Qué seres más extraños y poderosos estos, porque seres son, por más que ni respiren ni suden ni exijan ni alboroten. En una buena medida somos como somos por lo que sabemos, y sabemos lo que leímos. O sea, por los libros. Si nos quitasen todo lo que hemos aprendido en ellos, ¿qué quedaría de nosotros? ¿A qué grado se reduciría nuestra concepción del mundo y hasta nuestro modo de estar en la vida, incluso en el simple ejercicio profesional? Ya dijo alguien que el destino de muchos hombres depende de que haya habido una biblioteca en su casa paterna. Sólo el libro posee el fascinante don de permitirnos vivir en conversación con los difuntos y escuchar con los ojos a los muertos. Quevedo.
El libro incita, excita, suscita, mueve y conmueve, hace reír y llorar, cambia amarguras por licor suave, ilumina, enseña, muestra y demuestra, puede fortalecer la fe o someterla a la razón, da alas a la imaginación más gris, suaviza soledades y abre ventanas con vistas de lejanos horizontes. Salvaguarda nuestra capacidad de fantasía sin que ninguna imagen prefabricada condicione la que hemos elaborado en nuestro interior. En el libro, los escenarios y las caras de los personajes son como uno quiere que sean, y no como quiera un señor de Hollywood. El libro es silencioso y permanente como ningún otro amigo puede serlo. Y además, tremendamente poderoso. Libros ha habido que han cambiado la forma de pensar de la humanidad, pero bástenos el de palabra sencilla y humilde. Las sombras que a veces se nos cuelan por dentro tienden a esfumarse cuando se las llama por su nombre exacto, y ese nombre puede que nos lo dé el libro más insospechado.
Y al fin, de todos los libros que hay en el mundo sólo habré leído unos pocos. La vida es pequeño recipiente para mar tan grande, pero esa es nuestra condición. Como a Borges, también a uno le gusta imaginar el paraíso bajo la especie de una biblioteca.





