Rubén, Javier y Jorge. Así llamarán los feligreses, a veces con un 'padre' o un 'don' delante, a Rubén Díez García, Francisco Javier García-Cuevas Alfaro y Jorge Luis Fernández Cuesta. Los tres dejarán de ser diáconos hoy, a las seis de la tarde, en la Catedral para convertirse en sacerdotes de la Iglesia de Asturias. «Son los primeros curas ordenados desde que el sínodo diocesano está convocado», destaca Jaime Díaz Pieiga, rector del Seminario de Oviedo, quien ha compartido con ellos los últimos cinco años.
Si en literatura hubo una 'Generación del 27' y en los 90 una 'Generación X', entre los católicos ahora se estrena una 'generación sínodo': tres curas de la nueva hornada que trabajarán en una Iglesia inmersa en un proceso de revisión. «El sínodo significa mirar para adelante, la Iglesia va a reflexionar sobre ella», apunta Rubén, el más joven de los tres hombres que hoy se ordenan. Tiene 24 años y adora la música, un arte para él íntimamente unido a la vocación religiosa.
«El sínodo es muy importante, marcará pautas para los próximos 15 años y los que empezamos ahora pondremos en juego lo que salga de él. Si no se hiciera ahora, sería un error grande», reflexiona Jorge, que cantará misa con 43 años cumplidos. Porque en el siglo XXI, los curas jóvenes no tienen por qué ser de veintitantos. Francisco Javier, por ejemplo, tiene 46, ha sido diácono en San Juan de Ávila (Avilés) el último año y dice con timidez que prefiere no conceder entrevistas. «Si no entras en el seminario de jovencín dicen que tienes vocación tardía, pero no es así. La vocación es cuando llega, no tiene edades», precisa Jorge.
«No es un puntazo»
Él recuerda el momento exacto, el día veraniego que el que sintió «el primer toque». Dice que fue el 4 de agosto del año 2000, mientras estaba haciendo unos ejercicios espirituales en Salamanca. Según el calendario litúrgico, se celebraba la festividad del Cura de Ars, patrono de los sacerdotes. «A lo mejor suena sobrenatural o místico, pero de repente sentí una voz, un sentimiento, una intuición, una llamada que me dijo 'Jorge, cura'. Tenía 36 años y pensé que ya no tenía edad para esas cosas... En 25 días hice discernimiento y llamé a la puerta del seminario».
Dentro del enorme edificio situado en el centro de Oviedo, Jorge estudió durante seis años junto a cinco compañeros, aunque hoy se ordenarán tres. Uno falleció, otro abandonó. «Como edificio, sí, se nos está quedando grande sólo para seminaristas», admite el rector del centro. Entre sus muros no sólo se forman futuros sacerdotes, también hay espacio para médicos y comunicadores en ciernes. Los seminaristas mayores estudian filosofía, antropología, historia de las religiones, ética, cosmología, psicología, latín, griego, teología, cristología y eclesiología; asignaturas muy distintas a las que había cursado Jorge en León para obtener el título de Perito Agrícola.
Nacido en Navia y criado en Avilés, el hasta ahora diácono en la iglesia de San José de Gijón no vivió siempre en Asturias. Además de en León, estudió en Madrid. Regresó al Principado para trabajar y Luego volvió a León para hacer Ciencias Ambientales. «No se pueden comparar los estudios eclesiásticos con una carrera civil. Esto se hace difícil porque es abstracto, las asignaturas te cuestionan muchas cosas por dentro; sin embargo, el cálculo no te afecta a nivel personal», apunta.
¿Hay que estar muy convencido para meterse cura en un tiempo de crisis de vocaciones? «El problema es de crisis de cristianos, no de vocaciones. Cada vez hay menos gente creyente. Por eso los futuros curas tenemos que saber comunicar que Jesús de Nazaret sigue siendo una buena noticia en el siglo XXI, en un mundo cambiante con una cultura desquiciante... En eso es en lo que trabajará el sínodo», subraya Jorge.
Sus familiares estarán hoy con él, para ver su primera consagración en el altar de San Salvador. «Les avisé en una reunión familiar. Somos seis hermanos y cuando dije que iba al seminario hubo reacciones de todo tipo. Algunos me dijeron que era un error, otros que se veía venir... Pero todos respetan mi decisión. Soy un hombre curtido, llevo 20 años dando vueltas por el mundo y esta es una decisión tomada como adulto, no es un puntazo».
«Es lo que quiero»
Pese a su juventud, Rubén Díez García considera firme su vocación. «Entré en el seminario en el 96, a los 13 años. Mi vocación surgió en Pravia por dos factores: el primero, que mi familia es cristiana y el segundo, el contacto con los sacerdotes que había allí, sus ganas de ayudar a los demás». El discurso del hasta ahora diácono de 24 años de San Lorenzo (Gijón) es ordenado, como sus ideas.
A los 16 años, ya dentro del seminario menor, empezó la carrera de Órgano en el Conservatorio de Oviedo. «Encuentro una espiritualidad muy concreta del sacerdocio en la música», asegura. Por eso, hoy regalará dos composiciones a sus compañeros de seminario, estudios y ordenación. Sabe que ellos le entienden porque han pasado por lo mismo, conocen las dudas que el sacerdocio puede despertar.
Rubén no se siente un 'raro' cuando coincide con sus coetáneos. Dice que no hay incomprensión en otros jóvenes de su edad, ni en su Pravia natal ni en las clases del conservatorio. «Al principio, a mis amigos les pareció extraño, pero era muy joven, tenía 13 años. A mis compañeros del conservatorio no les parece raro en absoluto, ven que soy una persona cercana, descubren que esto es lo que quiero, que siempre he estado convencido».
¿La convicción nunca ha dejado hueco a la duda? «Tanto como dudar... Hay momentos de dificultad en los que uno tiene que descubrir si está en su sitio, si éste es su sitio», explica Rubén. Sabe que su hermana y sus padres estarán hoy en la Catedral, para acompañarle. A él le gustaría «ser transparente, un ejemplo para los demás, una persona normal, cercana y sincera, con la que compartir alegrías y tristezas».
Para Rubén, en esas claves radica la esencia del sacerdocio en estos tiempos. Asegura que «en San Lorenzo, gracias al párroco Herminio Llaca, los jóvenes se han acercado a la Iglesia» y opina que «el sínodo, además de ser importante por los cambios y la rapidez con la que la Historia avanza, es necesario para que el Concilio Vaticano II se aplique más».
Según el rector del Seminario, «un cura del siglo XXI debe tener coraje, porque evangelizar no resulta fácil». Jaime Díaz añade que «ahora hay nueve seminaristas en el seminario mayor, sin contar los diáconos, y diez en el menor cursando la ESO y otro que estudia segundo de Bachiller». El arzobispo de Oviedo, Carlos Osoro Sierra, ha querido que el rector sea también secretario general del sínodo y conoce bien los retos de futuro: «Nuestra misión va a ser ilusionante y también fatigosa».
«Como en todas las cosas en las que intervienen personas, no hay nada que sea milagroso, un remedio definitivo, como no lo fue el Vaticano II, pero espero que sirva para que muchas personas se centren», augura Jorge Luis Fernández Cuesta, antes perito agrícola y amante del campo y, a partir de hoy, día de Pentecostés, ante todo, cura. JAIME DÍAZ
RUBÉN DÍEZ
JORGE LUIS FERNÁNDEZ