Como ser social, no se puede culpar a Gadner por engendrar un síndrome que recoge la visión más patriarcal de la sociedad, donde las mujeres, hijas de la pérfida Eva, obran a imagen y semejanza de ésta, manipulando a los vástagos del pobre Adán, símbolo de la estupidez supina al que hoy en día se le sigue representando en la religión publicitaria como un ser incapaz de poner a funcionar ni siquiera una lavadora.
Como ser social, tampoco se le puede culpar de intentar ganarse la vida asumiendo la defensa pericial de individuos acusados de malos tratos y pederastia. Para esto último, el psiquiatra teorizó sobre las relaciones íntimas entre una persona adulta y una menor, interpretando que representan una opción sexual más, aun cuando esté criminalizada por la sociedad (en su opinión, inmadura y en vías de desarrollo moral).
Como profesional, sus teorías no existen. El DMS IV (Diagnostic and Statitical Manual of Mental Disorders) y el CIE 10 (Clasificación Estadística Internacional de Enfermedades y otros problemas de salud) no admiten en ningún caso la existencia de tal síndrome, entre otros motivos porque entienden que las evaluaciones realizadas a quienes supuestamente son víctimas del SAP no demuestran ni siquiera en un 2% que los síntomas que presentan los y las menores tengan relación con una pretendida manipulación de la madre. Y digo de la madre porque el SAP fue rebautizado como Síndrome de Medea (Wallerstein y Jacobs) o Síndrome de la Madre Maliciosa (Turkat). Resulta obvia la orientación ideológica que impera en estas pseudoteorías: aquélla que establece que hombres y mujeres somos, antes que elementos sociales, juguetes rotos de la genética, seres defectuosos incapaces de sobreponernos a nuestros instintos básicos. ¿Cómo va a desprenderse una mujer de la maldad que la precede desde el inicio de los tiempos? Hablamos de esas mujeres que hoy son profesionales competentes, ganan sueldos de mayor cuantía que sus parejas, tienen relaciones sociales más allá de un aburrido o atormentado matrimonio y un buen día deciden volar en soledad. No, eso es impensable. Como dicen los acólitos de la denominada Hermandad del Valle de los Caídos, las mujeres hemos sobrepasado la línea que distinguen libertad y libertinaje y comenzamos a usurpar el lugar que por naturaleza corresponde a los hombres, creando en éstos tal confusión que no saben qué papel adoptar.
El problema de fondo es la destrucción de la familia tradicional, el reducto conservador que establece dónde está el sitio de cada quien. Por eso, los sectores más reaccionarios de nuestra sociedad aplauden los desvaríos que un desequilibrado propagó por los años 60 en los Estados Unidos y que nos llegan en este momento como si de un novedoso descubrimiento se tratase, cuando en realidad son los despojos de una sociedad en permanente crisis, que lleva décadas intentando resolver los grandes males que genera.
Ahí reside el 'savoir faire' norteamericano. Nos convertimos de manera gratuita en elementos experimentales de un virus que también está llamado a crear confusión en el sistema judicial. La cosa es grave, porque en Asturies ya se han emitido sentencias donde la judicatura determina las custodias de menores en función de las evaluaciones de los equipos psicosociales o, lo que es lo mismo, se beatifican las opiniones de profesionales que en la mayoría de los casos no son especialistas clínicos. ¿Cómo es posible que jueces y juezas de familia acepten algo que la ciencia ni siquiera se para a considerar? No puede ser que el 'backclash' nos esté llegando de manera tan contundente, penetrando en un sistema judicial que debería proteger los derechos fundamentales y los bienes de protección jurídica. Y aunque parezca extraño en los tiempos que corren, las feministas asturianas sabemos reaccionar y nos hemos unido en una plataforma para combatir tal desatino.
El problema final son los y las menores. La manipulación a que son sometidas sus vidas los hace aún más débiles. Escucharles e interpretar sus palabras puede llevarles a un callejón sin salida, porque si dicen que no quieren ver a uno de sus progenitores (si reconocen que les provoca miedo, si no se dirigen a él o ella de manera cariñosa, si rechazan el contacto...) es visto como un indicador de que están siendo víctimas de un lavado de cerebro por parte del otro progenitor, que trata así de vengarse de su ex pareja. Y si no lo dicen, se interpreta que pueden estar ocultando una situación de maltrato o abuso. Corren el riesgo de ser arrebatados de todo aquello que conocen como familia, de no volver a ver a sus madres en un periodo de tiempo excesivo.
Intentemos operar con la mayor objetividad posible, haciendo del rigor un elemento presente en todo proceso judicial, donde no se menoscaben los derechos que tanto nos ha costado conseguir a las mujeres. Unos derechos que protegen no sólo al género femenino, sino también al masculino.





