastelazo kitsch de boda, que una pieza del patrimonio histórico destacable, pocos son los que saben apreciar el valor del patrimonio industrial.
Si ya es difícil meterse a valorar un bien tangible, que se salga un poco de los parámetros estéticos y de relatividad social, antropológica y económica, de lo que podríamos llamar episodios históricos oficiales, más aún lo es hablar de bienes del patrimonio industrial intangibles. Pero, quién podría establecer la importancia de los bienes intangibles del legado industrial del desarrollismo español. Me refiero al testimonio vivo de la cultura tecnológica de Ensidesa en Avilés. Este es el caso que nos ocupa hoy, establecer el verdadero valor, que hay en los bienes del conocimiento tecnológico que se hayan guardados y custodiados en la memoria personal, de los que vivieron y protagonizaron la historia de la industria siderúrgica en Avilés y su comarca. Yo soy de la opinión, que como sociedad estamos cometiendo un error grave con Ensidesa. Quizá por razones nobles, pero con nefastas consecuencias, Avilés ha querido erradicar aquella imagen de ciudad contaminada que la caracterizó durante decenios. Pero cambiar de imagen no implica volvernos amnésicos.
Todos sabemos que en esta historia industrial, hay algunos episodios sórdidos de la época del desarrollismo franquista, cuando una gestión depredadora de los recurso naturales y cómplice del tráfico de influencias, enriqueció a una banda de pícaros del montaje industrial, pero no podemos volvernos amnésicos. Si condenamos al olvido todo nuestro pasado, como decía Lao-Tse, perderemos lo que hay de bueno en todo mal. Olvidar voluntariamente el pasado es un pésimo recurso para cambiar la historia. Desde el psicoanálisis individual al colectivo, nuestra huida hacia delante no logra escapar de las consecuencias, ni de las neurosis, que nos perseguirán hasta darnos alcance siempre, tarde o temprano acaban por aflorar y los cadáveres salen del armario. Ensidesa aportó muchas cosas buenas para Avilés y negarlo es querer tapar el sol con un dedo, trajo una importante inmigración, con el evidente mestizaje enriquecedor de las endogamias astures. También aportó una cultura de trabajo que modificó las relaciones laborales, sindicales y sociales en la zona de influencia. Ensidesa creó un centro de conocimientos tecnológicos sobre la siderurgia y sus sistemas productivos coadyuvantes, que en su momento de apogeo fue pionero en España.
Los conocimientos y las experiencias profesionales de las mujeres y los hombres que escribieron esa parte de nuestra historia industrial, fueron y aún son apreciadas por muchas universidades y plantas siderúrgicas repartidas por todo el mundo. Sería una irresponsabilidad injustificable, por nuestra parte, que cayera en el olvido todo ese saber hacer, ese bien intangible. Nos sorprendería saber la valoración que hacen expertos internacionales en ingeniería, del enorme caudal de datos, información y procedimientos, que en torno al mundo de Ensidesa se generó. No imaginamos el nivel, la calidad, el reconocimiento y el prestigio internacional que tuvieron. Ensidesa fue durante mucho tiempo la universidad de la siderurgia nacional, porque desde su fundación hasta hoy, los responsables de la producción enfrentaron retos y problemas tecnológicos con tal éxito, que los cálculos que realizaron para determinar con precisión muchos de los procesos de fundición y laminación, siguen siendo hoy válidos y estudiados en todo el mundo.
Omar Fernández Ramos es promotor cultural y secretario de la asociación Amigos del Centro Niemeyer.