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Bob Dylan: el poder de las canciones

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COMO melómano y, más aún, como director de la SGAE en Asturias, siempre he admirado el talento de los escritores de canciones. Artesanos capaces de sintetizar sentimientos universales en 3 ó 4 minutos y unas pocas estrofas. Catalizadores de emociones; pescadores de historias que todos hemos vivido o imaginado, aunque entonces no pareciesen especiales. ¿Cómo no quedar fascinado con la poesía de Serrat, Sabina, Aute o nuestro Víctor Manuel? ¿Cómo no amar a Bob Dylan?

Como artista, Dylan es paradigma de independencia: jamás se dejó gobernar. En los primeros años 60, cuando escribía canción protesta, organizaciones humanitarias y defensores de los derechos civiles lo invitaban a sus mítines y él desdeñaba a quienes ahora tienen su edad para dirigirse sólo a los jóvenes. Poco después, harto de su condición de gurú y activista, abandonaba los textos políticos y electrificaba su sonido, soportando insultos y abucheos de gran parte de sus seguidores. A finales de los 70, abrazó el catolicismo y escribió canciones como salmos, de nuevo tomando el camino más arriesgado. Hace muchos años ya que Bob Dylan va por libre, tocando sin parar por todo el mundo (en los 90 visitó Gijón por dos veces) y reinterpretando sus clásicos de modo que, en ocasiones, resultan hasta irreconocibles. Ningún contexto consigue que le tiemble el pulso; su único compromiso es consigo mismo y con su obra. Porque Dylan compone por genio, por instinto; como una herida que sangra o una fuente que mana.

Fruto de esta pasión es un repertorio que, sin duda, ha cambiado nuestro modo de concebir la música en las últimas cuatro décadas y media. 'Blowin' in the wind' (1962) es un monumento, como Las Meninas o la Torre Eiffel. Su mensaje pacifista ilustró la Marcha a Washington de Martin Luther King y sigue siendo recitado en manifestaciones solidarias de cualquier color o finalidad, en cualquier país del mundo. Con muchas de sus grandes canciones, Bob Dylan logró contar en unos versos inspirados aquello para lo que otros han necesitado cientos de páginas, metros de partitura o incluso sus vidas enteras: una historia, un mensaje capaz de emocionar a millones de personas de procedencia y condición diversas. Algunas de las cuales, quizá, desconocerán incluso al autor.

'The times they are a-changin'; 'Knockin' on Heaven's Door'; 'Mr. Tambourine Man'; 'Like a rolling stone'; 'Hurricane' El repertorio de clásicos de Bob Dylan es tan generoso como exiguo su ego. Cuando el difunto Jimi Hendrix escuchó 'All along the watchtowe'r (que Dylan publicó en 1967), decidió grabar su propia versión. Al llegar a sus oídos aquello, Bob reconoció de inmediato que su partitura había ganado muchísimo en manos de Hendrix. Consecuente y responsable, cambió todos los arreglos de aquella pieza, considerada por su público un himno. Finalmente, ese es el mayor poder de un compositor (su mayor derecho, también): decidir la suerte de su obra.

El cancionero de Bob Dylan es un ejemplo claro de la influencia de la música en la era moderna. Un creador puede entretenernos y hacernos la vida más amena, pero también emocionarnos o provocar nuestra reflexión. ¿Qué más decir? Es para la SGAE un honor gestionar en España los derechos de tan crucial repertorio. Es un gusto muy especial para la entidad que represento y para mí, como melómano y asturiano, celebrar hoy este Príncipe de Asturias de las Artes en reconocimiento al talento y las canciones de Bob Dylan. Sin duda, uno de los grandes autores de nuestro tiempo.

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