Saltar Menú de navegación
Hemeroteca |
AVILÉS - GIJÓN - OVIEDO | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Domingo, 12 febrero 2012

Opinión

OPINIÓN ARTICULOS
El mejor amigo

Cerrar Envía la noticia

Rellena los siguientes campos para enviar esta información a otras personas.

Nombre Email remitente
Para Email destinatario
Borrar    Enviar

Cerrar Rectificar la noticia

Rellene todos los campos con sus datos.

Nombre* Email*
* campo obligatorioBorrar    Enviar
EN una de sus más brillantes decisiones, la Unesco determinó declarar la fecha de hoy, 23 de abril, como Día Mundial del Libro. No debió de tener que pensar mucho. En tal día de la primavera madrileña de 1616, menguadas todas las esperanzas y acrecentadas las ansias finales, moría en su casa de la calle del León un viejo trotamundos que había llevado el género de la novela hasta un lugar inalcanzable. Y también ese día, aunque no en el mismo tiempo por diferencia de calendarios, dejaba la vida en su pequeño pueblo de la campiña inglesa otro escritor que había hecho lo mismo con el teatro y que, cosas del azar, había nacido también un 23 de abril. De estilo aparentemente sencillo el primero, de prosa tersa y llana, capaz de ponernos ante nuestras contradicciones más inquietantes con la más fina de las ironías; más grave y hermético conceptualmente el segundo, pero ambos con un denominador común: en su obra privilegian más lo humano que lo divino. Con Cervantes y Shakespeare vinculados para siempre a este día, no cabía dudar mucho para decidir la fecha de la Fiesta del Libro.

Qué seres más extraños y poderosos estos, porque seres son, por más que ni respiren ni suden ni exijan ni alboroten. En una buena medida somos como somos por lo que sabemos, y sabemos lo que leímos. O sea, por los libros. Si nos quitasen todo lo que hemos aprendido en ellos, ¿qué quedaría de nosotros? ¿A qué grado se reduciría nuestra concepción del mundo y hasta nuestro modo de estar en la vida, incluso en el simple ejercicio profesional? Ya dijo alguien que el destino de muchos hombres depende de que haya habido una biblioteca en su casa paterna. Sólo el libro posee el fascinante don de permitirnos vivir en conversación con los difuntos y escuchar con los ojos a los muertos. Quevedo.

El libro incita, excita, suscita, mueve y conmueve, hace reír y llorar, cambia amarguras por licor suave, ilumina, enseña, muestra y demuestra, puede fortalecer la fe o someterla a la razón, da alas a la imaginación más gris, suaviza soledades y abre ventanas con vistas de lejanos horizontes. Salvaguarda nuestra capacidad de fantasía sin que ninguna imagen prefabricada condicione la que hemos elaborado en nuestro interior. En el libro, los escenarios y las caras de los personajes son como uno quiere que sean, y no como quiera un señor de Hollywood. El libro es silencioso y permanente como ningún otro amigo puede serlo. Y además, tremendamente poderoso. Libros ha habido que han cambiado la forma de pensar de la humanidad, pero bástenos el de palabra sencilla y humilde. Las sombras que a veces se nos cuelan por dentro tienden a esfumarse cuando se las llama por su nombre exacto, y ese nombre puede que nos lo dé el libro más insospechado.

Y al fin, de todos los libros que hay en el mundo sólo habré leído unos pocos. La vida es pequeño recipiente para mar tan grande, pero esa es nuestra condición. Como a Borges, también a uno le gusta imaginar el paraíso bajo la especie de una biblioteca.

Vocento
SarenetRSS