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AVILÉS - GIJÓN - OVIEDO | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Viernes, 10 febrero 2012

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Razones para un tango

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PROPONGO un ejercicio. Yo lo hago algunas veces. No salga usted de noche, sino de madrugada; pongamos a las seis de la mañana; impecable, con el olor a cama y el perfume del agua corriéndole la piel. Transite suavemente: Muro de San Lorenzo, Barrio Alto (esa Alfama local que es Cimavilla), regrese por el puerto, piérdase por el Carmen y a casita, pero que no haya prisa en lo que hace.

Deje que le rebasen los ojos del borracho de turno que no atina con el último cigarro de su vida, el que jura banderas de nadie y peregrina buscando, no la casa, sino el lecho que lo reciba como un catafalco donde morir un rato hasta que llegue el día, que habrá de venir luego a redimirle. Si le dejan los garrulos de la raya y la rula, y todos los analfabetos del 'botellón', asómese a su vida, y si le ocurre que un tango viejo (casi de gramola) se le sube a la boca, con prudencia, deje que se deslicen los acordes, fínjase bandoneón y haga memoria. ¿Por qué cantar un tango?

Señor mío, un tango no se canta, un tango raja; no hacen falta razones para un tango, pero, si necesita saber por qué le asedia el jodido Le Pera o el perro de Discépolo, basta un poco de historia, un poco de la suya y de la mía, colectiva. Siglo XX, pongamos por ejemplo (cien años muy cabrones, cambalaches de todas las derrotas). Y si no halla razones, piense en éstas.

Por la turbia tristeza del alcohol que navega en los mares de la literatura, Simbad o el capitán Ahab, que usted leyó de niño, una noche de Iguanas y de muerte, de la que no ha conseguido redimirse.

Por la desesperanza de los posos del bourbon en Kentucky, las cuatro rosas del mal en el turbio fortín de unas caderas antes de pelear en Midway.

Por la ignominia que se sentó a la mesa del yankee, bebiendo whisky a solas, mientras soñaba los ojos de una niña vietnamita, en las radas oscuras del puerto en un Saigón, alcohólico, y nihilista, ebrio de sangre de los últimos días.

Bajo el alambre de espino de sus ojos atlánticos que atrapan al gorrión de sus últimos gestos antes de sucumbir a la deriva en este campo de refugiados que es siempre el mismo bar anclado en la noche para los expatriados de la duda.

Por la irredenta costumbre de apurarse hasta las heces, como Li Po, ahogándose de luna en los estanques. Calle arriba en la Alfama, muriéndose de amor (no lo recuerda), asesinado por los fados de Amalia, los tangos de Gardel, las mornas de Cesárea, el chavelazo lésbico, la tristeza de Brel, en la tasca más triste, donde hace tiempo ya olvidó alcanzar el tranvía del retorno a la nada.

En la noche terrible en Sarajevo, cuando Mirko dormía abrazado al cadáver de su madre asesinada por francotiradores y unos niños jugaban a jurarse amor eterno con las venas abiertas porque no había esperanza. Al bajar una a una las gradas de Mauthausen, una gota de vodka por las heridas de los sacrificados en la desesperanza, mientras la orquesta de violines judíos despide el tiempo de la redención con un poema de Paúl Celan.

Por la turbia mirada del río en que el poeta decide ayudar a la muerte, mientras el Sena pasa de largo por un escote de celuloide y raso.

Por las tiras de piel de las muchachas en Hiroshima, por las violadas por las hordas terribles de Vladik y Milosevic, por todas las niñas ninfas de Ciudad Juárez asesinadas con la anuencia de la Coca-Cola y Mister Shell. Por la violenta flor de exilio que le arranca a estas horas terribles de ser hombre. Porque la noche tenga escudillas de vino y luna en la pared proscrita, y usted tenga el vapor de la vida y el color dulce y seco de la melancolía de unos ojos cauterio que acuden a la herida.

Por las preposiciones de la duda, y muchas cosas más, no me diga que no hay razones para un tango.

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