DE las anteriores actuaciones de la Ópera de Cámara de Varsovia en el teatro Jovellanos conservo la impresión de unas de un nivel medio bastante aceptable, incluso con cierta capacidad de sorpresa. Un Cherubino que, de repente, emociona en una versión correcta y de tonos planos, un barítono que despunta o una determinada escena que sorprende. El jueves, estas tintas medias, estas capacidades de sorpresa que conserva una ópera pobre pero digna, se cambió en una abierta decepción. Lo siento, pero este Rapto está no sólo por debajo del genio de Mozart, sino también muy atrás de las dignas representaciones del equipo que dirige Stefan Sutkowski.
Pasemos por alto una escenografía neutra, unos movimientos escénicos opacos para centrarnos, primero en las cosas negativas y luego en las que mejor resultaron. Entre las negativas, las voces no eran las adecuadas, y no por ser malas, sino por inapropiadas. El papel de Constanza requiere una soprano de registros dramáticos, pero al mismo tiempo con exigencias en los agudos y con una sobresaliente capacidad belcantista. Estas dificultades se manifiestan en el aria de bravura del segundo acto en la que Constanza dice que ni con todo tipo de martirios y torturas -'Marten aller arten'- conseguirá su amor el Pachá. En los registros medios, la soprano A. Kozlowska estuvo pasable, en los agudos, deshilachados, rotos, forzados y ásperos, fatal. Respecto a T. Krzysica en el papel de Belmonte, desde su arieta de presentación quedó claro que tanto el volumen de su voz como la capacidad respiratoria para redondear el fraseo no eran los adecuados. Entre los cantantes, el barítono Kordykjalik, en Osmín, fue, dentro de una media discreción, lo más salvable.
El rapto en el serrallo fue, y siento decirlo, el rapto de Mozart. Una representación un tanto estática, deficiente en la interpretación y excesivamente sobria y seca en la ambientación. Lo menos malo los coros del final del primer y tercer acto, que pese a sus limitaciones pusieron una nota de color y alegría, y la dirección orquestal, que aunque fue un tanto plana en matices e intensidades se llevó con naturalidad y con color. Al menos, un consuelo.